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Adefesios municipales

Noticias de otros tiempos
Foto: Tierra, 5 de agosto de 1923

Ser habitante de cualquier asentamiento humano marca toda experiencia vital. En cualquier población, la dinámica de convivencia tiene su propio sello y va moldeando la personalidad de cada individuo de acuerdo con sus propias normas. Esto incluye también lo que se considera apropiado para el espacio público.
Ahora, cuando se trata de gobernar una población, independientemente de su tamaño, hay un principio básico: es imposible darle gusto a todos, sobre todo porque, a pesar de compartirse muchas experiencias, también existen diferencias que suelen indicar a qué subgrupo pertenece alguien, y aquello que unos consideran agradable y sobre lo que se establece una jerarquía, termina por ser precisamente uno de estos marcadores de clase.

Así ha sido desde hace ya muchos años, y desde que se habla de espacios urbanos, ornato y obra pública, los críticos han estado ahí, apuntando con dedo flamígero lo que se pudo hacer mejor -a veces- y lo que les resulta contrario al “buen gusto”, como si éste fuera universal. 

En Yucatán, y particularmente en Mérida, es posible encontrar diferentes historias acerca de lo que se consideró apropiado para adornar la ciudad; ya fuese en plazas, avenidas, edificios públicos, e incluso en obras efímeras. Un ejemplo lo encontramos en el diario El Correo, en su edición del 22 de octubre de 1918, en la cual aparece una nota con el título “Un adefesio más. ¿Qué se propone el Ayuntamiento?”.

Hay que tener en cuenta que para el año había muy poca ornamentación pública en Mérida. Sí, estaban algunos parques y estatuas erigidas a uno que otro héroe, como el general Manuel Cepeda Peraza, en el parque Hidalgo, el dedicado al doctor Justo Sierra O’Reilly al final del Paseo Montejo; la pecaminosa fuente de La Negrita, en el parque de San Juan, el dedicado a la madre, en el parque del mismo nombre, y algún otro que por ahora se escapa del registro mnemotécnico.

La nota es de apenas tres párrafos y dos frases al final. El reportero, desde el inicio, quiere involucrar al lector despertando la sensación de alarma, y así expresa sorpresa porque “se está levantando en la plaza de San Juan, frente a la Iglesia y en el mismo atrio de esta, un tinglado de sinc [sic] que es a todas luces uno de los adefesios más extravagantes que ha contado en su colección la Comisión de ornato de la corporación municipal”.

Lo que despierta curiosidad es más bien la falta de datos por parte del reportero. Indica que el “adefesio” está en el atrio de la iglesia, pero bien pudo tratarse de una estructura de corta duración para alguna próxima festividad. Aun así, de lo que se trataba era de endilgarle al ayuntamiento de Mérida, y particularmente a esa Comisión de Ornato, la autorización de esa construcción. Con esa actitud vigilante de la autoridad, difícilmente se estaría experimentando hoy en día la proliferación de gasolinerías que requieren del talado de maculíes, pero eso es otro cantar.

En seguida, el redactor dirige hacia el recuerdo y, dando a entender que las autoridades municipales se caracterizan por actuar a espaldas del pueblo, indica que “El anterior Ayuntamiento dedicó especialísima atención en afear en grado sumo la avenida del Bazar [¡el llamado Paseo de las Bonitas!] y este parece que hace labor continuadora de aquel, porque además de plantarnos en el ángulo sureste de la Plaza de la Independencia un kiosko digno de una feria de pueblo, trata ahora de invadir el precioso suburbio de San Juan con gran descontento de los vecinos”.

¡Santo Pierre Bourdieu! ¡Así que un kiosko digno de una feria de pueblo! ¿Será por eso que Mérida dejó de tener uno en su plaza principal? ¿Por dictado del buen gusto? Quién sabe qué ha ocurrido desde entonces, porque si por estética nos ponemos a suprimir edificios y ornato, capaz que Mérida se queda sin el 80 por ciento de sus monumentos; ya no digamos hoteles, establecimientos de franquicias, supermercados, plazas comerciales y un largo etcétera, al grado que también se perdería la mitad de sus habitantes, por lo menos.

El reportero asume la posición del periódico y cierra con un “Ignoramos las ideas que sobre el ornato tienen los señores ediles, pero aceptamos cualquier demostración en ese sentido que justifique que en esas obras reside siquiera una miajita [sic] de buen gusto”.

Por eso gobernar es tan difícil, porque cada quien prefiere su arte, pero eso es materia de otros estudios de estética, y otros tiempos.





Edición: Estefanía Cadreña


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