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Foto: Lourdes Couoh Hernández

La osteología antropológica estudia diferentes aspectos de las poblaciones pretéritas y se centra en los restos humanos. Cuando estos se encuentran en una excavación, es común que se les considere como “materiales” arqueológicos, pero de una manera justa y ética, deben ser concebidos como lo que fueron: personas. Quienes formaron las sociedades del pasado tenían lazos familiares, costumbres, movilidad geográfica, una alimentación particular y no todos morían por causas naturales derivadas del envejecimiento. Todo ello dejó registros permanentes, que sólo pueden ser revelados con el análisis interno de huesos y dientes.

Esto es posible gracias a que los huesos no son estructuras pasivas, sino que conforman un órgano vivo y dinámico, integrado a funciones metabólicas, endócrinas e inmunológicas que cambian conforme crecemos. Nuestro esqueleto es el resultado de una trayectoria evolutiva de más de 500 millones de años en la que los vertebrados desarrollaron la facultad de biomineralizar sus tejidos. El organismo generó una red de cristales de bioapatita (fosfato de calcio) que, al integrarse a una base blanda de colágeno, combinó lo rígido y lo flexible para sostenernos y resguardar nuestra historia biológica.

A través de laboratorios especializados, se pueden separar estos componentes. De la parte orgánica —el colágeno— se extrae el carbono para obtener fechas por radiocarbono y saber cuándo vivió esa persona; información genética (ADN antiguo) para conocer su sexo, origen poblacional, parentesco o enfermedades; huellas isotópicas que funcionan como marcadores químicos de la dieta; y la racemización de aminoácidos, un proceso que mide el envejecimiento de las proteínas para estimar la edad al morir. De la parte mineral —los cristales de bioapatita— se obtienen datos químicos sobre las fuentes de agua que consumió, su movilidad territorial e indicadores isotópicos de la dieta total.

Los dientes —además de aportar información similar a la de los huesos— resguardan un registro imborrable de nuestra infancia y vida adulta gracias al análisis de la organización microestructural de sus componentes (esmalte, dentina y cemento dental). Esto se debe a que, a diferencia del hueso, los tejidos dentales no se remodelan y su crecimiento está gobernado, en su mayoría, por un estricto reloj biológico. En el caso de la corona dental, su desarrollo diario deja una marca que permite calcular, por análisis microscópico, el periodo que tomó su formación. Debido a que los dientes deciduales o “de leche” se forman dentro del seno materno, es posible calcular tanto el tiempo de gestación como el de vida después del nacimiento. Sin embargo, esta frecuencia diaria del esmalte puede alterarse por episodios de estrés fisiológico (como enfermedades, fiebres o desnutrición), dejando líneas acentuadas en el tejido. 

El cemento —la capa delgada de tejido biomineralizado que cubre la raíz dental y que es fundamental para su anclaje— se deposita de forma continua a lo largo de la vida a partir de la emergencia de los dientes permanentes. Este crecimiento sigue un ritmo biológico circanual, como el tronco de un árbol, y cada año transcurrido deja líneas incrementales en forma de anillos. Al ser estudiadas estas marcas permiten estimar la edad que tenía la persona al morir.  

Aunque en la dentina también se observan patrones de líneas incrementales similares a las del esmalte —pero menos comprendidas—, su microestructura aporta datos relevantes sobre la salud infantil. La dentina se endurece mediante pequeñas esferas minerales: las calcosferitas que deben fusionarse uniformemente. Sin embargo, ante crisis biológicas o probables deficiencias nutricionales —como falta de vitamina D—, este proceso fracasa y deja defectos microscópicos, como huecos sin mineralizar, conocidos como espacios interglobulares. Durante la vida adulta, el diente continúa transformándose internamente de forma paulatina. Con estudios radiográficos, es posible observar cómo se estrecha la cámara pulpar con los años, debido al depósito continuo de dentina secundaria. El análisis de estos cambios internos ofrece una valiosa aproximación para estimar la edad biológica, aunque sea menos precisa que los marcadores microscópicos.

Bajo esta mirada, cada resto humano recuperado deja de ser un objeto estático para convertirse en un testigo dinámico del pasado. Aunque acceder a su interior comprometa una porción de su integridad anatómica, la antropología física mexicana aprovecha el avance científico para recuperar no solo datos técnicos o morfológicos, sino fragmentos de una vida que, de otro modo, habría quedado en el olvido.

Lourdes Rocío Couoh Hernández es investigadora de la Sección de Antropología Física del Centro INAH-Yucatán, [email protected]

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros, antropóloga social del Centro INAH Yucatán.

Lea, de la misma columna: Para leer en voz alta

Edición: Fernando Sierra


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