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Efemérides olvidadas

Noticias de otros tiempos
Foto: El Eco del Comercio 31 de julio de 1902

De que la historia se utiliza para dar una identidad propia a un grupo humano, de eso no hay duda actualmente. Una de las exigencias para que una sociedad fuese reconocida como nación ha sido, precisamente, el haber compartido varios episodios que se remontan en el tiempo. Esto ha dado lugar a que desde el poder se armen rituales para recordar alguno de estos momentos. Así tenemos la pascua judía, como uno de los ejemplos más antiguos de estas ceremonias.

En México, las celebraciones han ido y venido. Algunas se han quedado, como las fiestas patrias, pero otras se encuentran en decadencia o simplemente dejaron de organizarse porque estaban asociadas a personas específicas, como fue el 2 de abril, que recordaba la toma de Puebla en 1867, por las tropas liberales al mando de Porfirio Díaz.

Pero en El Eco del Comercio, en su edición del 31 de julio de 1902, se encuentra un texto con intención de editorial, relativo al día anterior. De hecho, se titula “Las celebraciones del 30 de julio”, y llama la atención porque se encuentra acompañado de tres imágenes, algo que hoy pudiera parecer común, pero para la época era sumamente costoso. Además, El Eco apenas tenía un año de publicarse como diario, en lo que fue el paso de la prensa yucateca a la modernización. Sin embargo, lo principal en ese momento era poder aparecer todos los días y el uso de dibujos y fotografías era secundario, aunque también era uno de los grandes atractivos de los periódicos pensados para grandes tirajes.

Pero volviendo a la nota, la doble efeméride resultaba luctuosa. En la esfera nacional, es aniversario del fusilamiento del cura Miguel Hidalgo y Costilla; en el plano local, era el inicio de la Guerra de Castas.

Lo llamativo en cuanto a “Padre de la independencia nacional” es la construcción de su imagen como héroe patrio: valeroso a pesar del riesgo, que “sin dejar los arreos eclesiásticos, ciñó la espada y dio a la historia páginas verdaderamente épocas con su noble figura de sacerdote y caudillo”; o descrito como “el patriota modelo, sacerdote abnegado, caudillo esforzado y apóstol ferviente de la libertad” que “pagó con su vida el amor a sus coterráneos, a la tierra en que naciera, para la que deseaba consagrar un nombre propio, una posición social en el concierto de las naciones”.

Puesto así, Hidalgo resultaba consciente de lo que sería la Nueva España independiente. Muy lejos estaba el editorialista de El Eco de pretender elaborar un análisis acerca de la guerra de independencia y mucho menos el de su principal líder como estratega militar. Ya no digamos recuperar cómo fue su gobierno en Guadalajara. El bronce fue precisamente para eso: para cubrir cualquier defecto en los héroes.

Pero el otro aniversario le resultaba más cercano al redactor, y aquí sí se esforzó en buscar una causa. De inicio, las líneas dedicadas al estallido de la Guerra de Castas marcan un origen: “Yucatán fue envuelto en desastrosa guerra social por la anarquía política que se alimentaba a consecuencia de contrarias tendencias en los hombres que podían dominar en las masas.” 

El texto indica también el efecto del conflicto en tres puntos del estado: “En Valladolid, ciudad oriental de importancia, la raza indígena abordó con sanguinaria manifestación de odio, las represalias de un rencor contenido por tres centurias”. Más adelante, menciona que “Sotuta recuerda a los pueblos y a sus hijos que pulverizaron el machete indígena”, y en seguida refiere: “Peto, que fue baluarte de la raza blanca, vio disminuir su vecindario y caer sus casas, apenas se salvó de ser arrasado por el salvaje vencedor”.

El discurso es característico de las élites del siglo XIX: la civilización contra la barbarie, y por supuesto, el comportamiento heróico sólo se le podía adjudicar a los blancos. Esto se comprueba en otro párrafo, que implica la transmisión de experiencias, pero sólo a unas cuantas se les concede veracidad: “En todo el estado las gentes de edad que recuerdan lo aciago de aquellos acontecimientos, refieren a sus descendientes sus impresiones propias corroboradas por la historia imparcial, y la juventud se forma completo juicio de lo que debe a los veteranos de la guerra social”.

El periódico, como su nombre indicaba, hizo eco del poder político y añadía otro párrafo: “Recordar a los héroes que se propusieron contener aquellas hordas, era de justicia, y ese deber lo recogió el Gobierno del Estado decretando cada 30 Julio una conmemoración oficial de aquellos campeones de la civilización y de la existencia de Yucatán”.

Hoy, difícilmente un gobierno quisiera conmemorar el inicio de la Guerra de Castas de Yucatán, y mucho menos en ese tono. Sin embargo, debe reconocerse que como sociedad todavía falta mucho para llegar a un gran acuerdo de inclusión, reconocimiento e igualdad de oportunidades, y que discursos clasistas y racistas siguen presentes, como la guardia de veteranos (blancos) de la guerra durante la ceremonia. Pero eso es tema de otras notas y otros tiempos.


Edición: Estefanía Cardeña


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