Opinión
La Jornada Maya
07/06/2026 | Mérida, Yucatán
El deporte profesional posee una inevitable dimensión de espectáculo cuyo efecto es la creación de una base de personas dispuestas a relacionarse con la disciplina, aprender sus rudimentos y/o iniciarse en lo que aparentemente es un juego, hasta anhelar desempeñarse en esa actividad.
Esta afición tiene también diferentes niveles, siendo el diferenciador más importante el poder adquisitivo. Sin embargo, cuando se trata de seguir a un equipo, juntar a varias personas para poder armar “la cascarita” o para disfrutar de un encuentro que se celebra a la distancia, la asimetría suele ser poco pronunciada. Ser hinchas o seguidores de alguna institución deportiva suele ser un gran igualador al menos entre quienes religiosamente, cada fin de semana, dedican algunas horas a practicar o a seguir la transmisión de su deporte favorito, aunque éste no les devuelva esa misma lealtad al momento de los eventos más importantes.
En los últimos años se ha manifestado un fenómeno mediante el cual se ha hecho más difícil el acceso a la afición para acudir regularmente a los estadios y canchas para presenciar los encuentros de sus equipos, así estos pertenezcan a ligas de nivel medianamente competitivo en el ámbito internacional. Los boletos han llegado a precios tan altos que ya resulta imposible acudir en familia al estadio. Ahora, con ocasión del Mundial de Futbol, a celebrarse entre México, Estados Unidos y Canadá, ha quedado de manifiesto que quien puede pagar una entrada pertenece a la élite económica.
Los precios, sin embargo, no los dictan los países o las federaciones nacionales, sino la agrupación que organiza el Mundial: la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), la cual también dispone las medidas de acceso a las zonas aledañas a los estadios, impone criterios para que estos puedan ser sede de algún partido, e incluso crea los mecanismos a través de los cuales es posible adquirir una entrada; la cual, por cierto, no necesariamente será la que el comprador desee, sino la que el organismo quiera entregarle. Un “no te vendo lo que necesitas, sino lo que me dé la gana” que resulta incomprensible para quienes dirigen una empresa.
El tema es simple: en lugar de vender un lugar para presenciar un partido entre selecciones nacionales, se ofrece “la experiencia” de estar en un Mundial. Ya no se trata de que el aficionado pueda narrar posteriormente que presenció una jugada o un gran encuentro, sino de que a través de una fotografía en redes sociales pueda afirmar “tengo el privilegio de estar aquí”, independientemente del resultado del encuentro. Esto termina por alejar de los estadios a la afición popular: la que bien podría ir cada 15 días o a una buena parte de los partidos, acompañado de su familia; el objetivo actual es que, más que disfrutar del espectáculo deportivo, se tenga la ocasión para presumir cuánto se gastó entre el recuerdo, la comida y bebidas, además del pago a la taquilla.
La ofensiva contra la afición popular va más allá de hacerle más difícil el adquirir un boleto. Ahora, el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual (IMPI) exigirá a restaurantes, bares o comercios, que cuenten con una licencia para transmitir los partidos del Mundial. Algo inimaginable hasta hace unos pocos años que las televisoras eran las principales encargadas de hacer llegar los encuentros deportivos a hogares y negocios por igual; esto, por supuesto, previo pago de derechos de transmisión.
La medida, por supuesto, afecta a varios negocios que contaban con ser punto de reunión para cientos de parroquianos dispuestos a disfrutar de un partido en reunión con amigos, mientras ingerían bebidas y comidas al precio habitual. La licencia para los establecimientos implica un gasto no programado en su presupuesto de operación, lo que dificulta seriamente continuar con sus planes. El temor a una multa por casi 600 mil pesos, incluso si no se establecieran tarifas de admisión, puede disuadir a más de uno.
Y entonces, el Mundial queda como un evento para quien pueda pagar. Ya sea por un boleto al estadio o por la suscripción a una plataforma de streaming, se impone un desembolso obligatorio. Lo único que le quedaría a la afición es retirarse.
Edición: Fernando Sierra