Opinión
Felipe Escalante Tió
04/06/2026 | Mérida, Yucatán
En este mundo de jerarquías, cuando se habla de la Historia, siempre hay quien pretende hacer más a los profesionales, mientras a otros los designa como cronistas, y después están los diletantes o aficionados. Lo malo de esto es que siempre se trata de perfiles incompletos para la disciplina, pues mientras unos se enfocan en problematizar, otros se quedan con las narraciones de alguien más y hay quienes investigan y leen sin profundizar en el tema. Lamentablemente, quienes terminan padeciendo las deficiencias son quienes les leen y escuchan.
Así, terminamos con historias incompletas. Unas por pretender ser una explicación asequible únicamente para unos cuantos iniciados, otros por ser una simple correlación de hechos con el efecto de producir simpatías o antipatías a los héroes y villanos en turno, respectivamente. Finalmente están quienes se quedan en el detalle, en lo irrelevante pero sumamente sabroso como un buen chisme.
Y por supuesto, en los periódicos podemos encontrar todas estas vertientes, tanto en lo que respecta a las narraciones como quienes quieren ofrecer su opinión sobre los acontecimientos del día. Sobre todo, cuando estos son escandalosos e involucran a muchas personas. Un ejemplo, en la historia de Yucatán, es la revuelta de Valladolid a la que pretenciosamente se llamó “primera chispa de la Revolución”, iniciada el 4 de junio de 1910. Más allá de la insurrección, los corresponsales se dedicaron a saturar de información al público, incluso con algunas fotografías del campo. Debe aclararse que el traslado del equipo fotográfico en ese entonces era sumamente difícil, por el peso y lo frágil del material.
Entre las notas sobre ese episodio, de repente salta precisamente una fotografía de un hombre posando junto a una bicicleta. El pie de la imagen únicamente señala que se trata de don Arturo Hernández, y que el vehículo en cuestión “le salvó la vida al huir de Valladolid”. La imagen forma parte de una enorme nota que abarca toda la primera plana de la edición del Diario Yucateco del 8 de junio de 1910, titulada “Últimas noticias de nuestro enviado especial acerca de los sucesos de Valladolid”.
Pero, ¿quién era Arturo Hernández, que lo llevó a ocupar parte del espacio noticioso durante junio y julio de 1910? En realidad, unas pocas líneas lo hicieron una celebridad momentánea. El 5 de junio, al día siguiente de saberse del levantamiento, el corresponsal dio cuenta de que un grupo pequeño de personas había llegado al pueblo de Dzitás, huyendo de la llamada “Sultana del Oriente”. Hernández, se indicaba, “se escapó de Valladolid vestido de mujer” y se encontraba muy afligido porque su familia se había quedado ahí y hasta el momento desconocía qué suerte le había tocado.
Al día siguiente, se consiguió una entrevista con Hernández, quien refirió ser hermano del director de la banda de música de Valladolid, Máximo Hernández, y que él era encargado del Fiel del Rastro de esa ciudad. A las dos de la madrugada del sábado 4 de junio fue apresado por dos líderes de la insurrección: Víctor Montenegro y Maximiliano R. Bonilla, “quienes con palabras soeces y dándole de golpes lo condujeron al cuartel en donde fue puesto en prisión en unión de comandante de la policía don José María Hernández”. A quien le llame la atención que el director del Fiel del Rastro haya sido apresado a las dos de la madrugada, se debía a que su trabajo era la vigilancia del peso de los animales “beneficiados” para el consumo y que la matanza solía realizarse a muy altas horas de la noche.
Arturo Hernández fue testigo de los primeros momentos de la rebelión, incluso encerrado en el cuartel. Según su narración, se le avisó que sería fusilado a las 12 del día del 5 de junio, después de que entregara el Rastro Público, pero luego de escuchar que los alzados no pretendían hacer daño a las mujeres, sino únicamente a los hombres, aprovechó que llevaba un bulto de ropas “que por recomendación de su señora madre había recogido de la lavandera al dirigirse para el Rastro en la tarde”, y que no había sido registrado. Así, aprovechó que la puerta había quedado entreabierta, en lo que sacaban a quienes se iba a fusilar, y procedió a “jugar el todo por el todo”. Así, “tan pronto se viio fuera de la vista de los revoltosos, tomó el camino del Rastro, en donde estaba su bicicleta y montando en ésta partió a todo pedaleo para Uayma. Al llegar a este punto, a las cinco y cuarenta y cinco minutos de la mañana, envió un telegrama al jefe del Estado, informándole de lo que ocurría, siendo éste el primer parte que recibió el señor Gobernador”.
Y así fue como un testigo se ganó el honor de que su retrato apareciera en el periódico, ya sin la bata de su madre y, en cambio, acompañado de su heroica bicicleta.
Un mes después, apareció también en una historieta que publicó el Diario Yucateco, pero eso es materia de la próxima semana.
Edición: Estefanía Cardeña