Opinión
Felipe Escalante Tió
08/10/2026 | Mérida, Yucatán
Hablar de un “escenario de la prensa” o de los medios de comunicación en general, implica reconocer que existen relaciones entre unos y otros. Igualmente, si no se mencionan entre sí, o uno habla de otro y éste mantiene el silencio. Lo primero que un observador debe contemplar es que hay una competencia por el favor del público, por lo que, de una u otra forma, se establecen vínculos entre las publicaciones.
Eso sí, pocas veces aparecen documentos que expliquen de manera condensada cuál es la relación entre los periódicos, más allá de la competencia. A veces, y esto cuando se tiene la oportunidad de recurrir a los archivos, pueden encontrarse testimonios sobre cómo algunos periodistas establecieron alianzas estratégicas aunque sus negocios fueran de distintas dimensiones; no es lo mismo un diario que una revista semanal, por ejemplo.
Y este es precisamente el caso que ilustra la imagen que da origen a la entrega de esta columna y que apareció publicada en el semanario El Padre Clarencio el 19 de junio de 1904.
El director, escritor, caricaturista y seguramente hasta voceador de la publicación, Carlos P. Escoffié Zetina, ilustró un asunto que llevaba un par de semanas en la agenda periodística de Yucatán y del cual no hizo más mención que esta imagen, titulada “Palpitante”, en la cual se observa a una señora presuntamente bastante mayor, identificada como La Revista, tunde a chancletazos a un mozalbete en cuyo pantalón corto [señal inequívoca de que era un menor de edad] se alcanza a leer “Peninsular”.
“La cuestión palpitante”, como solía ser el título de las notas que hacían referencia a los asuntos que más llamaban la atención del público en ese entonces, era la competencia entre los diarios La Revista de Mérida y El Peninsular. El primero era ya veterano de la prensa, mientras que el segundo apenas llevaba tres meses en circulación. La diferencia entre ambos era tanto política como generacional, pues La Revista reunía a la intelectualidad vinculada con el antiguo partido conservador, personificado en el general Francisco Cantón y su sobrino el poeta Delio Moreno; mientras, El Peninsular era dirigido por dos jóvenes que debieron dirigir el relevo en el partido liberal: José María Pino Suárez, quien fungía como director y propietario, y Ignacio Ancona Horruytiner, jefe de redacción. Otra diferencia era que La Revista veía la luz en las primeras horas de la mañana, mientras El Peninsular era un vespertino.
El hecho que había dado lugar a ese enfrentamiento iba más allá de las diferencias políticas y editoriales. A principios de junio, el corresponsal del diario El Mundo, de la capital del país, publicó que El Peninsular se había colocado como el de mayor circulación en la península de Yucatán e incluso en el golfo de México. Poco después, según indicó El Peninsular en su entrega del 10 de junio de 1904, acudieron funcionarios de La Revista a sus oficinas exigiendo acceso a los libros de la negociación, “a fin de convencerse de si positivamente nuestro diario es el de mayor circulación en la Península y aún en el litoral del Golfo”. Aunque la nota resulta bastante ecuánime, se adivina que la visita no fue nada cordial.
En El Peninsular, la pretensión de revisar los libros fue calificada de “candorosa” e “inocente”. De hecho cuestionaron “¿En dónde habrá visto La Revista que una negociación pretenda siquiera solicitar de su competidora o antagonista los documentos que comprueben el estado de su prosperidad pero que, al propio tiempo, denuncien las combinaciones, los secretos todos en que cifra sus ventajas y floreciente organización?...”
Peor aún, compararon la relación con La Revista con la guerra ruso -japonesa, entonces en curso, y de la cual El Peninsular ofrecía información exclusiva gracias al servicio telegráfico con que contaba. Es decir, este diario acercó el mundo a los lectores de la península, algo que sí marcó una diferencia en el mercado de las publicaciones regionales.
Ahora, la caricatura de Escoffié invierte los papeles, como si el reclamo de El Peninsular fuese injusto. Lo cierto es que, a pesar de las simpatías de El Padre Clarencio por los hermanos Flores Magón y el anarcosindicalismo, localmente era muy cercano al círculo de Carlos R. Menéndez, director y propietario de La Revista; al grado que años después, posiblemente desencantado de su época revolucionaria y sus muchas estancias en diferentes penitenciarías, se desempeñó como jefe de redacción del Diario de Yucatán.
La generación de Pino Suárez, como parte del partido liberal, fue un proyecto trunco, tal como ocurrió con El Peninsular, que perdió apoyos dentro de su propio círculo tras abordar la situación de los sirvientes en las haciendas henequeneras, pero esa es otra historia, y materia de próximas notas.
Edición: Estefanía Cardeña