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El solo retorno de Donald Trump a la Casa Blanca fue suficiente para encender alertas en prácticamente todo el mundo, sin que México haya sido la excepción. Se sabía que su estilo disruptor causaría problemas y que su estrategia es crear él mismo una crisis para ofrecerse a ser quien la solucione y quedar como el único capaz de resolver los problemas surgidos por desempeño en la presidencia de Estados Unidos.

Independientemente de quién figure al frente del país de las barras y las estrellas, ahí la máxima de ejercicio del poder es que toda política es interna, de manera que el grueso de la comunicación es para los estadunidenses y no necesariamente para el resto del país. 

Hoy, Trump enfrenta una crisis interna producto de varias decisiones. Desde la imposición de aranceles a la producción de varios países con los que no comulga ideológicamente, lo que ha elevado los precios al consumidor final tanto en Estados Unidos como en otros países, hasta el encarecimiento de los combustibles por su empeño en una guerra con Irán que a todas luces no le ha resultado favorable. La popularidad y los índices de aceptación del mandatario están a la baja, mientras se aproximan elecciones intermedias en las que debe renovarse el congreso. En caso de que el Partido Repúblicano pierda la mayoría ante los demócratas, el respaldo al magnate en lo que serán sus últimos dos años de gobierno puede perderse todavía más.

Para su propia fortuna, Trump cuenta todavía con varios asideros para dirigirse a su electorado y tratar de imponer una narrativa en la cual él encarna los valores de Estados Unidos y se presenta como un salvador (incluso comparándose con Jesucristo, como ha difundido a través de su red social) frente a las amenazas que representan las acciones y/o la pretendida inacción de los gobiernos de otros países.

Así, la declaración referente a que si las autoridades mexicanas “no van a hacer el trabajo, lo haremos nosotros”, en alusión al combate a los cárteles que conducen drogas sintéticas, particularmente fentanilo, a los Estados Unidos, debe interpretarse primero qué representa el mensaje para los gobernados por el magnate y luego por sus propias fuerzas armadas, y por último lo que debe entenderse en México.

“La entrada de drogas por mar ha disminuido 97 por ciento, y ahora hemos puesto en marcha la fuerza terrestre, que es mucho más fácil. Escucharán algunas quejas de algunas personas en México y otros lugares, pero si ellos no van a hacer el trabajo, lo haremos nosotros”, fue la declaración de Trump, de la que se concluye que contaban con una medición de cuántos narcóticos ingresaron a Estados Unidos por vía marítima y que todavía llega una parte, que seguramente ha incrementado su costo al consumidor. Lo que no mencionó es si las operaciones por tierra que pretende serán contra los socios estadunidenses de los cárteles, pues estos son los que permiten el ingreso y el tráfico de estupefacientes y quienes finalmente se llevan el grueso de las utilidades.

Mientras, la lectura en México ha sido, para la oposición, la oportunidad para enfilar baterías en un intento por deshacerse de un gobernador emanado de Movimiento Regeneración Nacional, como Rubén Rocha Moya, exigiendo que se le deporte sin cumplir el debido proceso, lo que sentaría un precedente terrible para el Estado de derecho.

De que existen los señalamientos, esto es innegable, pero la solicitud de la fiscalía federal estadunidense ha sido de detención con fines de extradición, para lo que existe un acuerdo entre ambos países. Por otra parte, la presidenta Claudia Sheinbaum ha visto bien el asunto desde la relación bilateral: ésta no ha cambiado, pues las bravuconadas de Trump han sido la constante fija. Mientras, su respuesta ha sido la que más respeto le ha ganado entre los líderes mundiales, porque también ha sido congruente desde que llegó a la Presidencia: “Siempre hay que tener la cabeza fría, analizar de dónde vienen las cosas y qué nos corresponde hacer”.

Lea, de la misma columna: El precio de un congreso

Edición: Fernando Sierra


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