Política
Lourdes Álvarez
14/10/2026 | Mérida, Yucatán
Nuestra vida es una historia que escribimos mientras la vivimos. No conocemos el argumento completo ni sabemos cómo terminará. Somos al mismo tiempo escritores, actores, lectores, público, espectadores y el teatro donde ocurre nuestra representación.
Como escritores, nos inventamos a través de nuestras decisiones. Elegimos, rechazamos, cambiamos de opinión y a veces hacemos algo inesperado. Pero no escribimos sobre una página en blanco. La realidad interviene, modifica nuestros proyectos y nos enfrenta a nuestros límites.
No somos tan libres como nos gustaría creer. Nos condicionan nuestra historia, los temores y las circunstancias. Sin embargo, dentro de esos límites seguimos eligiendo. Quizá crear sea descubrir posibilidades dentro de esos límites.
Somos también actores. Actuamos y escribimos al mismo tiempo: no podemos ensayar la existencia antes de vivirla. Cada decisión entra en la obra en el instante mismo en que la tomamos. A veces actuamos con seguridad; otras, desde el miedo o la confusión. Nos contradecimos, nos equivocamos y cambiamos de rumbo. Podemos descubrir valentías o cobardías insospechadas. El personaje siempre es más complejo que nuestra idea de él.
Como lectores, interpretamos cuanto vivimos. Damos significado a los acontecimientos y a nuestras decisiones, pero ninguna lectura es definitiva. Lo que ayer parecía un fracaso puede adquirir otro sentido con los años, aunque los hechos permanezcan iguales.
También nos contamos quiénes somos. Decimos que tenemos cierto carácter, que nunca haríamos determinadas cosas o que somos incapaces de otras. Estas afirmaciones pueden encerrarnos. Seguimos aferrados a una imagen antigua que ya no nos corresponde.
Y somos público y espectadores de nuestra existencia. Podemos observarnos mientras actuamos, escucharnos hablar, reconocer nuestras reacciones y sorprendernos ante nuestros pensamientos. Pero no somos espectadores imparciales: miramos desde los recuerdos, los deseos y los prejuicios. A menudo confundimos observar con juzgar. Nos reprochamos lo que hicimos y exigimos una coherencia que difícilmente poseemos.
Observar y juzgar, sin embargo, son cosas distintas. Al observar, descubrimos algo que ignorábamos; al juzgar, nos apresuramos a decidir si es bueno o malo. Podemos reconocer una contradicción sin condenarla, comprender una faceta nuestra y decidir si queremos cambiarla o conservarla.
No existe necesariamente una versión ideal de nosotros esperando ser descubierta. Somos múltiples, frágiles y contradictorios. Nunca acabamos de conocernos. Cuando creemos saber quiénes somos, una experiencia inesperada puede revelarnos algo que desconocíamos. Somos un misterio incluso para nosotros mismos.
También somos el teatro donde se representa esta historia. Nuestro cuerpo, la memoria, los pensamientos y las emociones forman el escenario. Allí permanecen las huellas del pasado y aparecen los deseos de lo que todavía no existe. No podemos salir de ese teatro para mirar desde fuera: incluso cuando recordamos, lo hacemos desde un presente en el que ya no somos exactamente quienes fuimos.
Y hay algo todavía más desconcertante: desconocemos el desenlace.
Imaginamos el futuro, hacemos planes y tomamos precauciones, pero ignoramos qué sucederá mañana. No sabemos cuánto durará nuestra obra ni quiénes seremos cuando se acerque el último acto. Esa incertidumbre nos angustia: nos recuerda que no somos dueños del tiempo ni de las consecuencias de nuestras decisiones. Pero también deja abierto lo inesperado. Mientras vivimos, la historia no está terminada.
Tal vez la paradoja sea esta: somos autores de una obra que nunca podremos contemplar terminada. La escribimos sin conocer su final y nos inventamos sin llegar a saber del todo quiénes somos.
Somos el relato y quienes lo cuentan, los personajes y quienes los observan, el teatro y la representación. Y seguimos escribiendo, sin saber qué traerá la próxima escena.
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Edición: Estefanía Cardeña