Opinión
La Jornada Maya
01/07/2026 | Mérida, Yucatán
Después de varios días de pláticas y discusiones, Estados Unidos rechazó renovar automáticamente hasta 2042 el tratado comercial con México y Canadá (T-MEC) en sus términos actuales, como querían estos dos países. En cambio, tomó una alternativa contemplada en el mismo acuerdo: mantener la vigencia hasta 2036, con un esquema de revisiones anuales que cada vez tendrán menor alcance.
El impacto de la determinación en la economía mexicana debe ser mínimo. La alarma la han encendido quienes obtienen ganancias de mantener la incertidumbre, pero por ningún motivo se ha terminado el T-MEC o se ha acortado su vigencia. Lo que ocurrirá es un proceso que rebasará a los gobernantes actuales de los tres países, durante el cual se deben ir afinando varios mecanismos, lo que muy probablemente conducirá a la firma de un nuevo tratado.
El T-MEC ha sido un instrumento de integración comercial de gran calado. Si algo protegió a gran parte de la producción industrial mexicana de los aranceles que a diestra y siniestra impuso Donald Trump al inicio de esta su segunda presidencia, fue precisamente el tratado, a cuyo tenor se han organizado cadenas de suministros y de valor entre los tres países.
Entonces, adelantando que el propio presidente de Estados Unidos ha dicho públicamente que no es partidario de renovar el T-MEC, vale ver primero los motivos para no prolongar su vigencia por 16 años y sí mantenerlo por una década más. El tema es hasta cierto punto simple: por principio, ya son más de 30 años de relación comercial tripartita reglamentada, que permite el tránsito de mercancías sin aranceles entre los tres países. Segundo, el mercado consumidor entre Norteamérica equivale a un muy fuerte porcentaje del Producto Interno Bruto mundial. En tercer lugar, la circulación de productos en el subcontinente ha llegado a un punto en el que las ventajas competitivas se encuentran consolidadas.
Entonces, el impedimento por parte de Estados Unidos para optar por la ampliación automática de la vigencia es de carácter técnico. El interés de Trump tiene antecedentes en los primeros tratados comerciales suscritos por su país en sus primeros años de independencia: lograr ser la nación favorecida. Aquí, el inconveniente está en que en que es el territorio con mayor cantidad de pobladores.
Lo que el representante de Estados Unidos, Jamieson Greer, ha puesto a discusión es que Washington ha identificado varias deficiencias en el T-MEC y pretende que se resuelvan en los próximos 10 años. Los “problemas sustanciales” identificados por la administración Trump son precisamente los déficits comerciales de Estados Unidos, pero también está la calificación del origen de los productos finales, especialmente automóviles, y por último, pero no menos importante en su agenda geopolítica, frenar la expansión comercial de China.
Es precisamente el crecimiento de China y su disposición a suscribir acuerdos comerciales con quien se pueda lo que inquieta a Estados Unidos, y por eso tampoco le resulta viable dejar insubsistente el T-MEC: equivale a arrojar a sus principales socios comerciales a los brazos asiáticos. El tratado, además, ha permitido crear y mantener millones de empleos en los tres países, y a ninguno le resultaría cerrar empresas porque existe un déficit en un ramo de la industria nacional.
Por lo pronto, el 20 de julio inicia una nueva etapa de conversaciones y revisiones, y en cuanto al T-MEC, hay 10 años para prepararse ante cualquier eventualidad, sin dejar de insistir en que en sus ya 32 años ha sido sumamente benéfico para los tres países, a pesar de lo que digan en la Casa Blanca.
Edición: Fernando Sierra