Opinión
José Díaz Cervera
30/07/2026 | Mérida, Yucatán
Llegamos en el tiempo estimado.
Al cruzar la barrera nubosa apareció la ciudad llena de edificios color terracota, asentados sobre un “vaso” hecho de montañas boscosas y húmedas, ubicado a 2650 metros sobre el nivel del mar.
Después de un ágil trámite migratorio, al salir, en el área de espera estaba “S” con un letrero en el que se leía mi nombre: la logística fue perfecta.
"S" resultó ser un hombre muy platicador, abierto y hasta ingenioso; su distintivo era la cordialidad. Cuando le dije que me sorprendía el copioso tráfico en las avenidas, él sonrió y me dijo: “…aquí decimos que Bogotá está a dos horas de Bogotá…”
El hielo se rompió con facilidad (como suele suceder con todos los colombianos) y el trayecto de poco más de una hora desde el aeropuerto al hospedaje en el enclave de Chapinero fue muy ilustrativo.
Yo fui precavido. Faltaban pocos días para el cambio de régimen en Colombia y era preferible la cautela: hablé poco y traté de escuchar mucho. Pero “S” no tiene nudos en la lengua y así comenzó a hablar de la calamidad que está por llegar al país hermano, con un nuevo gobernante que fue, según nuestro amigo, abogado de los narcotraficantes y conocido lavador de dinero.
Mi pregunta fue obvia: ¿qué pasó?, ¿por qué la gente eligió como presidente del país a alguien ligado a sus tiempos más sombríos?
La respuesta tuvo sus complejidades: falta de consciencia del electorado, compra masiva de votos, una campaña desde las élites encaminada a construir la imagen de un gobierno desorganizado y corrupto, pésimas estrategias de comunicación por parte de Petro (quien acostumbra dar discursos larguísimos en un tiempo que nos exige ser claros y directos), malversación de fondos públicos de algunos funcionarios y errores en la construcción del aparato gubernamental, así como conflictos internos en el movimiento: digamos, entonces, que no ganó la derecha, sino que perdió la izquierda.
"S" es contundente: “… nos hicieron creer que estábamos peor que cuando “los patos” asesinaban a las personas desde una motocicleta o cuando estallaban coches-bomba en lugares públicos…” (los “patos” eran sicarios que viajaban en la parte trasera de una motocicleta, con algún revólver de alto poder con el que mataban a alguna persona que se desplazaba en su automóvil; el uso de la motocicleta hacía el procedimiento eficaz, pues los disparos se hacían “a quemarropa” y la huida se hacía ágilmente).
Para “S”, el futuro es sombrío, pues no sólo regresarán el esquilmo del pueblo y la corrupción galopante, sino también la violencia y la entrega del país a los extranjeros y a los grandes capitales, que se despacharán con la cuchara grande mientras el pueblo solamente verá crecer su miseria y las desventajas que había logrado medianamente reducir Gustavo Petro.
—Tendremos que comer carne de burro, como los argentinos… —dijo “S”.
Salgo de bañarme. Es mi segunda noche en Colombia. Me recuesto y enciendo la televisión: curioseo por la oferta hasta que llego a un canal en donde Petro habla de los avances de su gestión en materia educativa: poco más de un millón de estudiantes con matrícula gratuita en las universidades públicas colombianas; infraestructura escolar en municipios excluidos, programas de etnodesarrollo educativo, construcción de más de cinco mil escuelas (sólo había 600 en todo el país) que imparten educación previa al programa oficial (preprimaria o kínder, como le llamamos en México).
¿Qué pasó?
Al día siguiente, mientras camino por Monserrate, escucho el sermón del cura durante la misa (hay altavoces en todo el sitio, pues la iglesia es pequeña y suele llenarse). El discurso se centra en la parábola de la cizaña: el buen trigo es patrimonio del Hijo del Hombre; la mala semilla, la borrachuela, es un regalo envenenado del diablo; como quiera, la buena semilla se impondrá sobre la espuria porque así lo dispone Dios…
Desde el mirador observo la Plaza Bolívar: allí están la Catedral, el Palacio del Gobierno y la sede del Poder Judicial. El trigo noble y la yerba malsana: ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿según quién?
No creo en las casualidades.
Edición: Estefanía Cardeña