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—Jamás sería tu paciente

Las dos caras del diván
Foto: Wikimedia Commons

—Jamás sería tu paciente. 

La advertencia de María me arranca una risa. Entre curioso y ofendido, no puedo evitar preguntarle el porqué de su aseveración. 

—Imagínate: te cuento algo de mi vida y luego me ventilas en tu columna. No, no, no. Qué bueno que no soy tu paciente. 

María, en efecto, no acude a mi consultorio. La conozco desde hace algunos años y es una buena amiga. Le digo que su amenaza me indigna un poco, pero que sobre todo me hace pensar algunas cosas. Le pregunto por qué le angustiaría tanto. Al final, nadie sabría su nombre. 

—¡Pero sabrían mi vida! Sería yo la que estaría ahí descrita. No sabrían mi nombre, pero sí mi realidad.

¿Qué es la realidad? Es bien conocida la anécdota de Matisse con respecto a la diferencia entre el mundo real y una obra artística. En una ocasión, una visitante observó un retrato del pintor francés y le comentó: «Pero esa mujer tiene un brazo demasiado largo.» Matisse respondió: «Madame, se equivoca. Eso no es una mujer; es una pintura.»

Si yo describo a María, si hago un retrato de ella, ¿represento a una mujer, a un hombre al que hago pasar por mujer, a una amiga, a una paciente? ¿Represento solo a un personaje?

—¿Cómo le haces? —insiste. Su rostro despliega una sonrisa maliciosa —Las historias, ¿las inventas o las robas?

Le digo que las robo, que las robo de todos los que me hacen comentarios perversos. Lo cierto es que me hace recordar un libro que tengo en mi biblioteca. Es una colección de ensayos de Guy de Maupassant que se titula Sobre el derecho del escritor a canibalizar la vida de los demás. El reconocido cuentista se plantea una pregunta a partir de la lectura de una novela de René Maizeroy: “¿Hasta dónde llega el derecho del novelista a saltarse el muro de la vida privada y captar en la existencia del vecino los detalles escabrosos que necesita para su novela?” Maupassant, gran observador de la vida, las personas y sus hipocresías —¿qué mejor ejemplo que su relato más conocido, “Bola de sebo”?— argumenta que los novelistas solo pueden inspirarse en los hechos de que son testigos y que, por lo tanto, tienen derecho a servirse de todo espectáculo humano que pase ante sus ojos. 

—Por ejemplo —dice María—, imagínate que te cuento que me besé con una amiga mientras mi novio estaba en otro cuarto, y tú lo pones en un periódico. Está bien que me guste el protagonismo —se carcajea—, pero qué vergüenza. 

El problema, dice Maupassant, es que las personas, al leer sobre las realidades que la sociedad considera vicios, bajezas, defectos o inmoralidades, sienten que se desgarran las apariencias con las que se habían encubierto. Amenazadas, declaran aquello una infamia o incluso se sublevan. ¿Por qué confesar las cosas vergonzosas que hacemos o pensamos todos los días? Dice el escritor francés, ¿Cómo aceptar las despreciables duplicidades del alma? 

La propuesta de Maupassant es clara: al escritor le pertenece la vida humana cuando se posiciona ante ella como sujeto de letras, no como sujeto moral. El novelista renuncia a ser un moralista porque su misión no es la de corregir o modificar las costumbres, sino observarlas, describirlas, plasmarlas según su visión personal y los límites de su talento. Los hechos de la vida pasan a ser materia literaria si borramos nombres y cambiamos rostros para que nuestro personaje pueda ser cualquiera y, al mismo tiempo, no sea nadie.

—¿No estarás pensando en escribir sobre esto, verdad?

La ocurrencia de María me hace suponer que, en verdad, era eso lo que deseaba. Cae en cuenta y comienza a reírse; me amenaza con el dedo. Siempre le gustó el protagonismo. Yo ya estoy preguntándome: ¿qué dudas tiene? ¿Qué angustias la acongojan? ¿Qué historia puedo inventarle? Diría Maupassant: hay que ponerles una máscara a los personajes. 

Alonso Marín Ramírez es escritor, sicoanalista y siquiatra de adultos y niños.


Lea, del mismo autor: —Mi hijo me dijo que me odia


Edición: Estefanía Cardeña


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