Opinión
La Jornada
11/06/2026 | Ciudad de México
En efecto, basta con que uno de los miembros desee retirarse para poner fin al T-MEC, pero los procedimientos son mucho más complejos y lentos de lo que el mandatario da a entender en sus declaraciones. Los tres países tienen hasta el 1° de julio próximo para ponerse de acuerdo. Si lo logran, el tratado se prorrogará por 16 años; de lo contrario, se mantendrá vigente, pero sometido a revisiones anuales durante 10 años. Cada una de estas negociaciones puede dar pie a un nuevo acuerdo multianual, y el espacio de libre comercio de América del Norte sólo desaparecería en el caso extremo de que los desacuerdos persistan durante toda la década de gracia.
En este contexto, las amenazas de Trump quedan exhibidas como un desplante del narcisismo que lo caracteriza; como una bravuconada cuyos destinatarios no son tanto sus pares Claudia Sheinbaum y Mark Carney, sino su base electoral, adicta al culto a la personalidad de un dirigente hostil, transgresor, impredecible y pendenciero. La realidad es que poner fin a un intercambio que asciende a 872 mil millones de dólares anuales (considerando únicamente la relación bilateral con México) no puede reducirse a un mero acto de voluntad de un gobernante. Por el contrario, depende de los intereses de poderosos sectores y grupos empresariales que sufrirían afectaciones multimillonarias si de un día para otro perdieran el mercado, la mano de obra y la capacidad productiva que han desarrollado durante los últimos 30 años al sur del río Bravo.
Con todo, la irresponsabilidad de Trump, las decisiones impulsivas que ha tomado en el pasado y la ausencia de contrapesos reales a su autoritarismo dentro de Estados Unidos impiden descartar que inicie el proceso de cancelación del T-MEC. Ante dicha eventualidad, es fundamental mantener la calma y sopesar los pros y contras de cada salida. Por ejemplo, es inevitable que una redacción consensuada con los funcionarios trumpistas incluya cláusulas lesivas para México, Canadá y para los estadunidenses de a pie, o que favorezca de manera desproporcionada a la oligarquía que puso a Trump en el cargo. En el peor de los casos, un escenario posible sería que el magnate diera por cancelado el T-MEC, esperar tres años y acordar un nuevo texto definitivo cuando en la Casa Blanca despache una persona sensata y con capacidades cognitivas funcionales. Por supuesto, la renegociación anual del bloque de libre comercio implica una incertidumbre indeseable durante varios meses, pero a estas alturas ese bache temporal parece un mal menor frente al costo de asumir los términos del trumpismo por más de tres lustros. La cancelación también daría a México un periodo para reorientar y diversificar su comercio.
Por último, es pertinente recordar que la vigencia del T-MEC no es un escudo infalible frente a la arbitrariedad y el efectismo actuales: con todo y tratado, Trump intentó cobrar aranceles a todos los productos exportados por México, y de hecho los cobra al acero, aluminio, cobre, maquinaria industrial, automóviles, autopartes y cerveza enlatada, entre otros. Lo que ha quedado claro es la disposición del magnate para instrumentar cualquier situación con fines de extorsión y que su único propósito es obtener (o hacer creer que obtuvo) la máxima ventaja de cualquier circunstancia. Por ello, México cometería un error si entra en su juego de amenazas y chantajes.
Edición: Aan Ordaz