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La Presidenta ¿científica o política?

Curiosidades filosóficas
Foto: Facebook Claudia Sheinbaum

En una columna reciente, Jesús Silva Herzog Márquez, miembro del Colegio Nacional, critica el desempeño de la presidenta Claudia Sheinbaum usando una estrategia tramposa. La columna se titula La científica con un claro tono sarcástico. Su objetivo es descalificar su gestión al sostener que sus decisiones se apartan por completo de la actitud científica en la que se formó. No obstante, el destacado abogado y ensayista se vale de un conjunto de caracterizaciones de la ciencia que han sido puestas en duda por la filosofía y los estudios sociales de la ciencia durante, por lo menos, las últimas cinco décadas. 

Silva Herzog afirma que Sheinbaum ha traicionado su formación científica como presidenta porque: “En su sentido más elemental, la ciencia exige desconfianza: desconfianza del conocimiento heredado, desconfianza del prejuicio propio, desconfianza en la intuición, desconfianza de todo lo que no descansa en la demostración”. Nada más alejado de la realidad. La ciencia, como bien afirmaba Thomas Kuhn —y puede constatar cualquiera estudiante—, exige formarse en una tradición (la newtoniana, la einsteniana, etc.), y que confiemos en el conocimiento heredado. Lo que aprende cualquier estudiante de ciencia es un conjunto de herramientas establecidas para resolver problemas futuros, porque otros ya lo han hecho con éxito en el pasado. Además, los científicos suelen confiar en sus intuiciones y en sus prejuicios; porque estos nos guían en las investigaciones, según dicen filósofos como Gerald Holton o Imre Lakatos, y porque sin ellos no se puede construir la evidencia, explica Helen Longino. El mismo Einstein siguió su intuición para resolver el asunto del espacio y el tiempo absolutos. Si bien es cierto que el científico requiere un ojo crítico, esto ocurre mayormente cuando surge un problema que no se puede resolver con las teorías disponibles. 

Pero el abogado se muestra más ingenuo acerca de la práctica científica cuando acusa a Sheinbaum de ignorar la evidencia que se le presenta y de despreciar el “método de verificación”. Además, afirma, la Presidenta obedece a lealtades y dogmas. No se ha enterado aún que la evidencia no es algo neutral que se presenta en sí misma, sino que se construye socialmente a partir de premisas que pueden ser discutibles; que los mismos hechos pueden ser evidencia de diferentes hipótesis en función de las premisas que defendemos y los fines que perseguimos. La evidencia a menudo es discutible. De hecho, muchísimos científicos se han negado a aceptar cambios científicos debido a evidencia novedosa que les parecía inaceptable. Como ejemplos, baste decir que Henri Poincaré nunca aceptó la teoría de la relatividad, Ernst Mach nunca creyó en los átomos y que Albert Einstein nunca estuvo convencido de la teoría cuántica. 

Tampoco se ha puesto al día en los debates sobre la existencia del “método”. En la ciencia, sólo disponemos de procesos generales de inferencia que podemos hacer también en la vida cotidiana o prácticas muy especializadas que no vendrían al caso en la política. Además, la historia de la ciencia nos ha mostrado que los científicos tienen tantas lealtades y dogmas como cualquier otro gremio. A los franceses no les gustaba la relatividad por alemana; los soviéticos repudiaban la interpretación ortodoxa de la mecánica cuántica por ser idealismo burgués; Einstein se aferró durante toda su vida a que el electrón debía tener una trayectoria a pesar de los resultados de la teoría cuántica. Muchos de ellos se ayudaron para conseguir plazas y puestos durante sus carreras. En el gremio científico y académico hay tantas mafias, apegos y compadrazgos, como en el de los carpinteros. 

Además y curiosamente, elige la figura de Angela Merkel como ejemplo de gobierno científico y técnico. Sin embargo, esa imagen es por lo menos discutible. Durante la crisis de la eurozona, el gobierno griego denunció que la canciller alemana impulsó políticas de austeridad consideradas profundamente injustas, priorizó el rescate de bancos franceses y alemanes a costa de los contribuyentes europeos y subordinó el bienestar del conjunto de Europa a los intereses de la política alemana. Si ese es el paradigma de un gobierno "científico", resulta legítimo preguntarse en qué sentido dicha caracterización constituye un elogio.

No obstante, la crítica más llamativa aparece cuando Silva Herzog opone la ciencia y la política para cerrar diciendo que la Presidenta no gobierna como una científica, sino como una política. Esta afirmación resulta problemática y muy llamativa por varias razones. En primer lugar, porque ciencia y política no constituyen esferas claramente diferenciadas: la ciencia tiene una dimensión política y la política exige conocimiento científico. Tampoco queda claro por qué sería más virtuoso gobernar como científica que como política, cuando la presidencia es, por definición, un cargo político que persigue fines diferentes a los de la ciencia. ¿Qué virtudes morales tendrían los científicos de las que carecerían los políticos o los literatos o los ingenieros?

En suma, su crítica resulta una caricatura que nada nos dice sobre la gestión de la Presidenta. Y es que más allá de los aciertos y fallas que podemos encontrar en su desempeño, su formación científica le otorga habilidades, claro, conocimiento, orden y sistematización, como otras formaciones nos dan otras. Creo que lo que esperamos de una presidenta de izquierda es que responda a la sensibilidad, a la justicia social y a la necesidad de democratización de la vida pública; no a que se conduzca como un cliché de una técnica experta que simula neutralidad. 

*Profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara



Edición: Fernando Sierra


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