Opinión
La Jornada Maya
22/07/2026 | Mérida, Yucatán
La pesca es una de las actividades primarias en las que México ocupa un lugar importante, gracias en muy buena medida a que está limitado tanto por el océano Atlántico como por el Pacífico, aunque el consumo interno de pescados y mariscos no corresponde con la producción. La captura de especies es tenida como una actividad ruda y, por muchos años, se ha considerado como típicamente masculina. Sin embargo, las mujeres han participado también en ella.
La gran diferencia ha sido el acceso a los apoyos. Ellas han sido la fuerza que le da valor agregado a las capturas: destripando, retirando escamas y fileteando; transformando las especies de pescado que muchos hacen de menos en guisos que le no le piden nada a cualquier restaurante con estrellas Michelin, colectando caracol “chivita” en los esteros, o aventando las redes para conseguir sardinas y otras variedades de carnada. Ahí han estado las mujeres, pero a bordo de las lanchas, han sido la excepción; y si se trata de patronas de embarcación, las que han llegado a serlo ha sido después de enfrentar muchos obstáculos, comenzando por la oposición de sus familias.
El panorama actual dice algo ya bastante diferente: un lento reconocimiento a las mujeres del mar, que al menos ya son contabilizadas y son el 11.5 por ciento de la fuerza laboral ocupada en la pesca y acuicultura, pero repartidas en la producción, venta y servicios alrededor de la misma. En otras palabras, su presencia en las aguas es todavía mínima y sus labores siguen siendo menospreciadas, aunque son las que permiten obtener un mejor precio por las capturas y no un mero “apoyo”.
El inconveniente es que la estructura productiva de la pesca no distingue el trabajo femenino, y esto ha impedido separar el precio de pescados y mariscos recién bajados de las embarcaciones de aquellos que ya fueron “arreglados” por las mujeres al pie de la playa. Debe advertirse que, para dar este paso, hace falta organización para pasar a la economía formal. Se requiere también que lleguen todas, y no solamente las familiares de permisionarios y líderes pesqueros, quienes sí han tenido mayor facilidad para integrarse a los padrones de pagos de veda y baja captura, o para ser las primeras en las listas de las acciones afirmativas, que terminan por incrementar el patrimonio familiar, más que empoderar a mujeres como pescadoras.
Un programa interesante fue el de dotar a familiares de pescadores de motocicletas adaptadas, que se destinaron para la venta ambulante de platillos de pescados y mariscos, además de manos de cangrejo moro cocidas, pulpo y caracol cocido. Quienes recibieron uno fueron llamadas “pulperitas”, un diminutivo que hace pensar que se les sigue tomando como una actividad para el entretenimiento y no un trabajo demandante, que sí lo es. Hoy resultaría interesante saber cuántas de las que recibieron el apoyo siguen desempeñándose en este comercio.
Y si bien la cantidad de mujeres dedicadas a la pesca puede ser mínima en comparación de las que trabajan en la ganadería y el campo -que aquí también hay diferencias estructurales que permiten esa presencia, como puede ser que se vea bien que haya mujeres dedicadas a la avicultura, porcicultura o al ganado menor, pero no necesariamente a la cría de reses -, es claro que va ganando terreno, tanto en números absolutos como en porcentaje. Y quedan también pendientes otras áreas del trabajo en el mar, como es ser guías de viajes de pesca o de recreación, donde también podrían participar en un futuro inmediato.
El mar recibirá a las mujeres pescadoras igual que hace con los hombres, quienes saben que cada viaje conlleva el riesgo de no regresar a tierra. El tema posterior será si el mercado querrá reconocer la presencia femenina en el valor del pulpo, el mero, la langosta o los camarones, y distinguir que quienes se dedican al expendio de pescados y mariscos forman parte de una cadena de valor que hacen que cada bocado sepa a un mar generoso, como lo son las manos que los sacaron de las profundidades, destriparon, desescamaron y cocinaron.
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Edición: Fernando Sierra