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Mahahual: último bastión en la defensa de la integridad ambiental de la península

Cada vez se hace más urgente una toma de posición nacional que revalore el patrimonio natural
Foto: Facebook Royal Caribbean Latam

Haríamos bien en considerar a Mahahual el último bastión en la defensa de la integridad ambiental de los ecosistemas de la península de Yucatán y, si me apuran, de toda la gran selva maya. Y es que las pretensiones de Royal Caribbean de establecer un “megaparque” de diversiones en noventa hectáreas de lo que ellos consideran solamente un manglar deteriorado, dejan sobre la mesa varios asuntos determinantes: nos dejan ver cuál es su actitud ante la naturaleza (hay que sustituirla cuando “estorba” la posibilidad de hacer dinero); apuntan a una categoría de “turismo” (y de “turistificación”) que desprecia la curiosidad por conocer la diversidad de paisajes y culturas, y descansa sobre la uniformidad de las actividades y las estructuras; se desentienden con indiferencia arrogante de toda legalidad ambiental y cautela ante las formas de apropiarse del entorno; y marcan un rumbo de “desarrollo” que sólo favorece al gran capital global, indiferente ante la calidad de las vidas de los residentes locales.

Es difícil pensar en la porción peninsular de la selva maya sin considerar también los sistemas insulares, arrecifes de coral, humedales y dunas costeras, manglares y cenotes. La integridad de unos depende del estado de conservación de los demás. Y el “megaparque” de Royal Caribbean se encaja como una puñalada en un área donde esas interacciones de ecosistemas contiguos –y continuos– o próximos se hacen evidentes.

La sola idea de que un proyecto que pretende construir un parque de diversiones en un área de manglar debe ser autorizado porque el sistema ya acusa un franco deterioro resulta sobrecogedora: pareciera que, si un sitio determinado es dañado por alguna actividad humana, esto debe dar pie a que sea eliminado definitivamente, sustituyéndolo por una infraestructura que sirva exclusivamente a algún interés pecuniario. El deterioro de un ecosistema vulnerable y sujeto a las presiones del desarrollo merece una respuesta más acorde con la conveniencia de recuperar los servicios ambientales que puede brindar, en lugar de condenarlo a desaparecer para establecer en el sitio estructuras concebidas con el propósito único de generar beneficios para un corporativo, tras el disfraz de proporcionar servicios de entretenimiento a una clase privilegiada y trashumante.

Cuando la doctora Alicia Bárcena asumió el cargo de secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, lo hizo al calor de un compromiso expreso por la restauración de los ecosistemas deteriorados y muy poco después, con la clara intención de emprender un esfuerzo de alcance internacional, ofreció contribuir a la conservación de la selva maya, concebida como la segunda masa forestal del continente, superada en superficie solamente por las selvas amazónicas. En congruencia con estas posturas –que supongo tan institucionales como personales– la evaluación del procedimiento de impacto ambiental iniciado por la empresa promovente demanda, sin lugar a dudas, un estricto rigor escrupuloso: no puede quedarse en el mero cumplimiento formal, sino que debe por fuerza considerar la totalidad de los impactos que se pueden predecir para este proyecto, más allá de los que puedan registrarse en las noventa hectáreas del predio acotado.

Restringir el estudio de impacto ambiental de una obra como este megaparque acuático dizque “Perfect Day” al trocito de territorio que espera ocupar es, por decir lo menos, engañoso: el parque sería un pie de playa para el establecimiento de un complejo de industria turística que incluiría desarrollos viales, habitacionales, comerciales y de diversas actividades relacionadas con la eufemística industria “de hospitalidad”. Lo que es más grave, contribuiría a consolidar el precedente iniciado con el desarrollo de turismo masivo iniciado entre Cancún y Playa del Carmen y exacerbado con la construcción del archicomentado Tren Maya y el aeropuerto de Tulum: en el sureste todo se vale, basta con dotarlo de la promesa de una lluvia de dineros que acompañará a un alud de visitantes de todo el mundo. Lo de menos, en esta concepción más depredadora que desarrolladora, es la conservación del patrimonio natural de la nación, la continuidad de los servicios ecosistémicos y la solidaridad intergeneracional, pilares de la sustentabilidad.

Cada vez se hace más urgente una toma de posición nacional que revalore el patrimonio natural, expresado en la tan alabada biodiversidad que habita el territorio. Esta toma de posición debería iniciar poniendo un firme alto a pretensiones como las de “Perfect Day”, por múltiples razones. En primer lugar, hacerlo demostraría la congruencia entre la narrativa gubernamental acerca de la política ambiental y la decisión de, en efecto, llevar a cabo acciones concretas para proteger, conservar y restaurar – cuando sea necesario, los ecosistemas tropicales de México. En segundo lugar, el Estado mexicano pondría ante propios y extraños una clara demostración de que el compromiso asumido con nuestros vecinos de Guatemala y Belice, de proteger la gran selva maya, se traduce en acciones concretas de política pública. En tercer lugar, ante la creciente avalancha de voces de organizaciones de la sociedad civil y centros e institutos de investigación y educación superior que se pronuncian, en forma de peticiones, cartas abiertas y artículos, en contra de la autorización del proyecto de Royal Caribbean, negarla sería una bienvenida señal de que las instituciones responsables escuchan la voz crítica de los actores sociales interesados e informados.

Admitir la puesta en marcha del proyecto de megaparque en Mahahual sería una señal de debilidad institucional difícil de revertir, que complicaría la realización eficaz de los propósitos expresos de protección de los ecosistemas del sur y sureste del país, expresados en el acuerdo firmado recientemente entre la CONANP y el Fondo Mexicano para la Conservación, la propuesta del gobierno del estado de Yucatán y el WWF, o el compromiso trinacional para la conservación de la selva maya, para mencionar sólo tres de los esfuerzos de conservación que se verían debilitados si se permite que se consuma el deterioro de los ecosistemas del sur de Quintana Roo a partir de la construcción de un parque acuático que no necesita nadie, más que quienes obtendrían ganancias a partir de su operación.

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Edición: Estefanía Cardeña


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