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Miradas alrededor del mundo

Descubrir la solidaridad a donde quiera que vayas
Foto: Margarita Robleda Moguel

Diez días navegando desde que partimos de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, para llegar a Mindelo, Cabo Verde, rumbo a Las Palmas, Islas Canarias en un par de días. Iniciamos con ocho horas adelante de mi hamaca, punto de referencia, y si bien me tocó un tremendo jet lag, que movió a las 2:30 mi despertar, tiempo del que intentaba seguir dormida, hasta que terminaba por levantarme a las 6 para ir a despertar por completo, con una taza de café y disfrutar las delicias del salmón y las nostalgias de huevos rancheros con tortillas hechas a mano que compro en el mercado de la colonia Alemán.

Comencé diciendo que al llegar me encontré con ocho horas de distancia. Ahora vamos en seis, pero esto por las indicaciones constantes: “cambie su reloj atrás, una hora”, “adelanté su reloj…”. Un día sí y otro también. Me pregunto si el cambio viene del deseo de los gobernantes de los países africanos, en cuya orilla navegamos, quienes manifiestan su poder al decidir un horario diferente al de su vecino. El personal del barco tiene que tener muy buena actitud para haber terminado de trabajar a media noche y amanecer una hora antes para abrir el bufete a las 6:30 horas, para los viejitos madrugadores.

La capacidad de mirar, me permite ver que si bien, los viajes me han dicho que “nos parecemos tanto”: la raza humana, aspira a tener sus necesidades cubiertas, a amar y ser amado, a ser respetados y participar. Pero también tenemos las diferencias culturales que nos hacen  ser distintos. A los habitantes de Asia, les fascina la fruta. Es increíble la cantidad de rebanadas de sandía con las que llenan sus platos; en el crucero anterior en el que navegaban tantos pasajeros de ese continente, me enteré que tenían que sacar los plátanos de poco en poco en los bufetes, para que arrasaran con ellos entrando.

En Yucatán, en cambio, dejamos de comprar fruta. En lugar de las deliciosas anonas, guanábanas, caimitos… queremos manzanas, kiwis, dátiles y por supuesto, postres con mucha azúcar.

Este Crucero Mundial, partió y regresará a Sydney y a Nueva Zelanda, por lo que la mayoría de los viajeros son de esos rumbos. Observándolos, caigo en cuenta de que los habitantes de ambos países son muy diferentes a los de otros hemisferios, como si se hubieran mantenido en una época de gentileza y solidaridad, que en algún momento nosotros perdimos por el camino. 

Es invariable el saludo de en los pasillos o en la entrada del elevador y la naturalidad con la que piden compartir mesa u ofrecer la suya. En un crucero anterior, bajé a Honolulu a ver “qué veía”, el costo de las excursiones, son complicados para los de ingresos en pesos, por lo que toca buscar alternativas. De pronto escuché que alguien dijo: “ese autobús va a Waikikí”.  Asocié el nombre con una playa y corrí a tomarlo. Saqué un billete de 20 dólares. El conductor amablemente me dijo que la máquina no daba cambio. En ese momento comenzó a llegarme tres billetes de un dólar, que era el costo. Volteé a ver los que hacia cola detrás de mí y descubrí que me habían arropado dándome su dinero para anexar uno más y pagar por todos. Me sorprendió tanto, nunca lo pedí.

El tiempo me permitió descubrir, que la mayoría de los habitantes viven en comunidades y apoyar es su manera de sobrevivir. En lugar de conectarse con el que está lejos, sus mesas viven las convivencia gozosa, de recuerdos y risas y que hemos también hemos perdido en el camino, los “modernos”, indiferentes y desconfiados habitantes de las ciudades. 

En cambio, ellos bajan y suben las escaleras como no vi hacerlo en otros cruceros, la edad no es excusa; los latinos esperamos pacientemente el elevador, quizás hasta juzgándolos  por tontos de no aprovechar el transporte; infinidad de ellos andan con su libro para sentarse, tranquilamente a disfrutarlo. Le dan cuerda a su cerebro, fortalecen su cuerpo, mantienen viva su curiosidad. 

Al finalizar el viaje, iré una semana a recorrer Nueva Zelanda, para averiguar el secreto. Ya les contaré. 

Por lo pronto les comparto la gran emoción que sentí, mientras navegaba a unos 15 mil kilómetros de distancia, ver a nuestro querido México ganar su primer partido. ¡De que se puede, se puede!

Lea, de la misma autora: Crucero mundial 2026

Edición: Fernando Sierra


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