Opinión
Margarita Robleda Moguel
18/08/2026 | Mérida, Yucatán
Hace unos dos o tres años navegué por el océano Pacífico, y aunque no estaba incluida la isla de Pascua, sí fuimos a un par de islas en Hawái, a Tahití, la Polinesia Francesa y Nueva Zelanda, que viene siendo el triángulo donde por primera vez escuché hablar de los polinesios. Lo primero que llamó mi atención fue su nombre; ilusa de mí, por asociarme con ellos, por la parte de "necios" me sentí cercana por aquello de la tenacidad, de la terquedad por lograr nuestras metas. Resultó que era el nombre que le pusieron los europeos al triángulo gigante de islas en el Pacífico. POLI: Muchas, NESIA: Islas. "Muchas islas".
Vértices del triángulo: Hawái arriba, Nueva Zelanda abajo y la Isla de Pascua, Rapa Nui a la derecha. Todo lo que está adentro es Polinesia: Tahití, Moorea, Samoa, Tonga, etc.
Los polinesios no son una nacionalidad, son una familia de pueblos que comparten el mismo origen: salieron de Taiwán hace 3 mil años y fueron navegando isla por isla sin brújula, usando a las estrellas, las olas y los pájaros.
¿Por qué lo hicieron? ¿Qué los movía? ¿Qué buscaban encontrar? ¡Díganme si no tiene la virtud de la que me sentí cercana!
Los asocio con las primeras migraciones que salieron de África, en busca de comida, de calor, de frío, de un algo que los impulsaba a salir de su espacio de confort en busca de una vida mejor; unos a pie, otros navegando, hasta nuestros días, en los que nos convertimos en seres de tamaños y colores distintos, humanos al fin.
Eso sucedió con los polinesios a través de los cientos y miles de años; aunque comparten cultura, como tatuajes, moai/tikis, canoas dobles y el dios Tangaroa, los idiomas se fueron transformando, y es así como el rapanui, el tahitiano, el hawaiano y el maorí se parecen entre sí, como el español y el italiano, o como el español y el portugués, que se entiende en portuñol.
Los de Rapa Nui o Isla de Pascua, que, como vimos en el texto de ayer, se llama así porque el holandés que llegó el día de Pascua de Resurrección decidió que era el mejor nombre que podía tener. La realidad es que los rapanuis están más cerca genéticamente de alguien de Hawái a 8 mil kilómetros que de un mapuche en Chile a 3 mil 700 km.
Todo inicia en Taiwán por el año 3000 a.C. Un pueblo de arroceros y navegantes que inventa la canoa con doble casco, con estabilizador. Su idioma es el origen de mil 200 idiomas, desde Madagascar hasta Hawái.
En el 2000 a. C. bajan hacia el sur. Pasan por Filipinas, Borneo, Java; se mezclan con poblaciones locales. Aprenden a vivir en islas tropicales.
En 1500 a. C. llegan a las islas Salomón, Vanuatu. Ahí se frenan mil años. ¿Por qué? Porque más al este ya no había más islas a la vista. Para seguir, tenían que navegar a mar abierto sin ver tierra por días, por lo que tuvieron que observar cuidadosamente el cielo e inventar la navegación por estrellas.
En 1,000 a. C. por fin cruzan 800 km de mar abierto y llegan a la Polinesia real. Tonga y Samoa. Aquí se quedan otros mil 500 años y se convierten en lo que hoy llamamos polinesios: altos, robustos, de piel más clara, y los melanesios, los de las islas negras, que los europeos bautizaron por el color más oscuro de su gente.
La gran explosión, 300 d.C.-1200 d.C., se dio desde Samoa, con enormes canoas de 25 metros que llevaban familias, cerdos, gallinas, perros, camote y taro, una raíz gorda, marrón por fuera y blanca o morada por dentro, alimento básico similar al arroz, y colonizaron todo el triángulo. O sea, Tahití, Hawái y Nueva Zelanda. Por lo que hace 3 mil años no existían los polinesios aún. La prueba definitiva, es el ADN de un maorí de Nueva Zelanda, 70 por ciento de ADN idéntico a un aborigen de Taiwán de hace 5 mil años.
A final de la historia, los polinesios nos dejan una gran lección. Leemos en la historia cómo la mayoría de las naciones llegaron a los países e, ignorando su cultura y derechos, los tomaban bajo su dominio. ¡Tan, tan! Como en 1885, en la Conferencia de Berlín, en la que se repartieron África, y el Congo se volvió belga, porque pasó a ser propiedad personal del rey Leopoldo II de Bélgica. Togo y Camerún quedaron bajo la "protección" de Alemania. "Esto para ti, aquello para mí". Quizá por ser del continente americano y saber lo que nuestros pueblos han padecido porque alguien llegó y asentó la bandera en nombre de sus majestades, estas historias me causan escozor. Seguiremos caminando y navegando, pepenando historias para compartir.
Edición: Estefanía Cardeña