Opinión
La Jornada Maya
17/05/2026 | Mérida, Yucatán
Presa también de una política que condicionó el acceso a la salud a la suma de pesos que pudieran pagar las personas, el Hospital O’Horán fue perdiendo paulatinamente la calidad que lo hizo ser líder en América Latina. Eso sí, el espíritu formado durante tantos años le permitió seguir brindando el mejor servicio posible con los recursos disponibles. Sin embargo, la percepción en general fue que debía tenérsele como la última opción para atenderse; esto a pesar de que varios de sus departamentos, como el de Maternidad, fueron considerados como un “Ferrari” entre los profesionales de la medicina en el estado. Siendo parte del sistema público de atención a la salud, al O’Horán le pasó lo que a muchas otras instituciones en el continente, y que en una elegante sátira describe Juan Luis Guerra en su canción “El Niágara en bicicleta”, desde que la enfermera con manos de Bengay le dice “Y, mi querido, en este hospital no hay luz para un electrocardiograma”.
De ahí la importancia de brindar al O’Horán una nueva sede y devolverle una parte de la grandeza que tuvo en sus mejores días. Esto no es un acto de mirar al pasado en busca de una restauración. Al contrario, lo que tuvo lugar este domingo fue el esclarecimiento de lo que significa el IMSS-Bienestar, más allá de la aspiración de un mecanismo que brinde atención gratuita a todos los mexicanos.
Recordemos que, a la par de la inauguración de la nueva sede del Hospital O’Horán, Yucatán suscribió finalmente su ingreso al IMSS -Bienestar, y lo hizo con un homenaje a su historia como entidad con un alto desarrollo en atención médica. Pero precisamente el hacerlo desde el nombre O’Horán marca el rumbo de la infraestructura que tenga que construirse en el futuro para garantizar un mínimo de calidad en la atención a quienes acudan a los nosocomios públicos.
Sobra mencionar que existen intereses mezquinos que desean que las obras del actual gobierno fracasen. De ahí que insistan en apuntar que existe una crisis en el abasto de medicamentos, queriendo mantener la percepción descrita en la alegre canción de Juan Luis Guerra (“No me digan que los médicos se fueron, no me digan que no tienen anestesia, no me digan que el alcohol se lo bebieron, y que el hilo de coser fue bordado en un mantel”). Muy por el contrario, la obra levantada en 34 meses por ingenieros militares marca un precedente para los otros 31 estados: tienen derecho a contar con un hospital de la magnitud y calidad que el que tiene Yucatán, con capacidad de atención para situaciones complejas, unidades de cuidado intensivo, un helipuerto para emergencias, y equipamiento especializado.
El mensaje del doctor Alejandro Svarch, director del IMSS-Bienestar, señala que para los yucatecos, durante el siglo XX, una palabra significó esperanza: O’Horán, y a partir de ahí se manifestó por la continuidad de ese ejercicio de la clínica que comenzaba por escuchar a las personas. La intervención de Svarch puede resumirse en la promesa de mantener una tradición de atención cercana, de trato digno, unida ahora al adelanto tecnológico y, nuevamente, a la enseñanza y vocación social.
Porque lo importante no es cuántas camas hospitalarias se tienen disponibles, cuántos tomógrafos, ni el acceso al expediente electrónico, ni a la inteligencia artificial, ni cuántos departamentos de alta especialidad están disponibles. El acto de cuidar es básicamente el mismo desde hace miles de años, y asegurar que quienes accedan a cualquier hospital público tengan la garantía de que recibirán la misma calidad de atención que se brinda en un estado donde tradicionalmente se trata a los pacientes como personas y no como números o “casos”, es lo más radical que se puede ofrecer y resulta escandaloso para quienes medraron con un modelo que hacía de esa atención un privilegio. Para ello es necesario también que quienes trabajen en el sector salud cuenten con ingresos dignos y seguridad laboral; el éxito del modelo anterior, en el cual los departamentos de trabajo social servían para verificar la capacidad de pago del paciente, se basó también en mantener en la precariedad a los trabajadores.
Habrá mucho por vigilar mientras se echa a andar el IMSS-Bienestar en Yucatán, pero precisamente la historia del Hospital O’Horán y su significado para muchas familias que se han atendido en él, sumada a la calidad de la medicina yucateca, ponen muy alta la vara para la Federación, y lo menos que se puede hacer es desear el éxito en este cambio de modelo, porque representa cómo un país decide cuidar a su gente.
Edición: Fernando Sierra