Opinión
La Jornada Maya
08/07/2026 | Mérida, Yucatán
La derrota de la
Selección Mexicana de Futbol a manos de su símil de Inglaterra el pasado domingo, en los octavos de final de la Copa del Mundo, marcó el final de la participación del país en el evento, tanto en lo deportivo como en su papel de anfitrión de encuentros, aunque debe mencionarse que fue la sede con mayor ambiente festivo en comparación con Canadá y Estados Unidos, donde la intensidad de los festejos ha sido mucho menor.
Pero la experiencia mexicana es muy distinta a la de Estados Unidos y Canadá, donde el futbol no es el deporte más popular y sí, en cambio, cuenta con menos infraestructura si se le compara con otras disciplinas. Aquí, desde un inicio, se contempló al evento como una oportunidad de participar en una gigantesca derrama económica propiciada por el turismo, las cadenas de abastecimiento para cada uno de los equipos que establecieron sus respectivos campamentos en el país y, por supuesto, el consumo vinculado a la transmisión de los partidos.
Sin embargo, el modelo de negocios de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) terminó imponiéndose sobre los intereses locales. En realidad, este organismo supranacional planteó como necesarias varias obras -muchas remodelaciones en las áreas destinadas a los “fanfest” en las ciudades sede-, las cuales provocaron pérdidas para los negocios cercanos que aguantaron ante la promesa de una recuperación durante el evento, y luego resultaron afectados ya fuera por el plantón de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y después por las vallas alrededor de los puntos de reunión, que impedían la visibilidad hacia los establecimientos.
El mejor ejemplo es el de los estadios con nombres de empresas no patrocinadoras de la justa, que fueron obligadas a ocultar sus nombres y logotipos. Algunas supieron aprovechar la publicidad indirecta, pero es claro que esta política de la FIFA tiene un mensaje: el beneficio económico por visibilidad de nombre es sólo para quienes aportan dinero al organismo, aunque se trate de marcas con presencia global.
Por otro lado, el Mundial ha sido una coyuntura en la cual salió a relucir hasta qué punto tenemos autoridades que llegan a lo inverosímil con tal de proyectar una “buena imagen” sin solucionar problemas urbanos de fondo. Esto incluyó colocar bardas y mantas con publicidad para ocultar asentamientos irregulares y colonias pobres, como la aplicación de pintura morada y decorado de ajolotes hasta en la infraestructura de tránsito, pero como bien se mencionó, ninguna inversión en la limpieza del hábitat de este anfibio.
Pero los festejos callejeros son los que han desafiado a la capacidad de asombro. Las imágenes nos regalaron como mascota no oficial al pato Merlín, que resultó mucho más apreciado que las tres botargas diseñadas y supuestamente representativas de cada país sede. El palmípedo en cuestión terminó absorbido por la mercadotecnia, luego que su propietaria hiciera el trámite de registro ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual (IMPI), organismo al que se le encargó la persecución de los establecimientos que estuvieran “lucrando” con la exhibición de los partidos, otro negocio de la FIFA que tiene toda la pinta de embestida contra las pequeñas y medianas empresas. Igualmente, las calles fueron puntos en los que la afición por el deporte unió a muchos, pero también donde quedaron expuestas varias vulnerabilidades sociales.
Aparte de las imágenes de abrazos e intercambios de playeras, los festejos han sido relevantes para mostrar hasta dónde llega la previsión de las autoridades y las debilidades en materia de protección civil. Las colectividades incurrieron en prácticas de riesgo (“¡quiere volar, quiere volar!”) y de acoso. Aunque no se han difundido casos, muchas mujeres fueron víctimas de tocamientos impropios, algo que dice mucho más de los agresores que de quienes los padecieron y que seguramente escucharon un “sabías a lo que te exponías cuando decidiste venir”.
Pero los festejos, especialmente en la avenida Reforma de la Ciudad de México, también dejaron víctimas fatales. Precisamente ahí es donde quedó de manifiesto la falta de preparación de las autoridades de la capital del país, más ocupadas en “ajolotizar” que en prevenir una tragedia. Los cuatro decesos ocurridos tras la victoria contra Ecuador no fueron fortuitos. Ya se había decretado la “ley seca” precisamente para inhibir conductas de riesgo, pero por sí sola, la medida resultó insuficiente ante la concentración de más de un millón de personas en la vía. Es momento de analizar qué falló, porque se tuvo mucho tiempo para diseñar los protocolos.
Edición: Estefanía Cardeña