Opinión
José Díaz Cervera
08/04/2026 | Mérida, Yucatán
La evangelización se instrumentó a través de dos órdenes católicas: la de los franciscanos y la de los dominicos.
Los franciscanos constituyen una orden configurada por diversas agrupaciones religiosas de corte mendicante, cuya fe estaba sustentada en la hermandad, la austeridad y la pobreza evangélica. En España, la orden gozaba de mucho poder debido a que el Cardenal Jiménez de Cisneros (promotor de la primera Biblia en lengua española) era confesor de Isabel de Castilla, la reina. Los franciscanos llegaron a América, encabezados por fray Martín de Valencia, hacia 1524 para comenzar el proceso de evangelización de los indios, dando comienzo al sueño milenarista que sostenía la instauración de una civilización apocalíptica que duraría mil años y que sería el antecedente directo del regreso de Cristo para el Juicio Final. Con la firme creencia de que se acercaba una nueva era, los franciscanos emprendieron bautismos masivos como estrategia emergente de evangelización, dejando de lado la catequesis previa (para los franciscanos, la sumisión, la austeridad y la pobreza del indio eran señal de su disposición “natural” a la cristiandad; según Motolinía: “No se desvelan en adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por adquirir estados ni dignidades…”).
El caso de los dominicos es distinto. Los Domini Canes (los Perros del Señor), ejercían su ministerio a partir de la prédica rigurosa del evangelio y de una persistente reflexión teológica; pudiéramos decir que los dominicos eran el ala intelectual del catolicismo y que, de alguna manera, para ellos el acto cristiano por antonomasia acontecía a través de la compasión, algo que no abundaba entre los encomenderos españoles, según se consigna en Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde Bartolomé de las Casas informa al príncipe Felipe (hijo de Carlos V y encargado de los asuntos de las Indias) sobre la atrocidades que los españoles cometían con los indios de La Española (hoy República Dominicana), algo que no solamente ponía en peligro la misión milenarista de la iglesia, sino también la salvación de miles de españoles envenenados por la ambición, la crueldad y la avaricia.
En sus primeros relatos, Bartolomé de las Casas consigna la glotonería y la crueldad de los españoles ante la generosidad de los indios, refiriendo que lo que sirve a una familia autóctona para un mes, el cristiano lo consume en un día y no se conforma pues exige más con violencia y con vejaciones, llegando incluso a la violación de la esposa y las hijas del anfitrión, lo que generó que los pobladores de la isla comenzaran a defenderse sin éxito alguno, pues eran menos diestros para la guerra y sus armas eran menos letales que las de los ibéricos.
Veamos una referencia textual de la relación del obispo: “Los cristianos (…) comienzan a hacer matanzas (…) con ellos (con los indios). Entraban a los pueblos, no dejaban niños, ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos… Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría a un hombre por la mitad o le cortaba la cabeza de un piquete. (…) Hacían unas horcas largas donde colgaban hombres de trece en trece, poniendo leña en sus pies para quemarlos vivos…”.
La pregunta es impertinente: ¿quiénes eran los bárbaros? ¿En qué bando estaban los salvajes? Para no escuchar los gritos de dolor y de agonía, los españoles atravesaban con palos la faringe de los torturados, ejercitando una crueldad refinadamente “civilizada” cuando azotaban a pequeños lactantes contra paredones de piedra para asesinarlos en presencia de sus padres.
En otro pasaje Bartolomé de las Casas refiere la Matanza de Jaragua, un suceso acontecido en 1503 donde los españoles simularon un encuentro amistoso con los caciques taínos, reuniéndolos en una habitación a la que después prendieron fuego para quemar vivos a los que estaban dentro.
Va otra pregunta impertinente: ¿en esto consiste la “caridad cristiana”?
Al acabar con la nobleza taína, sólo quedó una descendiente: Anacaona (La Flor de Oro), a quien Nicolás de Ovando, Gobernador General de La Española, ofreció un pacto que consistía en aceptar el bautismo y casarse con un caballero español o morir ahorcada, a lo que la princesa taína respondió de manera contundente argumentando que si ser cristiano implicaba ser cruel, ella prefería la horca.
Va una tercera pregunta impertinente: ¿mata, violar y esquilmar son acciones de la más refinada civilidad y de un escrupuloso espíritu cristiano?
Perdón sí o sí.
Edición: Fernando Sierra