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Foto: Germán Canseco

Durante la conmemoración del 164 aniversario de la Batalla de Puebla, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo alertó contra el intervencionismo y la injerencia extranjera. La mandataria recalcó que “nada puede estar por encima de la soberanía y de los intereses del pueblo de México” y “ninguna potencia extranjera nos va a decir a los mexicanos cómo nos gobernamos”.

En un discurso que recuperó lo mejor del espíritu de libertad del pueblo mexicano, la jefa del Ejecutivo recordó que están condenados a la derrota quienes buscan la intervención extranjera, quienes vanaglorian y defienden la injerencia externa, quienes aplauden cuando en las televisoras extranjeras hablan de México, quienes hacen apología del genocidio perpetrado por los conquistadores y colonizadores españoles. Todos estos grupos que se alimentan de recursos externos están destinados a fracasar porque, hoy como en la intervención francesa, son repudiados por la gran mayoría de los mexicanos.




No es difícil identificar a las entidades e individuos aludidos por la presidenta, pues las derechas nacionales son transparentes en su afán de ponerse a las órdenes de campañas de agresión, descrédito, vituperio y calumnias contra México. Por su vocación cipaya, carecen de iniciativa y originalidad para articular discursos propios y se limitan a hacer suyas consignas injerencistas urdidas en Washington, Madrid y Buenos Aires, como es sabido desde siempre y quedó probado con la difusión de audios del narcotraficante y ex presidente de Honduras Juan Orlando Hernández.

La predecible paradoja es que quienes calumnian a México con la especie de que es un narcoestado están, en su mayoría, salpicados por la corrupción, y no pocos tienen relaciones probadas con el crimen organizado. El primero en esta situación es Donald Trump, condenado por usar recursos de campaña para sobornar a una mujer a fin de que no revelara las relaciones extramatrimoniales que sostuvieron. Además, es culpable fuera de toda duda de defraudar sistemáticamente tanto a sus acreedores como al fisco, acosar sexualmente a mujeres en situación de vulnerabilidad ante él, instigar un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2020, robar documentos clasificados al término de su primer periodo presidencial, orquestar un esquema de sobornos a cambio de indultar a delincuentes –beneficio otorgado al hondureño Hernández–, entre muchas otras transgresiones a la ley. Hoy vive en la Casa Blanca y no en una penitenciaría federal porque los ministros de la Corte Suprema, a quienes él mismo nombró, lo declararon inimputable.

No es menos impresionante el prontuario criminal del argentino Javier Milei. Cuando apenas era diputado, dijo que no era responsable por los desfalcos cometidos por empresas a las que promocionó, pues las víctimas debieron haber sabido que todo lo que publica en sus redes sociales es contenido pagado (una declaración de la que nunca se retractó, cuya implicación es que sus gobernados no pueden creer una palabra de lo que dice). Ya en la Casa Rosada, siguió promocionando esquemas fraudulentos. Asimismo, puso en el primer lugar de las listas de su partido al Congreso a José Luis Espert, un economista mediocre que recibió pagos del narcotraficante Fred Machado. Esto consta en grabaciones, fotografías, bitácoras de viaje y registros empresariales que ya eran de conocimiento público cuando Milei quiso auparlo al poder.

Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la comunidad de Madrid que se niega a condenar el franquismo, tiene un historial menos nutrido, pero en él figuran las operaciones de su familia para lucrar con contratos públicos durante la pandemia de Covid-19, el asesinato de más de 7 mil ancianos al negarles el ingreso a hospitales durante la crisis sanitaria y el uso del erario para patrocinar su obsesión con restaurar la imaginaria grandeza imperial hispana.

Ante los ataques de personajes de esta ralea y los traidores que les hacen caravanas –gobernadores y legisladores del Partido Acción Nacional, así como empresarios en horas bajas–, el 5 de mayo se mostró como una fecha muy propicia para recordar a los olvidadizos la fuerza de México, una fuerza que es indoblegable porque no se basa en el poderío militar, del que nuestro país nunca ha hecho gala. Emana, en cambio, de un pueblo que desde el siglo XIX decidió ser, además de independiente, una república cuya soberanía reside en cada uno de sus ciudadanos. Esa decisión permitió a huestes mal armadas y peor alimentadas echar de vuelta a Francia al entonces ejército más poderoso del mundo; el mismo espíritu permitiría, décadas más tarde, acabar con el dominio de la oligarquía extranjerizante del porfiriato.

Para hacer frente a los vientos neocoloniales, todos los mexicanos están llamados a deponer las diferencias políticas y cerrar filas en torno a la presidenta Claudia Sheinbaum en su defensa del país, de la independencia y de la soberanía.


Edición: Estefanía Cardeña


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