Opinión
Felipe Escalante Tió
11/06/2026 | Mérida, Yucatán
Es posible que en algunas universidades y demás instituciones académicas, preguntar qué es la historia sea un tema superado. Pero para quienes se identifican como aficionados y quienes no tengan noción de la disciplina profesional, es muy probable que busquen la experiencia del relato, y es que también es cierto que la historia es una construcción social, pero sobre todo, una en la que intervienen las fuentes de primera mano, quienes las sistematizan, pero también quienes las escuchan o leen.
Esto viene con el ánimo de intentar resolver si en algún momento nuestro conocimiento acerca de ciertos episodios es más acerca de una sucesión de anécdotas que sobre lo que estaba ocurriendo en una sociedad específica en un momento determinado. Y así nos conformamos con saber qué pasó en lugar de buscar explicaciones acerca de lo que haya sucedido.
Así, continuando con la historia de Arturo Hernández, el joven encargado del Fiel del Rastro de Valladolid cuando en esa ciudad estalló la revuelta de lo que después, pretenciosamente, se dio a conocer como la “primera chispa de la Revolución”, cae precisamente en esa dicotomía. A través del Diario Yucateco, el 8 de junio de 1910, los lectores de aquel entonces se enteraron de qué había ocurrido en esa ciudad, quiénes fueron los primeros ejecutados por los revoltosos, incluso del dolor que experimentaron algunos al saber que sus familiares morirían o también por no tener noticias de ellos. Pero todo pasó a segundo término gracias a las imágenes que aparecieron en el mismo periódico.
Aproximadamente cinco semanas después de sofocada la revuelta, el Diario Yucateco le dio cierto protagonismo a su dibujante, Bernardino Mena Brito, quien había estado a cargo de la elaboración de algunas viñetas que funcionaban como encabezado de secciones fijas, dándole una página completa para que desarrollara una historieta. El 23 de julio, la tira abordó un tema coyuntural, como los preparativos para la exposición de productos yucatecos que pretendía integrarse al programa de la celebración por el centenario de la independencia de México.
Los productos que Mena Brito consideraba apropiados para la exposición eran producto de su imaginación, y tal vez por eso su historieta fue bautizada como “Crónicas del país de Tulapán”, a pesar de que resulta notorio que se refiere a Yucatán. Los géneros ficticios hacían referencia al clima político nacional y estatal: la “Magalonita, formidable explosivo cuya potencia no ha sido jamás igualada”, alude a Ignacio Magaloni, uno de los protagonistas de la “Conspiración de la Candelaria”, que se había dado un año antes, en la cual el también llamado León de Chuminópolis estuvo a cargo de la fabricación de bombas hasta que, según él, se dio cuenta de que los “mestizos” que harían de tropa tenían la intención de arrojar algunas en casa del gobernador Enrique Muñoz Arístegui.
Otras sustancias, “Dehesol” y “Corralina”, aluden a los candidatos a la vicepresidencia, quienes hipotéticamente sucederían al general Porfirio Díaz si no llegaba a concluir su gobierno.
En la quinta viñeta se encuentra “Un señor Hernández de Valladolid”, que es el mismo que había sido noticia el mes anterior pero, en lugar de tomar como modelo la fotografía de Arturo Hernández, el caricaturista lo dibujó de acuerdo al relato de su escape: vestido de mujer, con la bata que su madre le había encargado recoger con la lavandera, y huyendo a todo pedal hacia el poblado de Uayma. Cabe mencionar que lo más llamativo de la carrera de Hernández es que a nadie hubiera parecido extraño ver a una mujer, en la madrugada, montada en un velocípedo.
La ilustración es la que lleva el pie más generoso, que también es testimonio de lo que había sucedido con Hernández en ese tiempo, al indicar que “tuvo la gloria de que su efigie circulara más que la de un santo popular”, y su mérito era la invención de la “Miedolina”, “aceite de petróleo mejor que la gasolina, que aplicado a las bicicletas desarrolla velocidades vertiginosas, y por haber sido el primero en haber experimentado los efectos de la Ruzponcita, sustancia que trabuca la lengua, acalora la imaginación y hace brotar alas en las piernas”.
Más allá de la velada referencia a Miguel Ruz Ponce, el líder de la insurrección que alcanzó a escapar de la ofensiva de las tropas oficiales, la ilustración consigue colocar la anécdota por encima de la explicación a los sucesos de Valladolid, dejándonos también un muy sabroso chisme de esos que los académicos también disfrutamos y nos invitan a repasar los acontecimientos con una buena taza de café, y a platicar con quien quiera compartir la alegría que nos producen estos hallazgos, pero eso… eso es lo que da pie a las noticias de otros tiempos, y a buscar otras notas.
Edición: Estefanía Cardeña