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Encuentro con la isla de Pascua (I de II)

Después de navegar desde San Martín, Pisco en Perú, está al vacío más grande del océano Pacífico
Foto: Margarita Robleda Moguel

Después de navegar 5 mil 500 kilómetros desde San Martín, Pisco en Perú, llegamos al vacío más grande del océano Pacífico: la isla de Pascua, que se encuentra sola en medio de Santiago de Chile a 3 mil 700 km al este y Tahití/Moorea, de la Polinesia Francesa a 4 mil 200 km al oeste, para descubrir por qué se llama Isla de Pascua, y es que en el calendario del holandés Jacob Roggeveen, el 5 de abril de 1722, era domingo de Pascua de Resurrección y así la bautizó, pero no sé si se enteró de que los polinesios que vivían ahí desde hace mil años la llamaban: "Te Pito Te Henua": "El ombligo del mundo" y "Rapa Nui": "Isla grande". Este último es el nombre que quedó y es como hoy se llaman ellos mismos: rapanui.

Como ven, apasionada por el tema, porque cada vez admiro más a los polinesios, me preparé para escribir sobre el gran día de nuestro encuentro.

A pesar de haber disfrutado Copenhague, Finlandia, los puertos de Canadá y la Gran Manzana, las joyas de la corona para muchos eran cruzar el Canal de Panamá y bajar a ver de cerca a los moái.

Encontré que Moai no tiene una traducción única, pero viene del rapanui. La palabra se descompone así: Mo: "para que/hacer" y Ai: "existir". Literalmente: "para que exista" o "el que hace existir". Para los rapanui no eran solo estatuas. Eran "Aringa Ora": "la cara viva de los ancestros".

La idea era que cuando moría un jefe importante, ponían su moái de espalda al mar, mirando a la aldea, para que su "mana", su energía espiritual, protegiera e hiciera prosperar a su gente. Cada moái era una persona concreta, por eso tienen caras distintas.

Y lo que ves en la cabeza no es un sombrero. Es un pukao, un moño. Se hacían de roca roja del volcán Puna Pau y representaban el pelo recogido y pintado de rojo que usaban los jefes, teñido con tierra roja.

Uf, ¡por fin! Me encanta ya saber quiénes eran esos hombres enormes de piedra, pero las preguntas siguen brincando. ¿Cuántos moáis hicieron? ¿Arrasaron con todos los árboles para arrastrarlos? ¿Ese fue su fin?

Se dice que los moái son: 397 en cantera, Raraku, a medio tallar. 313 transportados: que están en camino o tirados; se les cayó cuando tiraban las cuerdas. 332 en ahus: ya en sus plataformas ceremoniales, mirando la aldea. La mayoría están caídos boca abajo por las guerras tribales y los terremotos. Solo unos 50 están parados hoy porque los arqueólogos los levantaron de nuevo. El número completo de moáis es mil 42.

Con respecto al final de la civilización, una teoría clásica durante unos años fue que cortaron todas las palmas para hacer rodillos y arrastrar los moai y se quedaron sin árboles, sin canoas; vino el hambre y la guerra. La arqueología nueva nos dice que no los arrastraron, los hicieron caminar.

Ataban tres cuerdas al moái y tres grupos de gente lo balanceaban de lado a lado, como un refrigerador. Se investigó que 18 personas pueden mover unas 5 toneladas a 100 metros por hora.

Entonces, ¿por qué se desforestó la isla? Los colonos trajeron ratas en sus canoas. Una palma producía miles de nueces. Las ratas comían las semillas antes de que germinaran. Los arqueólogos encontraron millones de huesos de rata.

También, la isla padeció una enorme sequía entre 1400 y 1500. Cuando llegaron los holandeses en 1722, unos dicen que solo había 3 mil personas, otros que la isla ya estaba sin árboles, pero llena de gente, con todos los moái parados; el colapso total, vino después, con los esclavistas peruanos en 1862 y las enfermedades europeas que se llevaron al 95 por ciento de la población. 

Todo lo anterior para contarles que, aparte de hermosas fotos que pude tomar a los lejos, la información que logre encontrar y les comparto, es lo único que me llevo; no bajamos a tierra, no lo consideró seguro el capitán y nos ofreció darle la vuelta a la isla. El tamaño de las olas, me llevaban a imaginar a los bravos polinesios sobreviviendo para atracar.

Hay que volver y quizá lo mejor sea volar para tener mayor seguridad de llegar; algunos pasajeros comentaron que llevan varios intentos. Podemos volar desde Santiago de Chile en LATAM, que tiene dos vuelos diarios. O, a través de Santiago-Papeete, Tahití, LATAM, que vuela los jueves y nos permitirá disfrutar la Polinesia Francesa.

Espero haber despertado su curiosidad y que me acompañen mañana a la segunda parte de esta aventura de tenacidad y valentía de los polinesios que, según esto alimentaron de habitantes cientos de islas desde hace 3 mil años.

Lea, del mismo autor: Curiosidades


Edición: Estefanía Cardeña


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