Opinión
La Jornada Maya
08/06/2026 | Mérida, Yucatán
En un solo día, la península de Yucatán percibió en dos ocasiones un fenómeno al cual su población tiene como característico de otros lugares: un sismo. El primero, según publicó el Servicio Sismológico Nacional, ocurrió a las 10:05 horas, tuvo epicentro en el municipio de Chapab y su magnitud fue de 4.2 en la escala de Richter; casi tres horas después, otro evento tuvo lugar en las proximidades de Mantua, Cuba. Este fue un temblor de magnitud 6.4 y se percibió en diversas partes de los estados de Campeche, Quintana Roo y Yucatán. Ninguno de los dos produjo pérdidas humanas ni, hasta el momento, algún daño mayor; pero el segundo sí fue motivo para que en varias oficinas públicas se ordenara la evacuación del personal.
En la clasificación sísmica, lo que se experimentó fue uno ligero; de los que producen únicamente movimiento en objetos, ventanas y tal vez vehículos estacionados. Este fue en el territorio nacional, y su misma magnitud limitó que se sintiera a gran distancia. El del mediodía fue fuerte, pues es de los que pueden causar la caída de bardas y estructuras, llegándose a percibir en 160 kilómetros a la redonda, y en esta ocasión a más de 250, que habría sido el punto más cercano en las costas de Quintana Roo.
No es la primera vez que se da un movimiento telúrico en la península de Yucatán. Sin embargo, persiste la creencia de que la región no es sísmica, lo que ha llevado a la generalidad de los pobladores a tomar a la ligera las precauciones en caso de que se dé este fenómeno.
Debe reconocerse que actualmente se cuenta con instrumentos más precisos para la detección de movimientos en las placas tectónicas, lo que explica que en los últimos años haya incrementado la frecuencia de reportes en la península. Ahora, la evidencia de que sí hay temblores en la región no ha sido suficiente como para impulsar la difusión de protocolos a seguir si se presentara un terremoto potencialmente destructivo. Incluso, los llamados a participar en los simulacros suelen ser ignorados, y tanto en el sector público como entre la iniciativa privada locales es raro que se cuente con un plan general de seguridad y que se realicen prácticas de evacuación en caso de algún siniestro.
Por otro lado, tenemos también la apuesta de una ciudad como Mérida por el crecimiento vertical. Los resultados de los sismógrafos ya debieron haber sido más que suficientes como para que las instancias de Protección Civil promuevan la revisión de la normativa de construcción, considerando de entrada que la cimentación de los edificios es distinta cuando se está en una zona sísmica. Igualmente, debe efectuarse la revisión de la infraestructura con que cuentan las autoridades para el combate a incendios pues, a nivel del mar se requiere mucha más presión para hacer llegar el agua a una altura superior a los cinco pisos.
Por otra parte, es necesario promover un cambio cultural y preparar a los habitantes de la península para que puedan responder adecuadamente a un temblor y que un fenómeno de estos no nos haga lamentar la pérdida de vidas. Es probable que ya sea un buen momento para pasar a la creación de planes de seguridad en lugar de seguir los contenidos cómicos sobre sismos. De nueva cuenta, las instancias de Protección Civil tienen una gran tarea por delante, a la cual debe corresponder la educación cívica de la población. A fin de cuentas, es la propia vida la que puede salvarse si se presta atención a las indicaciones.
Sí, mantener la idea de que en la península no tiembla es ignorar evidencia comprobada. El que aún no se tenga registro de un sismo intenso no quiere decir que éste no vaya a darse en un futuro, y entonces puede que sea demasiado tarde.
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Edición: Estefanía Cardeña