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Crónica del retorno a navegar

Perdí el autobús en Santiago de Compostela, España, y el barco tuvo que zarpar y dejarme
Foto: Margarita Robleda Moguel

Perdí el autobús en Santiago de Compostela, España, y el barco tuvo que zarpar y dejarme. Esta es la crónica para compartirles los sustos y gustos de la gran aventura de haber logrado regresar a mi casa-barco, dos días después, en el puerto de Le Havre, Francia.

La primera parte se publicó ayer, en La Jornada Maya, como: ¡Auxilio! Una rana perdió el barco. En esta segunda parte, retomo el final de la historia, donde me enfrento a la realidad.


Lee la primera parte aquí: ¡Auxilio! una rana perdió el barco


Era afortunada, estaba viva, entera, tenía mi pasaporte, algo de euros para comer, una tarjeta bancaria; la ropa que llevaba puesta, sobrero para el sol y una pinturita de los labios, que nunca puede faltar.

Del estacionamiento de autobuses, donde decidí que, en lugar de llorar, lo mejor era actuar, me encaminé al centro de Santiago. Ahí encontré un pequeño y cálido hotel a una cuadra de la catedral, con el nombre de "Pico Sacro", donde Eva, la gentil recepcionista, me dio la primera buena noticia: alguien había cancelado su reservación y había cuarto para mí. ¡Uf! Me salvé de compartir árbol con los peregrinos. Tanto ella como su hermano amablemente me ayudaron a pensar maneras de trasladarme a París, iniciando la cadena de "conexión humana" que se dio para que regresara al barco antes de que levantara ancla, el domingo a las 7:30 pm del puerto de Le Havre.

Mis nuevos amigos me dijeron que encontraron en "Vueling", una línea aérea española, vuelos de Santiago a París. Me dieron los datos del vuelo y llamé a mi secre a Mérida para que lo comprara. Más tarde, esta me llamó para decirme que lo mejor sería tomar el metro desde el aeropuerto hasta donde salen los trenes. Que compraría el boleto de tren París-El Havre y al llegar podría tomar un taxi. En el Pico Sacro me apartaron un taxi a las 7:30 am para el aeropuerto. Al día siguiente, que mi barco se encontraba navegando, me lo tomé con calma, seguí disfrutando Santiago de Compostela y agradecí muchísimo a los amigos de Pico Sacro su amoroso apoyo.

Muy puntual, Manuel llegó por mí para llevarme al aeropuerto, el mismo que recibe cuatro millones y medio de peregrinos. La charla fue tan rica que llegamos pronto. Manuel, encantado con ella, ofreció bajarse para mostrarme algo. En el aeropuerto tienen una muestra de la catedral que fue creciendo durante 800 años y en la otra maqueta, cómo era la comunidad entonces. Las conexiones humanas provocan el deseo de dar un plus.

El viaje se hizo más corto, con una pareja de española e inglés y el intercambio de preguntas y descubrimientos. La plática me dio energía para enfrentar las dificultades que me encontré en el aeropuerto de Orly en París, que es enorme y asusta a cualquiera; respiré profundo y abrí grandes los ojos y saqué todas mis antenas. Lo principal era encontrar el símbolo M14, que es la estación del metro. ¿Por dónde? El sonido del idioma español me dio un vuelco al corazón e hizo voltear la cabeza para descubrir a una pareja de Guatemala con su joven hija, hablando de lo que yo buscaba. Me subí a su barco e iniciamos la búsqueda juntos. Son encantadores. El siguiente reto: entender cómo comprar el boleto. Cada vez hay menos personal y surgen más máquinas. Una sonrisa entabla la conexión humana. ¡Lo logramos! A mi estación de Saint-Lazare, ¡siete euros! Ellos estaban dos estaciones antes para ir a su hotel. Me bajé en algo que no tenía cara de estación de ferrocarril, me costó trabajo descubrir que los andenes estaban en el quinto piso. Una mujer de Medio Oriente, entre su poco francés y el mío peor, logramos entendernos y me ayudó a comprar mi boleto para entrar a la estación. El QR del boleto, ya me lo había mandado la secre. Por fin logré sentarme en la ventana del segundo piso del ferrocarril para disfrutar la belleza de la campiña francesa. Dos horas después llegamos puntualmente a Le Havre, donde tomé un taxi para ir al muelle. El hombre, migrante de África, no hablaba ni francés ni inglés, pero la palabra México le hizo recordar con cariño a Playa del Carmen y a mí, las visitas a Kenia. Ambos intercambiamos fotografías, recuerdos felices y la conexión humana borró las barreras y la indiferencia.

Abajo del barco, me reconoció la de la recepción, y me dijo: ¡Bienvenida a casa!

Yo le respondí con una enorme sonrisa. "Con el apoyo de tantos: ¡Lo logré!".


Edición: Estefanía Cardeña





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