Al imaginar el trabajo de restauración y conservación del patrimonio cultural, solemos evocar las actividades de una disciplina multifacética que exige atención y paciencia: manos expertas, pinceles finos, pulso de cirujano y una dedicación sostenida. Todo es cierto. Sin embargo, hay algo que muchas veces queda en segundo plano: la investigación como parte central del proceso.
Antes de intervenir un edificio colonial, por ejemplo, es necesario conocer sus materiales, procesos de construcción, historia y realizar un diagnóstico de su estado actual, lo cual servirá para orientar cada decisión de intervención. No obstante, ese conocimiento nunca es completo: cada temática plantea preguntas nuevas y no siempre se cuenta con todas las respuestas, por lo que es necesario seguir investigando. En la práctica, esos estudios no siempre se realizan, ya sea por falta de recursos o por las condiciones de cada proyecto, aunque resultan indispensables para intervenir con mayor certeza. Así, en las últimas décadas la colaboración sistemática entre especialistas en química, física, biología, geología e ingeniería dialogan con colegas de la historia del arte, la arqueología y la restauración para construir un lenguaje común en torno a los retos de la conservación.
En México existe una red de espacios dedicados al estudio científico del patrimonio. Un caso emblemático es el Laboratorio Nacional de Ciencias para la Investigación y la Conservación del Patrimonio Cultural (LANCIC), concebido como un laboratorio “sin paredes” que articula a varias instituciones del país. A esta red se suman los laboratorios de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH y el Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble del INBAL, entre otros.
En Mérida, el Laboratorio de Investigación para la Conservación del Patrimonio Cultural del Sureste de México del Centro INAH Yucatán, ubicado en el edificio del Ateneo Peninsular contribuye a la comprensión de los bienes patrimoniales de la Península, es decir indagar cómo están hechos, cómo se deterioran y qué decisiones técnicas conviene tomar para conservarlos. Sus líneas de trabajo responden a las principales necesidades de conservación de la región, marcadas por el clima tropical y la piedra caliza: la humedad y las sales que deterioran muros y aplanados, los microorganismos y plantas que colonizan las superficies, el tratamiento de grafiti; todo ello para el cuidado de los edificios mayas y coloniales de Yucatán.
Una de las investigaciones que se desarrollan actualmente, y que quisiera compartir aquí, es el estudio de la paleta de color del patrimonio construido del centro histórico de Mérida, con la mirada puesta en los colores de la época colonial. ¿Por qué interesa el color? Porque los muros de iglesias, conventos y casas antiguas no siempre tuvieron el tono que vemos hoy. Bajo capas de cal, polvo y repintes pueden esconderse colores originales que el tiempo y las intervenciones posteriores ocultaron. Cada pigmento guarda una historia: de dónde se obtuvo, qué recursos de la región se usaron y cómo dialogaron los saberes locales con los foráneos. Conocer esa paleta original tiene, además, una aplicación muy concreta: devolver esos colores a los inmuebles en futuras intervenciones, con criterios fundamentados y no arbitrarios.
Para estudiar el color, el laboratorio recurre a herramientas que permiten mirar los materiales de cerca, desde la observación con microscopio, que revela la secuencia de capas de pintura como los anillos de un árbol cuentan su edad, hasta luces ultravioleta o infrarroja, que muestran detalles invisibles a simple vista. Para conocer las características de los materiales se van formando colecciones de referencia, lo que evita tomar muestras de más en bienes irremplazables; los análisis más complejos se realizan en conjunto con otros laboratorios especializados. Todo ello constituye investigación en curso, cuyos primeros avances ayudarán a fundamentar futuras decisiones de conservación.
En Yucatán, donde el patrimonio es tan vasto como singular, esta tarea cobra un sentido particular. No se trata solo de resguardar “ruinas” o edificios viejos, sino de sostener un diálogo informado con una herencia que sigue viva. En ese marco, la ciencia no sustituye la sensibilidad de quien conserva ni la experiencia del trabajo manual: las acompaña, les da sustento y permite decidir con mayor certeza.
Helga Geovannini Acuña es arqueóloga de la Sección de Conservación y Restauración del Centro INAH Yucatán
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; antropóloga social del Centro INAH-Yucatán
Edición: Fernando Sierra