Opinión
José Díaz Cervera
06/04/2026 | Mérida, Yucatán
Compromisos de trabajo me habían impedido meter las narices en el asunto del reconocimiento del Rey de España sobre los abusos cometidos por los españoles durante la conquista y la colonización de América; y es que el asunto de ese pasaje histórico es complejo y hay que contextualizarlo en el cisma de la iglesia producido por el protestantismo. De entrada, en Europa ya se reconocían los abusos del alto clero y la crisis institucional que enfrentaba el catolicismo, misma que se reflejaba en un desapego total a los principios que le dieron forma a la cristiandad.
Mientras la mayor parte del llamado Viejo Continente le volvía la espalda al Papa y al catolicismo, España permaneció fiel e incluso se constituyó en bastión de la tradición apostólica asentada en Roma, lo que aceleró el proceso de “Reconquista” a través del cual se puso fin a la dominación que durante ocho siglos ejercieron los musulmanes y dio pie a la conversión o la expulsión (según el caso) de los judíos hacia finales del siglo XV.
En ese contexto, España trató de modernizarse después que quedó aislada política y geográficamente en una Europa agobiada por una de las crisis más severas que haya visto la humanidad, crisis que abarcaba cuestiones de orden político, económico, sanitario, ecológico y ético-moral que se proyectaban en la figuración colectiva con imágenes apocalípticas.
Buscando, como otras naciones europeas, una nueva ruta hacia las Indias, Isabel la Católica patrocina el primer viaje de Colón, quien después de cruzar el océano Atlántico cree haber llegado a las costas de Cipango (Japón). Poco a poco, sin embargo, se hace evidente para los españoles el descubrimiento de una tierra ignota y entonces la perspectiva se transforma radicalmente ya que no se ha encontrado una ruta nueva hacia el oriente, sino un territorio que permitiera a España la refundación del catolicismo. Para la corona española, América era un regalo de la divina providencia, una especie de premio por haberse mantenido fiel al cristianismo ecuménico.
España entonces sería la encargada de cumplir el plan divino revelado en el Apocalipsis: Dios estaba por regresar a su reino terrenal para gobernarlo por mil años antes de que se cumpla el Juicio Final, y América era el territorio escogido por la Divina Providencia para recibir a Dios, en tanto que España era el pueblo elegido para cumplir el sagrado proyecto.
Buscando una ruta hacia la India, España encontró no sólo una alternativa económica que permitió la expansión de su territorio, sino también un proyecto colonizador (de conquista, población y administración de territorios) y un proyecto político-cultural cuyo eje se centraba en la evangelización de los aborígenes y en su reconocimiento como súbditos de la corona española.
Hacia 1497, el Papa concede a la Corona Española el dominio sobre los territorios “descubiertos y por “descubrir”, considerándolos como “Terra Nullius” (Tierra sin dueño), lo cual supone la arbitrariedad primigenia desde la que tendríamos que juzgar la actuación de los españoles en los territorios americanos (¿cómo que América era un territorio sin dueños?).
Pero todavía hay mucho más, pues dado que la expedición de Colón fue una empresa de carácter privado, los territorios “descubiertos” fueron arbitrariamente proclamados como propiedad de los Reyes Católicos, quienes así autorizaron a los particulares a emprender la conquista y la colonización, reclamando (como una especie de comisión) el veinte por ciento del botín al que elegantemente se le llamó “El Quinto Real” (o sea la quinta parte de lo obtenido), algo que exacerbó la ambición de muchísimos súbditos de la Corona que, deslumbrados por la leyenda de una tierra pródiga y rica, trataban de embarcarse hacia el Nuevo Mundo llenos de sevicia.
De entrada, lo que está claro es que aquí hubo una empresa de esquilmo que se disfrazó de evangelización y de proceso civilizatorio. La Historia es clara: todas las crónicas del suceso consignan un gran despliegue de violencia y una asonada espantosa de inmoralidad que nos obliga a preguntarnos quiénes fueron los bárbaros en esta historia.
No inventaré nada. Sólo referiré algunos pasajes de las crónicas de la época.
Evitaré hasta donde pueda alguna referencia a mis juicios personales, para que quienes lean estos ensayos saquen sus propias conclusiones.
No soy historiador, sólo soy un poeta capaz de moverse y conmoverse cuando recorre los vericuetos de la condición humana y descubre hasta dónde pueden conducirnos la ambición y la perversidad, algo que los conquistadores ejercitaron, como veremos, sin el menor recato.
Edición: Fernando Sierra