Hay palabras que, al escucharlas por primera vez, generan extrañeza. No solo porque desafían las formas tradicionales de nombrar el mundo, sino porque cuestionan las ideas que durante mucho tiempo hemos dado por ciertas. “Decolonial” es una de ellas. Más que un término académico o una moda intelectual, lo decolonial propone revisar críticamente las estructuras de poder, representación y memoria que todavía persisten en nuestras instituciones culturales. En ese sentido, pensar los museos desde una mirada decolonial es una necesidad para replantear quiénes cuentan la historia, desde dónde se cuenta y qué voces han quedado fuera de ella.
Comenzaremos por hacer algunas breves acotaciones, no sin antes advertir que es mucho más complejo de lo que aquí se presenta y esperando sea motivación para leer más acerca del tema. Decolonial es un término propuesto por pensadores como Enrique Dussel, María Lugones, Ramón Grosfoguel entre otros, pero que tiene raíces en pensadores africanos y del medio oriente que cuestionaron no sólo a su sociedad sino a los mecanismos con los que nuestra percepción del mundo suele normalizar algunas desigualdades.
¿Alguna vez te has preguntado por qué ciertos términos parecen sonar “mejor” en otro idioma que en el nuestro, o incluso por qué suelen colocarse por encima de las lenguas indígenas? ¿O por qué, todavía hoy, se percibe como más deseable tener piel blanca, ojos claros o rasgos europeos que ser moreno o de tez oscura? Estos son algunos ejemplos de lo que se conoce como pensamiento colonial, llamado así por ser una forma de mirar y valorar el mundo heredada de los procesos de colonización. Aunque muchos países dejaron atrás el dominio colonial, ciertas ideas permanecieron arraigadas en la sociedad como la creencia de que lo extranjero es superior a lo propio, ya sea en el lenguaje, la cultura, la apariencia física o las formas de conocimiento. Se trata de una herencia histórica que no solo explica el pasado, sino que continúa teniendo consecuencias en el presente.
Personas dedicadas al activismo y/o a la academia, se han preguntado lo mismo y propusieron una nueva forma de enfrentarlo, llamándolo pensamiento o giro decolonial, que consiste en entender por qué históricamente existe esa forma de valorar el mundo rechazando lo propio y enalteciendo lo ajeno, para de ahí comenzar a revalorarnos y volver a mirar lo nuestro con otra mirada no colonialista o ajena a lo que los conquistadores nos dejaron. Es decir dar paso a una mirada decolonial.
Ahora bien, es precisamente ahí donde el museo, como institución, ha funcionado históricamente como un instrumento para exhibir a “los otros” desde una mirada ajena. Durante mucho tiempo, los discursos construidos en torno a ciertos pueblos y culturas fueron elaborados sin la participación de las propias comunidades aludidas; se les interpretaba y definía desde valores externos, muchas veces atravesados por prejuicios. Pero vayamos a un ejemplo más cotidiano. ¿Cuántas veces hemos escuchado preguntas como “cómo construyeron los mayas esos edificios”, “si venían de otro continente o incluso de otro planeta”, o “por qué desaparecieron”? Este tipo de ideas no surgieron de manera espontánea. Desde la llegada de los españoles comenzaron a difundirse discursos que desvalorizaban o exotizaban a los pueblos originarios, y muchos de ellos siguen presentes más de 500 años después. En los museos ocurre algo similar. Con frecuencia, el énfasis está puesto casi exclusivamente en los logros del pasado prehispánico, pero pocas veces se establece un vínculo claro con las comunidades mayas que existen en el presente. Basta preguntarse qué tan común es encontrar en los grandes museos expresiones contemporáneas de la cultura maya. La respuesta, tristemente, es que no lo es. La mayor atención continúa dirigida hacia las piezas arqueológicas y al pasado.
Las personas que nos encargamos de realizar exposiciones sobre lo maya, pocas veces tenemos ascendencia maya, desconocemos el idioma y solemos enfocarnos más a lo estético que a incluir a descendientes de la población para la elaboración de los discursos que exhibimos sobre los mismos. Claro que también la televisión, el cine, el internet y otros medios suelen ser mucho peores en la mayoría de los discursos, pero esas simples preguntas pueden llevarnos a enormes reflexiones sobre cómo nos referimos a una población viva.
Si bien el museo inició como un instrumento de dominación colonial para legitimar un discurso cargado de ideas coloniales, el llamado que hacemos ahora es darle un giro y hacerlo mucho más inclusivo, sin la necesidad de su desaparición. Hoy en día, estas expresiones han tenido un lugar destacado en los museos comunitarios, que en su enorme mayoría son creados por y para la comunidad que los alberga. Así como vale la pena visitar y prestar atención a cómo se representan las propias comunidades urge también que estas expresiones puedan llegar a las grandes salas de exhibiciones que los mencionan, a ser más incluyentes con sus voces y crear diálogos que nos permitan revitalizar, respetar y convivir en diversidad.
Orlando Casares Contreras es profesor investigador del Centro INAH Yucatán
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora del Centro INAH Yucatán