Discutir suele parecernos un acto de valentía. Creemos que defender una idea exige convencer al otro, lograr que reconozca su error o, al menos, que admita que tenemos razón. Mientras eso no ocurre, sentimos que la conversación sigue abierta y que retirarnos sería una forma de renunciar a la verdad.
A veces descubrimos que muchas discusiones no se prolongan porque la verdad sea difícil de encontrar, sino porque esperamos algo que no depende de nosotros: el reconocimiento del otro. Queremos que vea lo que nosotros vemos, que acepte el hecho, que reconozca su equivocación. Sin darnos cuenta, dejamos de defender una idea para intentar corregir una conciencia.
Hay personas que responden antes de comprobar los hechos. Otras encuentran siempre una explicación que las protege del error. Algunas interrumpen, cambian de tema o convierten cualquier observación en un pretexto. Nuestra reacción suele ser insistir, repetir los argumentos o elevar el tono de voz. Creemos que, si explicamos mejor o con más firmeza, finalmente el otro aceptará la realidad. Sin embargo, cuanto más intentamos doblegar su resistencia, más se convierte la conversación en una lucha de voluntades.
Un día comprendemos algo incómodo: la verdad no necesita imponerse para seguir siendo verdad. Basta, muchas veces, con señalar un hecho con claridad. Si el otro decide negarlo, justificarse o mirar hacia otro lado, esa decisión le pertenece. La realidad no cambia porque alguien se resista a verla.
Aceptar este límite transforma la discusión. Dejamos de querer cambiar al otro y empezamos a cuidar nuestra manera de responder. La serenidad ya no depende de obtener una confesión, sino de expresar con claridad lo que pensamos sin convertir la conversación en una batalla. No se trata de ser complacientes, de callar para evitar conflictos ni de renunciar a nuestras convicciones. Se trata de comprender que firmeza y agresividad no son la misma cosa.
Y, curiosamente, cuando dejamos de luchar para demostrar que tenemos razón, ocurre algo inesperado. La energía que antes dirigíamos hacia el otro vuelve sobre nosotros. Ya no estamos tan ocupados en probar su equivocación y podemos empezar a mirar, sin miedo, las nuestras.
Mientras vivimos cada desacuerdo como una competencia, reconocer un error parece una derrota. Necesitamos defender una imagen de perfección porque sentimos que cualquier fallo disminuirá nuestro valor. Pero cuando dejamos de medir nuestra dignidad por el resultado de una discusión, también dejamos de necesitar parecer infalibles.
Solo entonces podemos reconocer con serenidad nuestros propios errores. No porque alguien nos haya vencido, sino porque equivocarnos deja de amenazar nuestra identidad. La humildad no consiste en pensar mal de nosotros mismos. Consiste en aceptar que somos seres limitados, capaces de acertar y también de equivocarnos.
Sin embargo, reconocer un error no significa aceptar cualquier descalificación. A veces los demás utilizan nuestras equivocaciones para reducirnos a ellas, como si un solo momento definiera toda una vida. Y, con frecuencia, somos nosotros quienes hacemos lo mismo. Dejamos de pensar "me equivoqué" y empezamos a sentir "soy un fracaso" o "soy una mala persona". La discusión deja entonces de tratar sobre un hecho y se convierte en un juicio sobre nuestro propio valor.
Quizá la verdadera humildad consista en sostener ambas cosas al mismo tiempo: reconocer con honestidad nuestros límites sin permitir que ellos decidan quiénes somos. Un error merece ser corregido; no convertido en una condena.
Quizá esa sea una de las formas más difíciles de la libertad: sostener la verdad sin necesidad de vencer, reconocer nuestros errores sin convertirlos en una condena y comprender que nuestra dignidad nunca debería depender del juicio del otro.
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