Opinión
La Jornada Maya
07/09/2026 | Mérida, Yucatán
Entre los distractores que suele emplear Donald Trump, presidente de Estados Unidos, está el cambiar nombres a accidentes geográficos y ahora incluso a entidades dentro de su país, casi siempre involucrando el nombre “América”. El resultado ha sido levantar polvo, y uno que otro funcionario se ha enganchado en la polémica, pero el mundo mantiene la nomenclatura habitual.
Es cierto que cada régimen tiene la costumbre de renombrar vialidades, glorietas, edificios, parques, estadios, etcétera, cambios de denominación que no siempre son bienvenidos y algunas veces son recibidos con sorna o completamente ignorados por la sociedad en general. Cuando sí son aceptados, es porque se ha creado un consenso acerca del nuevo nombre; ni siquiera porque el líder que hace la propuesta mantiene altos niveles de aceptación. Las ocurrencias suelen ser desdeñadas.
Sin embargo, conviene estar alertas ante las propuestas de cambios de nombres cuando las hace una sola persona como ejercicio del poder político. Los totalitarismos suelen recurrir ampliamente a esta práctica, especialmente cuando están por lanzarse a la guerra o cuando ya están metidos en una que les resulta adversa. En este caso, Trump ha encontrado resistencia por parte de las autoridades y ciudadanía de Nuevo México, quienes no fueron consultadas sobre lo que habría sido su nueva patria chica; porque en Estados Unidos también se da el fenómeno del regionalismo.
Pero en esta ocasión, Trump ha ido más allá de las fronteras de su país. Hace pocas semanas provocó a las autoridades de Canadá al pretender cambiarle el nombre al lago Ontario, el cual le dieron los pueblos indígenas de esa región mucho antes de que ingleses y franceses llegaran. Los de la hoja de maple sí se han enganchado en una guerra comercial, y ahora ven que el siguiente movimiento simbólico es una imagen posteada por el ocupante de la Casa Blanca en la que los tres países de América del Norte, además de Groenlandia e Islandia, aparecen con el nombre de Estados Unidos.
En México, la presidenta Claudia Sheinbaum subrayó que México no es ni será colonia o protectorado de ningún otro país. Una nueva respuesta frontal, sin entrar en confrontación, tras varios anuncios de intenciones de intervenir con tropas o mediante personal de agencias reconocidas por ejecutar maniobras para desestabilizar gobiernos en América Latina.
Lo cierto es que estos anuncios se dan cuando se han establecido revisiones anuales del Tratado México-Estados Unidos y Canadá (T-MEC), que lleva más de 30 años funcionando y mediante el cual se ha conseguido la integración de las tres economías en un bloque comercial que es un motor mundial. Esto no significa que deba constituirse en un solo país -algo que ninguno de los socios ha planteado-, y menos que éste deba ser el de las barras y estrellas.
La declaración de que México no estará supeditado a otro país es una afirmación de la soberanía nacional que ha costado demasiada sangre. Pero también es necesario estar vigilantes del panorama internacional, especialmente cuando Estados Unidos se encuentra en guerra para hacerse de más petróleo del que ya aseguró de Venezuela, y no consigue la anunciada victoria.
Edición: Estefanía Cardeña