Opinión
José Díaz Cervera
06/08/2026 | Mérida, Yucatán
A Medellín me trajeron las palabras.
La tarde estaba sobre aviso y la vegetación había preparado su sombrero verde para adornar las avenidas; al salir de un túnel que recorrimos en poco más de diez minutos, la ciudad titubeaba entre el anochecer y la nostalgia: el aroma se percibía con los ojos.
¿Cómo entrar en la ciudad que alguna vez fue quizá la más violenta del mundo? ¿Con qué pies pisaría sus calles? ¿Qué palabras usaría para nombrarla? A Medellín me trajo “una moneda lanzada contra el mundo” (el verso es de José Manuel Arango) y un poema de León de Greiff.
Para persistir, a veces uno tiene que romperse; sólo los estoicos han encontrado la fórmula precisa de la elasticidad y Medellín conoce los secretos de ambos artilugios: se rompió sin desaparecer y se adaptó sin descomponerse en lo esencial.
Ciudad florida, Medellín sólo tuvo que buscar sus caminos mirando a su alrededor y encontró una metáfora utilitaria en la fuerza del colibrí para mantenerse en el aire y en la mariposa que de gusano se transforma en una prodigiosa flor con alas: Medellín tuvo la fuerza para sobrevivir y supo transformarse sin perder su esencia y sin perder la memoria.
Pero el trauma está allí y sigue doliendo, sobre todo entre quienes terminaron aplastados por los diversos poderes fácticos que operaron —y siguen operando— en Colombia (políticos corruptos, crimen organizado, guerrilla, ejército, grupos paramilitares y el empresariado abusivo y ventajista).
Ese territorio ubicado al occidente de la ciudad, aprendió —bajo el estigma del terror— que no había posibilidad alguna de supervivencia sin el desarrollo de un mínimo sentido comunitario que hiciera menos onerosa tanta adversidad. Hoy ese enclave que alguna vez se disputaron los narcotraficantes y los guerrilleros, pasando por encima de los propios lugareños, es un sitio turístico de gestión comunitaria, conocido mundialmente por su distintivo postal: “Comuna 13”.
El único requisito para visitar Comuna 13 es llevar los ojos abiertos y todo lo necesario para remendar el corazón. La sensiblería no puede subir la escalinata del lugar: los cursis se quedan bufando al pie del altozano, aunque logren subir los más de cuatrocientos escalones que conducen a la cima.
El asunto sólo se entiende cuando uno se da cuenta de que los pobladores de la Comuna fueron rehenes del crimen organizado, de los grupos guerrilleros, de la policía que los acosaba en las orillas del barrio, del estigma, de la pobreza y hasta de la orografía misma (en promedio, cada habitante debía subir y bajar diariamente, antes de que se colocaran algunos tramos de escaleras eléctricas, alrededor de 350 escalones para acudir a sus actividades cotidianas y regresar a casa).
Así, una madrugada de mayo de 2002, el ejército irrumpió entre las callejuelas buscando acabar con los grupos guerrilleros que dominaban el lugar, sembrando terror entre la gente. A sangre y fuego se violentó de manera indiscriminada sobre cualquier blanco humano y la población quedó entre el fuego cruzado que se verificó por tierra y aire. Hubo balas, gases y golpes con macanas y pértigas: los lugareños salieron a las calles con el único recurso a su alcance: paños y sábanas blancas para suplicar el cese al fuego; el parte oficial indica 9 muertos y 37 heridos. La gente de la Comuna afirma que fueron muchos más.
Cinco meses después, en octubre, hubo una segunda operación (más violenta aún) con helicópteros, paracaidistas, tanques, equipo táctico y armas de alto poder, cuyos balances trágicos no son claros. Esta operación cambió el rumbo de la Comuna y abrió para ella otros caminos, uno de los cuales fue el de la autogestión. El barrio no se detuvo a lamerse las heridas: bien o mal, se había abierto una puerta y ahora ellos decidirían si la cruzaban o no y hacia dónde dirigirían sus pasos una vez que la cruzaran. Paradójicamente, la coyuntura había venido desde la mismísima violencia política y económica que los mantenía en la servidumbre y la represión absoluta.
Lo que hicieron los habitantes de la Comuna 13 fue aceptar su circunstancia, cargar con su dolor y refugiarse en la fortaleza comunitaria: los griegos lo llamaron epopeya; hoy usamos una palabra un poco extraña, tal vez sospechosamente higiénica y sin manchas, aunque con tufos político-ideológicos: “resiliencia”.
En el barrio, sin eufemismos, le llamábamos “huevos”.
Lea, del mismo especial:
Edición: Estefanía Cardeña