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Urakán: un viaje delicioso

Una novela hecha de recuerdos que oscila entre el libro de viaje y la denuncia
Foto: Facebook Raúl Moarquech Ferrera-Balanquet

Raúl Moarquech Ferrera-Balanquet es un ciudadano del mundo. Posee tres nacionalidades, ha vivido en varios países y ha recibido algunas de las becas más importantes de Norteamérica y México. Descendiente de africanos, árabes, catalanes y canarios llegados a Cuba por diversas migraciones, nació en La Habana, ciudad que ama, pero de la cual debió marcharse en 1980 durante el éxodo del Mariel por causa de su abierta orientación sexual ajena a la heteronorma, prohibida en la isla. Irónicamente, será en los Estados Unidos, país enemigo del régimen cubano, donde desarrollará una fructífera carrera artística que incluirá, por supuesto, las letras. 

Por eso no es casual que Urakán (Iliada Ediciones, Berlín 2026), su ópera prima, esté impregnada de viajes. La Habana, Isla del Carmen, Nueva Orleans, Tijuana, Iowa, Los Ángeles, Nueva York… Arimao Urakán, alter ego de Ferrera-Balanquet, va de ciudad en ciudad y, durante este éxodo, el lector lo acompaña. Para viajar lejos, dijo Emily Dickinson, no hay mejor nave que un libro. Y en este caso, Urakán es ideal para cumplir esta sentencia.

Pero ¿de qué trata la novela? ¿Es autobiográfica? ¿Un diario de viaje con tintes de erotismo gay? ¿Un canto para celebrar el exilio? ¿Un bildungsroman? ¿Un pretexto para que el autor externe su inconformidad contra el statu quo? ¿Todo y nada de lo anterior?      

 Reducida a su argumento, Urakán es una novela hecha de recuerdos que oscila entre el libro de viaje y la denuncia: abunda en descripciones detalladas de hoteles, calles, bares, galerías y restaurantes, en relaciones imposibles regidas por la soledad originada en el exilio, en referencias constantes a la religión yoruba, en largas escenas tomadas de un filme autobiográfico que realiza el protagonista, que es, a su vez, el mismo autor. Está emparentada, por tanto, con Rayuela de Cortázar porque no tiene una secuencia cronológica y con Viajes con Herodoto de Kapuściński, porque, al igual que ésta, resulta inclasificable dentro de algún género literario conocido. 

¿Es entonces Urakán un reportaje? A ratos. ¿Un estudio etnográfico-antropológico? En parte sí. ¿Un cuaderno de viajes? También lo es.

Pero lo que resulta innegable es que Urakán no es un ejercicio de ficción desligado de la realidad, sino, como quería Kapuściński, es la culminación de un gran reportaje personal, una herramienta para capturar la verdad humana. En cada capítulo, Raúl, en voz de Arimao Urakán, intenta contar los altibajos de la diáspora en que se transformó su vida desde que, al igual que el protagonista de esta obra, abandonó Cuba. 

El deseo, el exilio, el racismo, la soledad, el cine, la censura, el VIH, el travestismo y la migración son algunos de los materiales con que se construye esta obra, cuyo aliento perdura con un vigor insospechado.

Y aunque estoy seguro de que el autor habrá de reprochármelo, las partes que más disfruté no fueron las disertaciones que ocurren en la gran Nueva York sino las que describen el recorrido de Arimao en el Amadeus, el buque petrolero en el que huye para salvarse de las autoridades carmelitas. Imposible olvidar las delicias culinarias que preparaba en altamar Julito Buensazón, el cocinero educado en la École de Cuisine Alain Ducasse. De solo imaginar aquel escabeche de corbina cocinado a fuego lento en una salsa de cebolla, albahaca, ajo, pimienta, ají morrón y tomate, se me hace agua la boca. ¿Y qué decir del genial paseo de Arimao en La Habana? ¿Cómo no añorar el opíparo almuerzo de vaca frita, moros y cristianos, yuca al mojo de ajo, frituras de malanga, tostones, ensalada de aguacate, café y flan en La Bodeguita del Medio? ¿Y la agradable caminata por Nueva Orleans, ciudad colonial en la que nunca he puesto pie, pero que pude conocer a través de Arimao? 
    
“Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía”, escribió Vasconcelos. Y en el caso de Urakán, se refrenda esta máxima. Los mejores momentos de la novela provienen de las detalladas descripciones de las ciudades por las que transita su protagonista y son tan numerosos que, al cabo, se convierten en una marca indeleble de Raúl Moarquech. Valga decir, pues, que el autor ha demostrado que no solo es un cineasta, fotógrafo, performancero, dibujante, académico Fulbright y curador que ha escrito una novela, sino también un narrador bien dotado. Y en ese sentido, Urakán resulta ser un arranque altamente alentador.                 

Edición: Estefanía Cardeña


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