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Foto: Ap

Para nadie es secreto que organizar un evento deportivo internacional rebasa por mucho la capacidad de casi cualquier grupo de patrocinadores en un solo país. Las señales estaban ya muy claras desde el Mundial de Fútbol Corea-Japón, celebrado en 2002. Los organizadores, ambas potencias económicas en Asia, establecieron el modelo a seguir; aunque después entraron al quite capitales petroleros. Eso hasta este año, que la organización le ha correspondido a los firmantes del T-MEC, mientras se celebra la renegociación de este pacto comercial.

Pero al mismo tiempo en que la logística del Mundial requiere de mayor complejidad -porque ahora son más países los que participan y las exigencias de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) acerca del aforo y especificaciones técnicas de los estadios van en aumento- también se da otro fenómeno: también es más difícil hacerse o mantenerse como aficionado a este deporte.

Adquirir un boleto para cualquier encuentro ha sido un acto que va en contra de cualquier lógica capitalista. Aparte del elevado costo de las entradas, independientemente de la sede y el partido, la operación parece resumirse en que el comprador solicita los accesos de su interés, pero el vendedor le entrega lo que le da su real gana, afectando cualquier plan de viaje que se haya realizado.

Si bien los boletos electrónicos han venido a poner algo de orden ante los escándalos de estafas con entradas falsas que se dieron en ediciones anteriores del evento -las cuales afectaron incluso a empresas patrocinadoras -para la generalidad de la población resulta imposible acceder a cualquier estadio en familia. Y es a partir de ahí que deja de construirse afición. Sin embargo, la FIFA parece haber encontrado un nuevo modelo en el cual no importa que quien ingrese sepa los rudimentos del juego y pretenda ser testigo de hazañas a la altura de “la mano de Dios”; al contrario, ahora basta con tener el dinero suficiente, porque ya no importa qué ocurra en la cancha, sino el poder proclamar en redes sociales “¡Yo sí estoy aquí!”.

Pero los actos de la FIFA, o al menos de Félix Aguirre, Host City Manager para este Mundial, van también por limitar el acceso a las pantallas, a la transmisión de los partidos; esas que se convierten en recuerdos entre compañeros de escuela o de oficina. La existencia de plataformas de streaming ha desplazado a la televisión abierta, esa sin la cual una icónica fotografía de Fabrizio León Diez en la que capturó la reacción de los asistentes al Salón Corona que disfrutaban de un encuentro de México en el Mundial de 1986.

Hace 40 años, el Mundial sirvió de bálsamo para una Ciudad de México herida y un país agraviado que de alguna manera encontró algo de consuelo en la frase “El mundo unido por un balón”, tal vez gracias a esas transmisiones que no exigían un gasto adicional para unirse al evento y, al contrario, permitían compartir las emociones con el vecindario; ya fueran parroquianos del bar, familiares, compañeros del colegio o del trabajo. Ahora, el representante de la FIFA habla de “plataformas ilegales” que, en su opinión, ponen en riesgo de fraude o robo de datos a quienes los contraten.

Aguirre habla en nombre del “daño económico que genera [a la FIFA] y la vulneración que produce sobre el bienestar de muchas personas que son afectadas” [directivos del espectáculo deportivo]. Pero la piratería a la que se refiere surgió precisamente por el modelo de vender lo que les dé la gana y no lo que el potencial cliente requiere.

La afición futbolera mexicana está cuestionando precisamente ese modelo, al buscar opciones distintas a las plataformas controladas por la FIFA. De alguna manera, lo asociado en este momento al tercer Mundial que se celebra en el país tiene la sensación de ser algo ajeno y donde los habitantes no tienen cabida. Desde el intento por concluir anticipadamente el año escolar invocando al evento, hasta la criticada “ajolotización” de la Ciudad de México, y ahora la negativa a poder ver los partidos donde mejor parezca. La afición encuentra que se le niega el disfrute de su deporte favorito, y entonces éste puede dejar de ser negocio.
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Edición: Estefanía Cardeña



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