Opinión
Felipe Escalante Tió
30/07/2026 | Mérida, Yucatán
En cada conflicto, cuando se trata de delimitar responsabilidades, se exige evidencia para dar la razón a alguna de las partes. Para la historia ocurre algo semejante: se requiere de pruebas para confirmar que un hecho ocurrió de determinada manera, y esto se le demanda también al periodismo, especialmente cuando se ha realizado una investigación.
Lo curioso es que los pioneros en el género del reportaje le concedieron a la fotografía el valor de elemento de prueba mucho antes de que lo hicieran los profesionales de la historia, e incluso en el ámbito jurídico. Para los periodistas, la fotografía constituyó, prácticamente desde que se pudo reproducir e imprimir en las páginas de un diario, en sustento de lo que ahí se decía, y esto resultaba sumamente valioso cuando se levantaba una acusación, como hallamos en El Correo, en su edición del 30 de noviembre de 1918, en la que una imagen antecede al texto.
Un diario con aparentemente pocos recursos, como fue El Correo, difícilmente podía incluir imágenes en cada entrega. Por esto mismo, su cajista o formador de planas podía incurrir en un error de presentación, como es colocar la fotografía de manera que luzca como una nota aparte -incluso con una cabeza o título propio-, pero en este caso la falla es aparente: Quien observa la primera página de ese día pudo leer, en letras grandes y negras, “Una demostración gráfica de nuestras aseveraciones”, lo que invita a continuar para averiguar de qué se trata.
Inmediatamente venía la noticia, que por presentación tiende a verse de menor importancia ante la fotografía, pues aunque hay un título en negras, el tamaño de la fuente es menor y únicamente menciona “En Tekantó se vulneran las leyes”.
Desde el inicio de la nota se percibe que el corresponsal que la firma, efectivamente, le concedió mucha más importancia a la imagen que a sus propias palabras. De hecho, inicia diciendo: “La fotografía anterior demuestra de una manera plena que se ha infringido la ley en el vecino pueblo de Tekantó de este partido, la ley que prohíbe terminantemente las corridas de toros a vista y paciencia de todas las autoridades del Estado, quienes en su mayor parte favorecen la dicha infracción, pues como se verá en dicha fotografía, se ha formado el circo de toros igual que en años anteriores, y la obra no es de las que puede quedar desapercibida a vista de las autoridades de Tekantó, puesto que para llevarla a cabo, necesitaron, según se cuenta, la previa autorización del Superior Gobierno”.
En realidad, la noticia da testimonio de cómo varias políticas implantadas en Yucatán por la Revolución fueron desmontadas rápidamente, como la prohibición de las corridas de toros y el Estado seco, que promovió el sinaloense Salvador Alvarado entre 1915 y 1917. En la nota, el corresponsal dio cuenta de que el presidente municipal de Izamal, partido al que pertenecía Tekantó, contaba con su propio palco en el tablado. Además, el tono del texto da a entender que se trataba de un defensor a ultranza del espectáculo, oponiéndose incluso al gobernador, pues este último “ordenó saliera para dicho pueblo de Tekantó, cuatro agentes de la policía reserva y que al llegar los mencionados agentes al referido pueblo, el señor Alcalde de esta ciudad, señor Felipe A. López, que estaba en Tekantó entregado a las delicias del Toreo, los mandó detener en unos calabozos, comunicando inmediatamente el hecho, según nos dicen, al Gobernador del Estado, quien contestó diciendo fueran puestos inmediatamente en libertad dichos agentes, continuando en todo su apogeo la fiesta, en donde hubo derroche del famoso Pixoy, juegos de azar y espléndidas corridas de toros que hicieron el encanto del público”.
El texto continúa con llamados al gobernador, que entonces era Carlos Castro Morales, al procurador general de Justicia y al Tribunal Superior de Justicia, indicando que en Izamal y todo el partido se habían puesto “todos los medios para violar la ley que prohíbe los juegos de azar y la del Estado seco”, y en seguida invitaban a las autoridades “para que se sirvan hacernos una visita y se puedan dar perfectamente cuenta de lo hermoso que está el circo de toros que ya toca a su fin y se convenzan una vez más de que en esta población de nada sirven las leyes pues las que están estrechamente obligadas a cumplirlas procuran su violación incondicional”.
En cuanto a la descripción de la fotografía, lo que sí se observa es un típico tablado de dos pisos, incluida la peculiar baranda, desde donde resalta la vestimenta blanca de los asistentes a la corrida. Vale mencionar también la techumbre que aparenta ser tela y bien pudo ser una urdimbre de costales, aprovechando la fibra de henequén.
Pero en este tiempo, lo que llama la atención es que el periódico no haya intentado escandalizar a la sociedad por la presencia de una torera; una mujer enfrentando a un toro, y además la cámara captó el momento en el que le pone un par de banderillas al bicho de Sinkeuel. Tiempo después vendrían Conchita Cintrón e Hilda Tenorio, pero eso es materia para otras notas, otros tiempos, y otros aficionados a la tauromaquia.
Edición: Estefanía Cardeña