Opinión
José Juan Cervera
13/05/2026 | Mérida, Yucatán
El peso de la tradición logra imponerse incluso cuando el cambio acelerado en ciertos aspectos de la cultura sustituye contenidos y formas en un inventario de valores con significado profundo en tiempos no del todo lejanos, porque contribuye a definir actitudes y conductas paralelas a las que prevalecen con todo el poder de las modas y del remedo gregario. En este campo dinámico por excelencia, todo juicio tajante resulta engañoso, más aún si se soslayan elementos básicos que es necesario examinar unitariamente para entenderlos mejor.
A pesar de la confluencia de angustia, mirada de superficie y pereza intelectual que los hábitos anclados en el uso de las nuevas tecnologías propician con su saturación de canales perceptivos, el trasfondo simbólico de los mitos sigue vivo, de manera especial cuando adopta manifestaciones inusitadas, frescas y elocuentes, porque suscitan emociones intensas que hacen vibrar zonas nebulosas del cerebro humano. Las piezas arcaicas cobran un brillo desconocido cuando el reemplazo generacional les infunde el hálito de su fuerza orgánica.
El sustrato mítico del fluido marco civilizatorio se reformula al ritmo de creaciones nuevas que, enlazándose con moldes originarios, agitan conciencias en escenarios cambiantes. Esta transmisión de elementos sustantivos ha sido posible más allá de influencias externas que, compitiendo con ellos, alientan medios latentes para desplazarlos. En tierras de la península arraigan nociones acerca del orden esencial del universo, de las cuales participan, en medida variable, personas que se desenvuelven en diversos contextos sociales. Desde esta perspectiva, una figura que se identifica con facilidad es la del Wáay Chivo, un ser sobrenatural del que circulan muchos relatos cuyos nudos evocan la vida cotidiana de las localidades rurales. Por ejemplo, en los albores del llamado teatro regional de Yucatán, que los conocedores sitúan en 1919, Ermilo Abreu Gómez escribió el libreto de una farsa que aborda este tópico.
La tradición oral agrupa cualidades fundamentales del arte de narrar, pero los recursos estéticos adoptan varias formas de expresar patrones culturales que se sustraen de líneas ortodoxas y representaciones fijas. En su obra Wáay Chivo (Mérida, Kóokay Ediciones, 2026), Oswaldo Baqueiro Brito muestra una secuencia de imágenes de estricta factura visual, es decir, ajena por completo al uso de signos que guíen el sentido del relato mediante un código lingüístico, pero eso no le impide sugerir efectos de impacto hondo y duradero. Las palabras inscritas en la semblanza de autor que acompaña el volumen describen de manera clara los rasgos compositivos de este impreso: “Aunque se adapta a estilos de dibujo variopintos se siente cómodo con el blanco y negro, los altos contrastes, el tenebrismo y la mezcla de lo monstruoso y grotesco con lo erótico y humorístico”. Si se excluye el último punto, ya que nada mueve a risa o algo aproximado en la historia que ahí se plasma, todos los demás caracteres se cumplen en sus páginas.
La elección del tema está condicionada por el encuentro del dibujante con Roldán Peniche Barrera (1935-2024) cuando se dio a la tarea de ilustrar el libro Bestiario maya (Mérida, Kóokay Ediciones, 2024) del reconocido hombre de letras. Uno de los personajes incluidos en él es precisamente la bestia semihumana que ha incitado pavor en numerosas generaciones a lo largo del territorio peninsular, a la que se atribuye la facultad de transformarse para cometer tropelías a partir del cuerpo de un hechicero que pasa a mostrarse como un enorme chivo negro de ojos chispeantes y ademanes amenazadores.
El Wáay Chivo traído en esta edición se suma a las diversas versiones que registra la memoria colectiva, incluyendo hechos en los que algún vecino taimado se vale del influjo de estas creencias para aparentar los atributos del monstruo con el propósito de obtener lo que en circunstancias ordinarias quedaría fuera de su alcance. En consonancia con los antecedentes referidos, se observa que las figuras míticas de esta índole cumplen funciones sociales de carácter ético, en tanto prescriben normas que de forma tácita regulan los vínculos comunitarios; se hacen evidentes cuando son transgredidas por individuos que se valen de su carga simbólica con el fin de trastornar la convivencia habitual.
El trabajo de Baqueiro Brito recrea la experiencia diaria de un poblado remoto, con prácticas domésticas que preservan el apoyo cooperativo de los campesinos, entre los que despunta el liderazgo de uno de ellos que ve perturbada su rutina con sucesos trágicos. Los rostros, el paisaje, los movimientos y los objetos que dan realce a las acciones expuestas bastan para asegurar la efectividad del trazo. Incluso el perro de la familia agraviada por las incursiones furtivas del chivo malévolo adquiere particularidades que lo hacen único en su especie.
La probada destreza y el talante versátil del artista gráfico deparan más realizaciones con tintes de excelencia en su campo creativo.
Edición: Estefanía Cardeña