Opinión
Cristina Rivera Garza
08/09/2026 | Ciudad de México
Me he referido ya en otras ocasiones a la investigación como una práctica de cuidado. Se trata, en parte, de saber todo lo que hay que saber sobre nuestros materiales (a los que algunas veces nos referimos como obsesiones, con justa razón) pero, mayormente, se trata de cuidarlos, es decir, de construir el campo donde sus voces –las voces y/o huellas de los materiales– puedan reverberar, coexistir y, finalmente, alcanzar a otros. He dicho y lo sostengo, que no es la identidad lo que “nos da permiso” para aproximarnos a tal o cual material, sino la serie de estrategias de las que nos valemos para su cuidado. Decía el poeta Charles Bernstein a propósito de esta cuestión que sólo nos convertimos en recolectores “gracias al cuidado que tenemos en y por el mundo”, señalando la relación afectiva y ética que merece todo aquello que reclama nuestra atención. Sólo recogemos o reunimos o reclamamos lo que nos pertenece y sólo nos pertenece o le pertenecemos a aquello que hemos cuidado.
El cuidado de la investigación empieza por honrar aquello que han hecho otros: es obligada una lectura lo más exhaustiva posible de libros y artículos u otros artefactos en los que otros han invertido tiempo y trabajo y afecto sobre el motivo compartido de nuestros desvelos. Las citas textuales, que son de hecho un encuentro entre al menos dos conversaciones, dan cuenta de que ninguna búsqueda inicia desde cero, de que otros nos han abierto el camino por el cual avanzarán, seguramente en direcciones distintas, nuestros pasos. No es un simple afán académico o institucional el que motiva a esas últimas páginas de bibliografía: ahí están las huellas de nuestra primera compañía. Honrar también es agradecer.
Muchas veces las preguntas más peligrosas son las más simples. El descreimiento o la sospecha crónica conducen, con frecuencia, a nuevas formas de ver las cosas.
Hace no mucho inicié, sin preverlo del todo, un proceso de investigación sobre la vida y obra de Concha Urquiza, la autora mexicana a la que casi al unísono se le describe como poeta religiosa y/o mística. Se han dicho muchas cosas de ella, e investigar quiere decir poner todas y cada una de ellas en entredicho. Las preguntas abundaban de inicio y, para colmo, crecían día con día. Los acervos donde podían encontrarse las respuestas, también. Así inició un torbellino de investigación que ha durado unos dos meses ininterrumpidos.
Nunca está de más empezar por las cosas básicas: las actas de nacimiento o de matrimonio o de defunción. Gracias a la experiencia en investigación genealógica de Claudia Castañeda, pudimos comprobar que Concepción Urquiza del Valle no había nacido el 24 en la noche sino en la madrugada del 25, a las 12:45 am para ser más exactos. Aquellos interesados en hacer cartas astrales entenderán a la perfección las consecuencias, nunca menores, de este dato.
Los registros de los panteones suelen ofrecer datos simples, pero fundamentales. Gracias a la búsqueda del director del archivo de Tijuana, Andrés Espinoza, pudimos constatar que, en efecto, Concha Urquiza estuvo enterrada en el panteón número 2 de la ciudad fronteriza, pero una lectura cuidadosa también arrojó otro dato: sus restos fueron exhumados en 1971, 25 años después de su entierro. El registro no dio cuenta de quién lo hizo o por qué, pero una tesis de maestría, aprobada a finales de los años 70 en la Universidad de San Diego, incluía una entrevista con Luis Urquiza, hermano de la poeta, en la que confesaba que él había ordenado la exhumación y depositado sus restos en la cripta de una iglesia de misioneros del Espíritu Santo en el Pedregal de San Ángel. El archivo y la búsqueda por préstamo interbibliotecario se conjugaron para despejar la duda y para agrandarla al mismo tiempo.
Los manifiestos de inmigración de Estados Unidos no sólo entregan fechas de entrada y de salida de este país, sino también nombres de acompañantes, nombres y direcciones de familiares en el lugar de origen, así como nombres y direcciones en el sitio de destino. Edades, complexiones, habilidades lingüísticas y tipos de visa son datos que añaden complejidad a los pasajeros en turno. Gracias a la búsqueda de Elías Navarro en este tipo de materiales, supimos que, para 1933, Concha Urquiza ya era residente permanente del vecino del norte, impactando en mucho la perspectiva acerca de su viaje de cinco años.
Las hemerotecas son lugares encantados. La de Tijuana nos regaló los artículos que dieron cuenta del deceso de la joven profesora Urquiza en las aguas de Ensenada, y la de la UNAM, gracias a la ayuda de Sidartha Enríquez, nos ha confirmado la existencia de textos escritos por la poeta, permitiéndonos descubrir algunos nuevos.
¿Podrán estos datos (junto con otros) poner en crisis el paradigma Concha Urquiza como poeta religiosa y provocar eventualmente una de esas revoluciones en el saber descritas por Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas? Ojalá que sí.
Edición: Ana Ordaz