Opinión
Cristina Rivera Garza
28/07/2026 | Ciudad de México
La fotografía no existe. Pero en los recuerdos que el sacerdote católico Joaquín Antonio Peñalosa compartió con José Vicente Anaya sobre la vida y obra de la poeta Concha Urquiza (1910-1945) mientras ésta vivió en San Luis Potosí, ella sigue brillando así: “En las mañanas salía a caminar un poco, a veces andaba en bicicleta. En una ocasión, como a las siete de la mañana, encontré a Concha y a Chayo en bicicleta, haciendo ejercicio por el Jardín de San Miguelito. Causaba admiración ver a dos mujeres en bicicleta por las calles de esta levítica y conservadora ciudad de aquel entonces; se consideraba que la bicicleta era un artefacto masculino, y esta crítica se extendió a ciertas clases altas y burguesas. A Chayo siempre la criticaron por eso, y después a Concha”.
Rosario (Chayo) Oyarzún, quien fue una de las primeras licenciadas en derecho del estado, compartió su casa con Concha Urquiza entre 1938-1944, los años más productivos de la poeta michoacana. Cuando aseguran que esos también fueron sus años más felices, imagino a esas dos mujeres en bicicleta, sonriendo en la mañana. Libres. Ya son varios los estudios que se han encargado de volver compleja a una poeta a la que por muchos años se le conoció únicamente como religiosa, y a veces mística.
Tanto los ensayos reunidos en Concha Urquiza. Entre lo místico y lo mítico, editado por Margarita Tapia Arizmendi y Luz Elena Zamudio, como los trabajos de María Teresa Perdomo y Margarita León Vega han abierto el camino, aunque todavía hay mucho por hacer. En el estudio introductorio de la edición crítica de la poesía de Nancy Cárdenas, Antiguas lesbianas de este valle. Poesía reunida, Elena Madrigalla cita completo el poema que Urquiza escribió el 2 de mayo de 1936: “A una mujer aureolada por sus cabellos: Tu rostro en tu cabellera / es el faisán en el nido; / Eros en la red ligera / de la sonrisa primera / detenido. // Es de Astartea el rostro aciago / sobre sus muslos de oro / espantable fruto ¡y mago! / entre las ramas de un vago / sicomoro. // Es luna en las arboledas / y chispa sobre la fragua / y es, con su temblor de sedas / un puñado de monedas / en el agua”.
El mismo sacerdote potosino se refirió a Urquiza en esa entrevista como “una mujer muy encarnada en su momento, con interés en escritores de la época y en las ideas que se ventilaban”. Y así lo demostró a lo largo de su vida: su interés en las vanguardias artísticas y su participación, aunque tangencial, en el estridentismo mexicano de inicios de siglo XX, su militancia en el Partido Comunista Mexicano, su paso por Nueva York y el cine, y su continuo rondar de cafés (en San Luis Potosí era el Tupinamba) y reuniones literarias (como las que organizaba en la casa de Rosario Oyarzún), donde fumaba mucho y tomaba algo.
De entre todos los enigmas que la rodean, que todavía son muchos, hoy quiero referirme a su muerte. Fue cosa de llegar a Tijuana y volver a pensar en Concha Urquiza, especialmente en el hecho de que murió ahogada, tratando de cruzar un estero en Ensenada, el 20 de junio de 1945, y que fue enterrada en el panteón municipal número dos –también llamado el panteón de la colina o Tepeyac– de Tijuana. Como La Sumergida y La Emergida o La Exmuerta, Urquiza apareció en algunos poemas de ¿Había estado usted alguna vez en el mar del norte?, una de las tres secciones que componen Los textos del yo, el libro que publiqué con el Fondo de Cultura Económica en 2005. Anduve un tiempo buscando su tumba y, aunque recorrí con ahínco el panteón #2, nunca encontré nada. Una conversación con el historiador Andrés Espinoza, fundador y ahora jefe del archivo municipal de Tijuana-IMAC, me hizo volver a albergar ilusiones. ¿Tendría suerte esta vez? No fue suerte, sino trabajo de archivo. Mi agradecimiento aquí para Andrés.
Aunque Urquiza se ahogó el 20 de junio, el océano tardó un día en devolver su cuerpo. Y no fue sino hasta el 22 que las autoridades la entregaron a las Hijas del Espíritu Santo, el instituto tijuanense que la había contratado para dar clases de filosofía y literatura ese año. Ese mismo día la enterraron, aparentemente sin la presencia de su familia, porque en los registros del panteón #2 aparece con un segundo apellido equivocado: Concha Urquiza fue exhumada en 1971, pero no hemos encontrado hasta ahora los documentos que confirmen quién lo hizo y por qué. Su lugar en el panteón #2 lo ocupa, desde 1981, una tumba de mármol, con cuatro floreros y un ángel sosteniendo una cruz. Es posible que sus restos yazgan en una iglesia de la colonia Roma, pero estos datos precisan de pruebas.
Me gustaría llevarle unas flores de cuando en cuando donde se encuentre.
Edición: Fernando Sierra