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Los universos bullentes de Carlos Martín Briceño

Sobre la fortuna de conocer a un cuentista bien equipado para narrar la vida misma
Foto: Facsímil

Federico Traeger

Leer a Carlos Martín Briceño, autor de El reino de la desesperanza (Lectorum 2024) y Los secretos vivos (Lectorum 2025) es dar con un mundo interior o, mejor dicho, confirmar que ese mundo existe y no estaba uno loco. Es encontrar una voz que narra exactamente lo que uno quisiera haber narrado, por ser algo tan cercano y familiar. La tragedia cotidiana que retrata y tortura a sus personajes no es un evento insólito que ocurra en un país lejano, sino más bien una instantánea igualita a las fotos del álbum familiar. Es un platillo de todos los días que de pronto, gracias a la fidedigna disección de sus ingredientes, convierte el sabor casero en una experiencia de estrella Michelin.

Al mismo tiempo en que me interno en los cuentos de Carlos, revivo experiencias propias y siento que el autor me conoce a fondo. Y lo que más envidia de la buena —que es la peor de todas las envidias—, me causa la lectura de estos cuentos, es que no se les nota ni una sola costura. En ningún momento hace falta o sobra nada. Se interna uno en la lectura y, sin darse cuenta, ya está presente ahí. Sus personajes están vivitos y coleando, en el estira y afloja de la crueldad solapada, el machismo, la pelea (perdida de antemano) por vivir un momento más, el acoso, el clasismo velado, el racismo, el reconocimiento social cuando los esfínteres ya no logran contener la mierda…

Las escenas tienen peso propio. Hay texturas, olores, sabores y sensaciones epidérmicas y recónditas. La represión de vivir a rienda suelta, el deseo truncado por el qué dirán. El lenguaje que utiliza Carlos Martín Briceño es equivalente al camarógrafo de una película que se incluye a sí mismo en la escena, acercándose a los actores sin estorbarles. Los diálogos y las descripciones fluyen con naturalidad. Más que un narrador omnisciente, la voz narrativa es la de un testigo que no explica, sino que demuestra.

El maestro Julio Cortázar decía del cuento que es fundamental la creación de un clima que aísle al lector de su entorno inmediato. Un buen cuento se sostiene por la tensión y la significación de sus detalles. También afirmaba que el tema cotidiano puede ser extraordinario si se trata con el oficio necesario. Mientras la novela es un “orden abierto” que acumula efectos, el cuento es un “orden cerrado” que busca una experiencia total y definitiva en un espacio breve.
Carlos Martín Briceño es, en mi caso, un hallazgo muy afortunado. El sólo hecho de que Agustín Monsreal me extendiera uno de sus libros elevando sus cejas blancas y advirtiéndome “Tienes que leer esto”, era de antemano una garantía. Pero lo que no me dijo fue que leer los cuentos de Carlos equivale a asistir a un ciclo cinematográfico donde cada película es un universo bullente. Tampoco me dijo que su lectura me serviría de psicoanálisis al remover el material reprimido del inconsciente. Me da gusto y me siento afortunado de haber descubierto a un cuentista tan bien equipado para contar la vida con la misma soltura con la que el tiempo narra la tragicomedia casera de la que estamos hechos los que respiramos un ratito en este mundo. 


Edición: Fernando Sierra


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