Opinión
Lourdes Álvarez
08/07/2026 | Mérida, Yucatán
Cuando un niño empieza a descubrir aquello que se le facilita y disfruta hacer, ya sea en la escuela, en su casa o jugando, comienza también a intuir quién le gustaría llegar a ser. Hay actividades que despiertan su curiosidad y otras que parecen surgir de manera natural. Poco a poco aparece una frase sencilla, pero decisiva: "Cuando sea grande, me gustaría dedicarme a esto".
En ese momento puede encontrarse con dos respuestas muy distintas. La primera es una familia que escucha, acompaña y procura que ese interés pueda desarrollarse. La segunda aparece como un mandato: "Tienes que ser como tu padre". "Con eso te morirás de hambre". "Busca algo seguro".
Sin darse cuenta, el niño empieza a desconfiar de su propio deseo. Descubre que ser querido y aceptado depende, muchas veces, de responder a las expectativas de quienes ama. Poco a poco deja de preguntarse qué desea y empieza a preguntarse qué esperan los demás de él.
Con el tiempo, esa forma de vivir se vuelve tan habitual que aprendemos a identificar el deseo ajeno antes que el propio. Elegimos aquello que produce aprobación, reconocimiento o seguridad. Incluso la manipulación nace muchas veces de ahí: descubrir qué desea el otro para prometérselo y obtener cariño, aceptación o poder. El precio es muy alto: mientras más atentos estamos al deseo de los demás, menos escuchamos el nuestro.
Por eso el mandato no se limita a la elección de una profesión. También influye en las decisiones más importantes de la vida. Hay quienes estudian una carrera por tradición familiar; quienes se casan por seguridad económica, por miedo a la soledad o por cumplir expectativas; quienes permanecen durante años en un trabajo que nunca los ha hecho sentirse vivos porque abandonarlo parece una irresponsabilidad. Poco a poco terminamos construyendo una existencia que responde más al deseo de otros que al propio.
La realidad, por supuesto, impone límites. Todos necesitamos dinero, asumimos responsabilidades y hacemos renuncias. Sería ingenuo pensar que basta seguir el deseo para que todo salga bien. Sin embargo, cuando una decisión nace únicamente del mandato y nunca del deseo, la vida suele presentar la cuenta. Algunas personas terminan divorciándose; otras permanecen en matrimonios donde ya no hay amor; algunas cambian constantemente de trabajo y otras alcanzan el éxito sin experimentar una verdadera satisfacción. La vida termina recordándonos aquello que dejamos de escuchar.
La vocación nace en otro lugar. No es un capricho ni una ilusión pasajera. Es el descubrimiento de aquello que despierta nuestra inteligencia, nuestra creatividad y nuestras ganas de vivir. No promete éxito ni reconocimiento. Promete algo mucho más difícil: sentir que la vida que vivimos nos pertenece.
Toda vocación tiene un precio. También lo tiene todo mandato. La diferencia es que el precio de la vocación lo elegimos porque forma parte de aquello que amamos. El del mandato suele aparecer muchos años después, cuando descubrimos que hemos vivido una vida correcta, quizá exitosa, pero extrañamente ajena.
Lo más difícil es que, con el paso del tiempo, el mandato deja de necesitar la voz de los padres, de la familia o de la sociedad. Se instala dentro de nosotros. Se convierte en una voz interior que sigue diciendo qué deberíamos hacer, qué deberíamos desear y cómo deberíamos vivir. Ya nadie nos obliga; somos nosotros quienes repetimos ese mandato sin darnos cuenta.
Madurar no consiste únicamente en independizarnos de quienes nos educaron. Consiste en reconocer esa voz interior, detenernos y preguntarnos con honestidad: ¿esto que deseo es verdaderamente mío o sigo intentando cumplir el deseo de otro?
A veces pasamos la vida buscando el reconocimiento de quienes amamos sin advertir que, mientras esperamos su aprobación, dejamos en suspenso la posibilidad de aprobar nuestra propia vida. Vivimos como si el permiso para ser quienes somos tuviera que venir de alguien más, cuando la tarea más difícil consiste precisamente en reconocernos nosotros mismos.
Esa pregunta nunca queda respondida para siempre. Exige reflexión, silencio, humildad y el valor de cambiar cuando descubrimos que hemos vivido demasiado tiempo obedeciendo una voz que no era la nuestra.
Quizá la vocación sea, en el fondo, el lento aprendizaje de distinguir, entre todas las voces que nos habitan, aquella que expresa verdaderamente nuestro propio deseo.
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Edición: Estefanía Cardeña