Opinión
José Juan Cervera
22/07/2026 | Mérida, Yucatán
La fundación de una revista literaria desata impulsos compartidos que logran perdurar en tanto una suma de factores diversos aliente su desarrollo. Más que un simple encuentro de personalidades, los impresos de esta clase representan formas expresivas con poder suficiente para satisfacer a un público que, aun estando constituido por minorías, reconoce los valores que cobran significado en los textos compuestos para su deleite.
En el siglo XIX mexicano, tras las guerras civiles y la lucha contra la intervención extranjera, a lo largo del territorio nacional florecieron publicaciones periódicas regidas por la idea de sustentar una cultura propia, un germen de identidad colectiva que cohesionara a la ciudadanía a partir de un conjunto de rasgos que las letras contribuirían a definir en sus campos de influencia. El Renacimiento (enero a diciembre de 1869), semanario dirigido por Ignacio Manuel Altamirano aspiró a esos propósitos. En otras partes de la república surgieron órganos de características similares. Uno de ellos fue Violetas. Periódico Literario, que salió a la luz los domingos a partir de abril de ese año; de él existe una edición facsimilar que auspició el Instituto Veracruzano de la Cultura en 2008, la cual estuvo a cargo de Ángel José Fernández, autor de un estudio introductorio y de los índices que lo complementan.
El estudio que Fernández preparó a manera de introducción del volumen expone con rigor lo que podría considerarse la generalogía de Violetas, es decir, una secuencia de periódicos que lo antecedieron y que en cierto modo ejercieron influencia sobre sus trabajos, pero también describe el contexto social que lo gestó y sus vínculos con autores que desde otros estados enriquecieron sus ediciones. Así, las redes políticas e intelectuales que se consolidaron en esta atmósfera adquieren la importancia de unificar esfuerzos en torno a la literatura nacional en su proceso formativo. La amistad y otras afinidades permitieron que plumas con residencia en lugares distantes entre sí dirigieran sus escritos a lectores de otras regiones. Esto puede observarse con sólo revisar la lista de nombres de las personas que colaboraron en dichos medios de prensa. Así, las yucatecas Rita Cetina Gutiérrez y Gertrudis Tenorio Zavala publicaron tanto en El Renacimiento como en Violetas, del mismo modo que lo hicieron en La Revista de Mérida, que apareció también en 1869, tal como habían hecho desde el año anterior en Bibliotecas de Señoritas, estas dos últimas editadas en su suelo natal.
Para entender mejor la calidad de esos nexos basta recordar que Violetas tuvo como redactores al poeta Manuel Díaz Mirón (padre de Salvador, del mismo apellido, autor de Lascas, quien aludió a su progenitor en uno de sus poemas llamándolo “Laúd solemne, sensitivo y pulcro”), Santiago Sierra, Antonio F. Portilla y Rafael de Zayas Enríquez. Los tres últimos, jóvenes de alrededor de veinte años, hallaron en Díaz Mirón un guía singular en las lides periodísticas, independientemente de las cualidades que cada uno de ellos exhibía por su cuenta. Sierra, avecindado desde temprana edad en el puerto veracruzano, fue el hijo menor de Justo Sierra O’Reilly y, por tanto, hermano de Justo Sierra Méndez, quien entregó varios cuentos para incluirlos en esa revista, la mayoría con algún tema de ambiente marino, sin duda evocaciones entrañables de su natal Campeche.
Si se revisa con detenimiento la nómina de colaboradores de Violetas podrán hallarse escritos de José Peón y Contreras, Francisco Sosa y Manuel Aldana, todos oriundos de Yucatán, mientras en La Guirnalda, que en Veracruz antecedió en un año a la revista ya mencionada, figuran escritos de Pedro Ildefonso Pérez Ferrer, del mismo origen y cuyo deceso ocurrió en febrero de 1869, a quien Fabián Carrillo Suaste dedica un elogio fúnebre en La Revista de Mérida. En la misma línea de confluencia, figuras notables de El Renacimiento, como el maestro Altamirano, Guillermo Prieto y Justo Sierra tuvieron presencia en La Ilustración Potosina que José Tomás de Cuéllar editara en San Luis Potosí entre octubre de 1869 y julio de 1870. Queda claro que fueron años de auge para el periodismo literario.
Tanto Rafael de Zayas Enríquez como Santiago Sierra publicaron numerosos materiales suyos en Violetas: poemas, crónicas, epístolas, traducciones y novelas por entregas, incluso con dedicatorias mutuas y con atenciones especiales para otros escritores. Además, en el semanario figura un cuento fantástico para niños, por episodios, firmado por Regino Aguirre, al igual que una serie de recuerdos novelados de la guerra de Intervención, de la autoría de Rafael Estrada. Hay también algunos poemas del intelectual cubano Alfredo Torroella, quien protagonizó un fecundo exilio en México.
Violetas desapareció como consecuencia de presiones políticas, a las que prefirieron no hacer referencia sus redactores, los que se dispersaron para asumir otras responsabilidades y nuevos retos en su trayectoria, pese a todo bien encaminada en la vida pública.
Edición: Fernando Sierra