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Foto: Jorge L. Gómez Guzmán, Xanlá, Chankom, Yucatán, 2015

Xanlá se encuentra a seis kilómetros al sur de Chankom y a 20 kilómetros al suroeste de la zona arqueológica Chichén Itzá. Según el censo del 2020, cuenta con 400 habitantes, de los cuales 90 por ciento son mayahablantes. Según sus pobladores, la refundación del lugar data de la década de 1920, años en los que los abuelos llegaron a trabajar esos montes o territorio despoblado desde la Guerra de Castas para asentarse cerca de un pozo antiguo ubicado en el fondo de una rejollada. Un sitio del que también se dice que obtenían semilla del árbol de ramón, particularmente para consumir en periodos de escasez de maíz.

En el año de 1929, las tierras ocupadas, consideradas terrenos nacionales, les fueron concedidas en dotación de ejido. Para 1995, con los trabajos del Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titulación de Solares Urbanos (PROCEDE), los 91 miembros del núcleo ejidal decidieron mantener las tierras ejidales bajo la forma de uso común. En ellas se fomenta la milpa tradicional de roza-tumba-quema, la ganadería y, en menor medida, el cultivo de hortalizas. 

Una característica destacable de este ejido es su sistema de gobierno compuesto por un comisario municipal, un comisariado ejidal y un sistema de “guardias”; autoridades que regulan los usos, explotación y significación de los diferentes espacios del territorio ejidal. En el sistema de “guardias”, los varones de entre 18 y 56 años se encuentran obligados a prestar servicio no remunerado a la comunidad. Dentro de este sistema existe un subgrupo compuesto de 30 hombres que son reconocidos como “reservados”, es decir, individuos mayores de 56 años que, como una forma de respeto y reconocimiento, se encuentran exentos de prestar el servicio comunitario. De este grupo, destacan las personas llamadas nukuch máako’ob u hombres y mujeres mayores con prestigio comunitario, quienes suelen ser consultados para atender circunstancias comunitarias como la organización del ch’a chaák y el looj (rituales del pueblo).

Los cenotes, cuevas y rejolladas que se encuentran dentro de su ejido son también protegidos mediante guardarrayas para evitar que un incendio destruya la vegetación y fauna, dado que son lugares privilegiados de caza de varios animales. Cabe mencionar que en la cosmovisión maya peninsular contemporánea, dichos entornos ecológicos son concebidos como morada de los yuumtsilo’ob o señores protectores, como el zip (dueño de los venados) y el yuum k’áax (dueño-guardián del monte). 

De manera sui géneris, en esta población se regula el uso colectivo de una franja de un kilómetro de monte alto conocido como ka’anal k’áax o viejo (nuxib k’áax) circundante al pueblo, de donde obtienen maderas para construcción, reparación de sus viviendas, leña, plantas medicinales y terapéuticas. Cabe resaltar que la superficie que ocupa el asentamiento poblacional está delimitada por una brecha, con una cruz de madera guardiana ubicada en cada punto cardinal de tal delimitación y una quinta cruz en el pozo del centro de la población; las mismas que sirven de referencia al momento de llevarse a cabo un looj o ritual de territorialidad.

Como se mencionó, en Xanlá se efectúa año con año el ritual agrícola de “rogación” o ch’a chaák que está asociado con una cacería ritual llevada a cabo bajo la modalidad de p’uj o batida. En correspondencia con el pensamiento maya de la zona, el grupo cazador solicita “permiso” al zip, para que les permita cazar un venado y no ocurra ningún accidente durante la cacería. Dicha acción la efectúa el jo’ol póop o líder del grupo cazador, ofreciendo siete jícaras de saka’ (bebida de maíz no nixtamalizado).

Xanlá es así una población contemporánea maya-hablante de carácter neorrural, cuya reproducción comunitaria se desarrolla en estrecha relación con el entorno natural y sus elementos. Esta vinculación constituye un fundamento central de su cosmovisión y de sus formas de relacionarse con lo sagrado, tanto en el ámbito comunitario como con los seres intangibles que habitan el monte, al mismo tiempo que dialogan con la vida moderna del Estado. 

Alejandro Cabrera Valenzuela es antropólogo social del Centro INAH Yucatán.

Jorge L. Gómez Guzmán es profesor de la UPN Mérida y colaborador del Proyecto Etnografía de los Mayas de la Península de Yucatán.

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros, antropóloga social, Centro INAH Yucatán




Edición: Estefanía Cardeña


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