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El Laboratorio de Datos contra la Obesidad (LabDO) reveló que México ocupa el primer lugar en producción y distribución de productos ultraprocesados en América Latina y es el cuarto consumidor a nivel mundial, lo que constituye un indicador de una contradicción que se inscribe en el sistema capitalista: el “progreso” de unos cuantos se consigue a través del deterioro de las condiciones de vida para la gran mayoría.

En efecto, la producción de alimentos ultraprocesados es un negocio pujante que deja muy buenos dividendos a fabricantes, distribuidores y algunos vendedores finales. Estos productos son omnipresentes en las tiendas de conveniencia: variedades de pan dulce y galletas, toda clase de frituras, sopas instantáneas, refrescos con altísimos contenidos de endulzante (porque incluso los que no llevan azúcar tienen una enorme cantidad de otros químicos), cárnicos saturados de grasas y compuestos de sodio y conservadores, en fin: si ha pasado por una fábrica, podemos estar seguros de estar ante uno de estos productos.


Desde hace ocho años, el gobierno federal mexicano inició una campaña con el objetivo de inhibir su consumo, prohibiendo su venta en las cooperativas escolares y colocando sellos de advertencia sobre contenidos excesivos de grasa, azúcar o calorías, pero los datos del LabDO indica que el avance es poco y siete de cada 10 personas adultas tiene sobrepeso. En cuanto a la niñez, en el bloque de 5 a 11 años son casi 4 de cada 10, mientras que 7.7 por ciento de los menores de cinco años ya lidia con un exceso de peso; esto según el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP).

El sobrepeso es apenas el inicio de otras condiciones que afectan a la salud, incluso de enfermedades crónicas. Es cierto que existen personas saludables que no presentan alguna comorbilidad e incluso participan regularmente en actividades atléticas; sin embargo, esto debe tenerse como la excepción a la regla. En la mayoría de los casos, quienes consumen regularmente alimentos ultraprocesados es porque su acceso a frutas, verduras y proteínas limpias es limitado; también hay un factor cultural que ahora constituye un riesgo: los pastelitos y frituras se tienen como recompensa y están asociados a la diversión, el esparcimiento, e incluso al disfrute del deporte como espectáculo.

El estilo de vida moderno ha obligado a muchos, especialmente quienes cuentan con menos recursos, a depender de una dieta impuesta por las grandes corporaciones; una que “ahorra tiempo”, pero no nutre, y que lo que ofrece es una gran cantidad de energía (calorías) a bajo costo.

Pero también hay otros factores: la sustitución de las comidas regulares por la dieta rápida, asociada a franquicias, pero también a tacos y antojitos que ya no son solamente una preparación más o menos equilibrada de carbohidratos, verduras y proteínas, sino que su componente graso o de azúcares simples ya es exagerado.

Tómense en cuenta los estados peninsulares de Yucatán y Campeche. El primero, en lo que va de 2026, contó 9 mil 661 casos de obesidad infantil y adolescente; un aumento de 42 por ciento con respecto al mismo período del año pasado, cuando ocupó el tercer lugar nacional en este problema, mientras que el vecino fue el líder. Sin duda, una estadística que indica severas limitaciones en materia económica y alimentaria.

La problemática es compleja y su atención urgente. La atención a las enfermedades crónicas asociadas al sobrepeso y la obesidad, como diabetes, hipertensión y padecimientos cardiovasculares, supondrá un desafío financiero para cualquier sistema de salud. La prevención será siempre el mejor modo para evitar el compromiso de recursos. Sin embargo, también deben cuestionarse los resultados que ha tenido la política actual; por ejemplo, si el incremento al salario mínimo se refleja en acceso a una mejor alimentación, o si programas como Sembrando Vida han incrementado la oferta de verduras y frutas de temporada, haciéndolas atractivas al consumidor, y además, la efectividad del etiquetado frontal en las decisiones de compra.

Parafraseando el título de un libro, la panza es primero, si se pretende fomentar la salud de los mexicanos.

Lee, de la misma columna: El mar no discrimina

Edición: Fernando Sierra


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