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Foto: Jusaeri

El viernes 29 de mayo, la precipitación pluvial sobre Mérida duplicó la media registrada en el mes de mayo en promedio, desde que se lleva la cuenta de este dato, cuyo conteo inició en 1951. Sin duda, fue un evento atípico, al que debe sumarse que este mes suele ser de sequía y altas temperaturas.

Mayo, tradicionalmente, se tiene como un mes en el cual resulta peligroso  exponerse al aire libre entre las 11 y 15 horas. Este 2026, sin embargo, no fue lo caluroso y seco que se hizo costumbre en la última década. El comportamiento climático es atípico, pero esto no quiere decir que los daños que produjo la lluvia hayan sido inevitables.

Las imágenes son elocuentes: calles inundadas, ciudadanos reclamando que el agua invadió sus casas y que llevan varios años exigiendo obras para evitar el colapso de sus vecindario, automóviles varados porque el nivel del agua supera el de sus neumáticos; camiones del transporte público produciendo olas y poniendo en peligo los vehículos más pequeños -con todo y la promesa de que con el sistema Va y Ven de que los choferes tendrían capacitación sobre la normativa de tránsito -, e incluso la necesidad de abrir un refugio temporal. Como si la ciudad no estuviera preparada para una tormenta de tal magnitud.

Lo contradictorio está en que mientras la urbe no puede canalizar el agua de la lluvia hacia un sistema que le permita hacer acopio del líquido como recurso, la instancia encargada de hacerla llegar a los hogares se encuentra en una crisis severa precisamente por no contar con la infraestructura necesaria, suficiente y en adecuado estado de conservación para conducir el agua hacia donde sea necesario.

Lo preocupante es que la precipitación pluvial del pasado viernes y ayer domingo no es que supere las marcas históricas, sino que los encharcamientos ponen en riesgo la salud y vida de los habitantes, y de esto sí existen responsables.

Los ánimos ya están caldeados y las ganas de politizar el tema están ahí. Los primeros dedos han apuntado a la alcaldesa, Cecilia Patrón Laviada, acusándola de trabajar exclusivamente para la foto; pero esto es también ignorar que la población de Mérida tiene un papel preponderante en la prevención de inundaciones. Existen acciones simples como reportar la acumulación de hojarasca en algún punto, porque ésta terminará en algún momento aproximándose a las rejillas de los pozos colectores. También es posible solicitar el mantenimiento de estos precisamente en la temporada de sequía, pero sobre todo, lo más importante es evitar tirar basura a la calle, algo que sigue ocurriendo en una urbe que en algún momento se preció de ser “capital americana de la cultura”.

La indiferencia de la población no exime a las autoridades de su responsabilidad, aunque estén rebasadas por los hechos. También es necesario revisar el crecimiento sin planeación que ha tenido Mérida y que se ha traducido en la deforestación y la ampliación de la mancha de asfalto, lo que se traduce en una alteración de las condiciones climáticas, lo que lleva al surgimiento de fenómenos como el adelanto de las lluvias o el incremento de su intensidad. El cambio climático es real, pero también lo es que los seres humanos contribuimos en gran medida a estas perturbaciones.

En cuanto al gobierno estatal, debe considerarse que sus instancias medioambientales deben recibir manifestaciones de impacto de cada proyecto de construcción y en su caso avalarlas. Y al mismo tiempo cuentan con un área de Protección Civil que debiera establecer protocolos preventivos para estos fenómenos. Alguien está haciendo un trabajo incompleto, cuando un adelanto de la temporada de lluvias conduce a la capital de un estado al caos.

La pregunta que queda es si Mérida pasará a ser un municipio incapaz de realizar acciones preventivas ante una tormenta, ni de aprovechar el agua que caiga, o si tanto autoridades municipales como estatales tendrán la voluntad para proteger la infraestructura hidráulica y eléctrica ante una eventualidad. Eso sí, será sumamente importante que la ciudadanía se comprometa a cuidar y vigilar el equipamiento urbano. A menos que se quiera normalizar el caos a causa de la lluvia.


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Edición: Fernando Sierra


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