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Foto: Facebook Florentino Grajeda Fosado

Los yucatecos nos acercamos a dos siglos de usar el término huach como adjetivo, referido a los inmigrantes o “foráneos” provenientes del centro de México. Es un término laxo o impreciso porque los huaches pueden ser de la Ciudad de México o de cualquier otra parte del centro del país. Hay incluso quienes lo aplican a los que vienen de más allá de la Laguna de Términos (Campeche). 

Sin embargo, posee un enigma: su origen. 
¿De dónde salió? ¿Se inventó aquí o se introdujo de otra parte? ¿De qué lugar? ¿Por qué? ¿En qué fecha? ¿En qué contexto específico? 
Aunque no gozan de aceptación universal entre yucatecos, algunas hipótesis serían: 

a) Se pensó que era un vocablo maya para designar a los extranjeros. Pero a la fecha, ni los mayahablantes ni los lingüistas lo reconocen. 
b) Se ha dicho que el vocablo tenía un origen onomatopéyico. Es decir, así se escucha el sonido que producen las botas de los militares cuando marchan en las calles: huach, huach, huach. Esto en referencia directa al sonido que produjeron las tropas “invasoras” del ejército constitucionalista de Salvador Alvarado (marzo de 1915). 
c) Representa una burla yucateca hacia esas mismas fuerzas alvaradistas, cuyos soldados tenían cara de huachinango. Sí, de esos peces que, con el debido respeto y un poco de imaginación, pueden recordar el rostro de algunas personas del altiplano.

Durante algún tiempo fui partidario de esta última hipótesis, porque hace algunas décadas, al investigar en la hemeroteca, encontré el siguiente texto: 

“Los indios de Keulil se han batido con los huachinangos, cuando éstos pasaban para Champotón en número de 300, en términos que los hicieron retroceder para tomar la orilla de la playa. ¡Hijos de Tutulxiu, en breve no se desdeñará la Europa de reconoceros como hombres libres...!” (El Independiente, 1843).

En ese momento, parecía razonable pensar que el término huach derivaba de huachinango.

Hace poco encontré en internet la tesis de Venancio Armando Aguilar Patlán intitulada: Sexto Batallón de Guardia Nacional del estado de Puebla. La reforma en Tetela de Ocampo, Puebla, 1855-1873, que, a mi parecer, contiene datos que resuelven el enigma: 

“En julio de 1843, el G. E. P., centralista, les ordena a Tetela y sus municipalidades que juren las Bases Constitucionales para la Organización de la República, expedidas por el presidente provisional Antonio López de Santa Anna, lo cual se lleva a cabo el mismo mes […]. Continúa el envío de reemplazos para el ejército nacional para reducir al orden de Yucatán y para la campaña de Texas […], así como las presiones a la población para que pague la contribución regular, las contribuciones extraordinarias […] y los préstamos forzosos […]”.

El año coincide. El acontecimiento también. Solo falta una pieza del rompecabezas: la conexión entre “los huachinangos” y “Tetela y sus municipalidades”. Entonces surge la pregunta: ¿qué tiene Tetela que la relacione con los huachinangos? 

Resultado: Los huaches no tienen nada que ver con el mar, sino con Huauchinango, Puebla, un municipio a 50 km de Tetela, cuyo gentilicio sería en realidad huauchinanguenses. Tetela es parte de una región famosa por sus fuerzas militares. En 1843, algún batallón de huauchinanguenses fue enviado a someter Yucatán, en ese entonces independiente de México. No sé de sus batallas ni resultados, salvo que por lo menos en una ocasión “los hijos de Tutulxiu” los repelieron en las cercanías de Campeche. 

Las notas indican que desde ese entonces tropas del centro de México fueron identificadas como “huachinangos” en lugar de huauchinanguenses. Y como dije, de ahí debe haberse deformado a huaches. De modo que casi 100 años más tarde, cuando las fuerzas de Salvador Alvarado vinieron, la memoria colectiva yucateca, equivocada, pero ignorante de su error, resucitó el término y lo aplicó a las nuevas fuerzas del centro.

Al parecer, a nadie le preocupó el asunto. El término simplemente se adoptó. Como fuera, una vez rescatado, pasaron los años y luego las décadas. Sin una explicación clara de su origen, primero se pensó que era un invento de los mayas; después se le relacionó con el sonido de las botas de las tropas de Alvarado; más tarde, con un posible apodo inspirado en un pez. Finalmente, aparecieron documentos históricos que dan cuenta del envío de aquellas tropas. Aunque todo indica que el asunto ha quedado resuelto, valdría la pena reforzar esta interpretación con más evidencia documental de archivo.

Iván Vallado Fajardo es profesor investigador en Historia.

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social


Lea, de la misma columna: Yaquis en Yucatán


Edición: Estefanía Cardeña


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