Opinión
Lourdes Álvarez
13/05/2026 | Mérida, Yucatán
Cuando alguien nos dice: “No era mi intención molestarte”, pero nosotros ya estamos molestos, sentimos que no está siendo sincero o que no le da valor a sus palabras. Cuando escuchamos algo que sentimos claramente como una ofensa, imaginamos que detrás existe un deseo escondido de agredirnos.
El deseo y la intención no son lo mismo. El deseo imagina, fantasea, sueña lo que quisiera que ocurriera; muchas veces nace de algo que sentimos que nos falta. La intención, en cambio, parece más activa: dirige la voluntad hacia algo específico. Sin embargo, el pensamiento humano es inestable y contradictorio. Podemos tener deseos agresivos o intenciones aparentemente amables que terminan lastimando.
Al mandar un correo o un mensaje, podemos querer ser amables y, aun así, sonar agresivos. A las palabras siempre les falta o les sobra algo de lo que queremos decir. Tal vez por eso tantos mensajes de WhatsApp parecen pasivo-agresivos: dependen demasiado de la interpretación del otro y de la imagen que ya tiene formada de nosotros.
Los políticos conocen muy bien esto. Prefieren hablarle a quienes simpatizan con sus ideas, porque probablemente interpretarán sus palabras de manera favorable. Los opositores, en cambio, casi siempre encontrarán otra intención escondida. Ya no escuchamos solamente lo que alguien dice; escuchamos también aquello que sospechamos que quiso decir.
Responsabilizarse de una intención es difícil. Muchas veces creemos que solo cuenta lo que quisimos expresar y olvidamos el efecto real de nuestras palabras. Otras veces usamos la frase “esa no era mi intención” para protegernos de reconocer algo más incómodo: que quizá sí había enojo, deseo de herir, necesidad de imponernos o simple cansancio.
Pero también ocurre algo distinto: hoy parece que vivimos buscando agresión en todas partes. Interpretamos tonos, silencios, pausas y gestos como si escondieran un ataque. La conversación se vuelve tensa y defensiva. Ya no basta con hablar; ahora sentimos la obligación de demostrar continuamente que somos buenas personas y que nuestras palabras son moralmente correctas.
Eso termina agotando a muchos seres humanos y especialmente a algunos adultos mayores. Pertenecen a generaciones donde se hablaba de manera más directa, menos vigilada, y de pronto descubren que cualquier frase puede ser interpretada como violencia, manipulación o agresión. Algunos intentan adaptarse; otros comienzan a callar.
Poco a poco dejan de opinar, corrigen menos, preguntan menos, hablan menos. Se vuelven casi mudos dentro de sus propias familias. Lo más triste es que incluso ese silencio puede seguir interpretándose como enojo, soberbia o manipulación. Parece que cuando alguien queda atrapado en cierta imagen ante los demás, ya casi nada de lo que diga —o calle— logra modificarla.
Tal vez ahí aparece uno de los grandes problemas de la comunicación humana: nunca podremos controlar completamente cómo seremos interpretados. La responsabilidad quizá no consista en garantizar que nadie se sienta herido, porque eso es imposible, sino en intentar hablar con honestidad sabiendo que siempre existirá una distancia entre lo que quisimos decir, lo que dijimos y lo que el otro escuchó.
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Edición: Estefanía Cardeña