Opinión
María del Carmen Castillo
12/10/2026 | Mérida, Yucatán
Hace unos días asistí a la charla La ciudad son relatos, de mi gran amigo Pedro Bravo, quien nos ofreció su reflexión sobre las ciudades, sus transformaciones y paradojas. Temas de su último libro: Antes todo esto era ciudad. Mientras lo escuchaba, pensaba en Puebla, la ciudad donde nací y en aquel libro que mi bisabuelo Enrique Gómez Haro publicó en 1951, titulado Hablan las calles, donde relató, bajo los nombres de las distintas calles, quiénes las habitaban, qué negocios había y una que otra leyenda urbana.
Al igual que para ellos, sé que las ciudades están ahí para contarnos historias que, entre pavimento, piedra y años, son palimpsestos que nos atañen, que explican lo que somos y proporcionan claves para nuestro devenir. Ahí, entre pensares callejeros, conecté con una suerte de paralelismos que aquí les cuento.
Atraída por sus calles, lo primero que hice en Cádiz fue unirme a una ruta organizada por Sáficas Cdz y Cádiz Experiences llamada “Cádiz tiene nombre de mujer”, una caminata que reconoce a mujeres gaditanas que forman parte de la historia de la ciudad. Bailaoras, escritoras, monjas, cigarreras o sindicalistas grabadas en las calles de una tacita de plata que las dejó al margen y que Leticia González revive lúdicamente como un acto de memoria y justicia histórica.
Leer las calles, escuchar su voz, seguir su rastro. Conforme avanzábamos, estas mujeres desconocidas me recordaron a unas más cercanas; las mujeres de Yucatán, pioneras del feminismo en México, y el esfuerzo que Liliana Hernández ha hecho para que sus nombres estén presentes en el paisaje urbano de la Mérida actual.
Las calles de Cádiz me susurraron voces con notas de mar y sal. Supe que algo había en el territorio de ambos lados del océano que estaba llamando mi atención. Yucatán y Cádiz, sociedades en las orillas de sus respectivas penínsulas y distantes de sus capitales. Periferias marítimas y comerciales, abiertas al mundo, donde la circulación de mercancías, personas, ideas y capital convivió con formas muy duras de explotación. Y, en ese espacio de auge y contradicciones que fue el siglo XIX, la existencia de mujeres mirando, críticamente desde su propia esquina del Atlántico, el orden social.
Mujeres que veían el mundo moverse entre idas y vueltas. Barcos, ferrocarriles, máquinas, henequén, periódicos, moda, libros, ideologías, riqueza, pero también desigualdad, marginación, esclavitud y pobreza. ¿Qué pasa entonces cuando las mujeres viven en una sociedad que está modernizándose, pero descubren que no están incluidas?
En 1856 en Cádiz, María Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis, maestras, escritoras y editoras vinculadas al socialismo utópico, fundan El Pensil Gaditano, inspiradas en La pensadora gaditana (1768) de Beatriz Cienfuegos, primer periódico femenino, dirigido y redactado por una mujer.
El Pensil Gaditano se trataba de una publicación que denunciaba la desigualdad de las mujeres, defendía su educación, cuestionaba la subordinación en el matrimonio y abordaba las condiciones de las trabajadoras.
Por su parte, con poca diferencia de años, pero en Mérida, Yucatán, las maestras y escritoras Rita Cetina, Cristina Farfán y Gertrudis Tenorio fundan La Siempreviva, primera revista feminista en México, publicada por primera vez en 1870. La Siempreviva contenía ensayos sobre la educación de la mujer, la familia y poesía redactados de forma exclusiva por mujeres.
Fue así como las calles gaditanas se abrieron para mostrarme un relato que quería entrar en diálogo con narrativas que también están siendo recuperadas en México. A veces, son calles lejanas las que nos recuerdan nuestras historias.
Ahora parecería que la también Escuela de la Siempreviva hace esquina con la plaza de la Candelaria en Cádiz o imagino la posibilidad de un escrito escondido entre tiras de henequén enviado por Rita a Margarita para ser incorporado al Pensil gaditano, donde se relata cómo ha cambiado la vida de las niñas que está instruyendo y educando en Yucatán. De las que, como bien sabemos, años después brotaría una Elvia Carrillo Puerto, lideresa de la lucha por el sufragio femenino en México.
El Pensil Gaditano y La Siempreviva tienen para Cádiz y Yucatán un significado extraordinario. Fueron observatorios femeninos de la sociedad dinámica y contradictoria del XIX que circulaba entre casas, astilleros, haciendas, puertos, barrios, iglesias y cementerios. Relatos vivos que algunas mujeres estaban leyendo y también escribiendo.
María del Carmen Castillo es profesora investigadora en Antropología Social del INAH Yucatán y coordinadora editorial de esta columna.
Edición: Estefanía Cardeña