Opinión
José Díaz Cervera
05/08/2026 | Mérida, Yucatán
Perderse entre las callejuelas de Cartagena de Indias es la manera más hermosa que cualquier ser humano tiene de encontrarse de frente con la sombra de su sombra. En Cartagena las flores murmuran nuestros nombres entre rumores que parecen venir desde las entrañas de la sal o de la primera sonrisa que miramos.
Frente a la casa de Gabriel García Márquez todo huele a vallenato: caminando por la muralla me cruzo con Jaime Molina, ebrio él, y yo borracho de historia, de magia y de aguardiente. Frente a la casa de Gabriel García Márquez camino sobre espejos contagiados de olvido y entonces soy todos los nombres y soy todos los rostros y todos los caminos.
Pero regreso al tiempo, donde la sobriedad es mala consejera, y la sensatez me pellizca la frente: entonces me diluyo en un torbellino de palabras porque no estoy dispuesto a salir de ese embeleso donde las piedras me cuentan su historia, donde los colores se roban mis secretos y donde descubro por qué mi hermano Carlos Illescas decía que el mar es una llaga.
Frente al baluarte de San Javier dejé olvidadas las huellas de mis pies y al llegar a Santo Domingo me sorprendió la lluvia. Entonces regresé a mis ojos.
Al llegar al apartamento, platiqué unos minutos con una vecina que me identificó como mexicano. Ella había estudiado, en el segundo lustro de los años setenta del siglo pasado, Letras Hispánicas en la Universidad Iberoamericana y después había regresado a Cartagena; ahora se ganaba la vida cosiendo vestidos para la gente adinerada del puerto. Yo le comenté que también había estudiado en la Ibero, aunque cinco o seis años después, la carrera de Comunicación.
A partir de esa coincidencia, la mujer entró en confianza y me soltó a quemarropa: “¿…y cómo les va con la apache de Sheinbaum?”, a lo que yo respondí que bien, que el país iba resolviendo poco a poco sus problemas. Sorprendida por mi respuesta, la mujer creyó que yo no quería meterme en problemas y comenzó a decirme que tuviéramos cuidado con esa exguerrillera judía y loca que quería que los españoles pidiesen perdón a los mexicanos por habernos civilizado.
El corolario de la charla fue contundente: “Todo lo que somos se lo debemos a España… ¡qué sería de nosotros si ellos no hubieran venido!”
La mujer se dio la vuelta cuando vio que yo no le respondía. Caminó, acompañada de sus setenta y cinco años de soledad conservadora, hasta el fondo del pasillo donde estaba su departamento.
La lluvia continuó hasta la madrugada…
Edición: Fernando Sierra