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La diferencia entre la pasión y el entusiasmo

La intensidad de una emoción no siempre es una garantía de verdad
Foto: Juan Manuel Valdivia

Muchos de nuestros errores al actuar se deben a que no nos detenemos a preguntarnos, cuando estamos entusiasmados por un proyecto o una decisión, si aquello que sentimos podrá sostenerse frente a las dificultades reales del camino o si, por el contrario, se trata solamente de un entusiasmo pasajero, basado en un deseo intenso o en un sueño poco realista.

La diferencia entre ambos estados radica en reconocer si lo que impulsa nuestra decisión es una verdadera pasión o únicamente un entusiasmo momentáneo.

El entusiasmo llega acompañado de una ola de energía que nos hace sentir que todo es posible. Nos llena de optimismo, de expectativas y de la ilusión de que hemos encontrado aquello que dará sentido a nuestra vida o resolverá nuestras insatisfacciones. Sin embargo, el entusiasmo depende en gran medida de la novedad, de la imaginación y, muchas veces, del deseo de alcanzar un éxito o una satisfacción que anhelamos intensamente.

Cuando el proyecto deja de ser nuevo, aparecen las dificultades, la rutina o la incertidumbre, ese entusiasmo suele debilitarse. Entonces abandonamos el proyecto, cambiamos de dirección o comenzamos a buscar un nuevo entusiasmo que sustituya al anterior. Muchas veces terminamos viviendo de entusiasmo en entusiasmo, acumulando proyectos inconclusos y decisiones que nunca logramos sostener en el tiempo.

Quizá la verdadera diferencia entre el entusiasmo y la pasión no aparece al principio, cuando todo parece posible, sino precisamente cuando la realidad comienza a imponer sus límites. Es entonces cuando descubrimos si aquello que deseábamos era solamente una emoción intensa y pasajera o una convicción capaz de sostenerse frente a la frustración, el cansancio y la dificultad.

A esta confusión suele añadirse otro elemento: la prisa. Con frecuencia queremos concluir una decisión o realizar un proyecto lo antes posible porque deseamos alcanzar rápidamente la satisfacción que imaginamos. Esa urgencia nos lleva a confundir el impulso con la convicción y el deseo momentáneo con un compromiso profundo. La prisa no siempre es señal de claridad; muchas veces es la dificultad para tolerar la incertidumbre, la espera y el esfuerzo que toda decisión importante exige.

La pasión, en cambio, no necesita que todo sea perfecto ni novedoso. Puede sostener incluso un trabajo arduo, repetitivo y lleno de obstáculos, siempre que exista un propósito que otorgue sentido a ese esfuerzo. Su motor no es la satisfacción inmediata ni la emoción del momento, sino una convicción más profunda que permanece aun cuando desaparece la euforia inicial.

La pasión no garantiza el éxito ni evita el sufrimiento. Lo que hace es modificar nuestra relación con la dificultad. Nos permite tolerar la frustración, aceptar los límites de la realidad y continuar avanzando incluso cuando ya no sentimos el entusiasmo de los primeros días. A diferencia del entusiasmo pasajero, que suele desvanecerse cuando aparecen los obstáculos, la pasión puede convertir las dificultades en una oportunidad para la creatividad. En lugar de abandonar un proyecto o sentirnos derrotados por la frustración, buscamos nuevos caminos, modificamos nuestras expectativas y encontramos soluciones que no habíamos imaginado al principio.

Quizá por eso la pasión requiere también paciencia y tolerancia. Comprende que la realidad nunca coincide por completo con nuestros deseos y que todo proyecto importante exige adaptaciones, renuncias y creatividad. La pasión no se aferra a una fantasía de perfección; aprende a dialogar con los límites de la realidad sin renunciar por ello a aquello que considera valioso.

Quizá esta sea una de las enseñanzas más valiosas que adquirimos con los años. La experiencia nos permite reconocer que la intensidad de una emoción no siempre es una garantía de verdad y que muchas de nuestras frustraciones provienen de haber confundido el entusiasmo con la pasión. Con el tiempo aprendemos, a veces dolorosamente, que no todo deseo merece ser perseguido y que no todo proyecto debe realizarse exactamente como lo imaginamos.

Esta comprensión exige humildad: la humildad de aceptar que podemos equivocarnos, que la realidad siempre tiene algo que enseñarnos y que modificar nuestros planes o nuestras expectativas no significa fracasar, sino aprender. Quizá la pasión madura no sea aquella que nunca duda ni cambia, sino aquella que sabe adaptarse, crear y perseverar sin perder de vista aquello que considera esencial.

Tal vez, con los años, descubrimos que la pasión no es una fuerza extraordinaria ni una energía ajena a nuestra condición humana. La pasión es una energía que acepta la realidad y el tiempo. No niega nuestra fragilidad, nuestras dudas ni nuestros límites; por el contrario, los reconoce y aprende a convivir con ellos. Pero tampoco renuncia a nuestra capacidad de crear, de transformar y de encontrar sentido.

Quizá por eso la pasión pertenece tanto a nuestra fragilidad como a nuestra maravilla humana. Nos recuerda que somos seres limitados, capaces de equivocarnos, de frustrarnos y de cambiar de rumbo, pero también capaces de perseverar, de imaginar nuevas posibilidades y de seguir construyendo sentido aun cuando la realidad no coincida con nuestros deseos. Tal vez la verdadera pasión no sea la intensidad de un impulso, sino la sabiduría de continuar dialogando con la realidad sin dejar de crear.

*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack

Lea, de la misma autora: La sabiduría de los matices

Edición: Fernando Sierra


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