Opinión
Lourdes Álvarez
07/10/2026 | Mérida, Yucatán
La intuición y la paranoia pueden parecerse mucho porque ambas aparecen antes de que tengamos pruebas suficientes. Sentimos que algo no encaja, que una persona no es del todo confiable, que un trabajo promete demasiado, que una decisión quizá no nos conviene. Pero aunque nacen en una zona oscura del pensamiento, no hacen lo mismo con nosotros.
La intuición suele señalar. La paranoia construye una historia.
En una pareja podemos sentir inquietud. Tal vez percibimos una distancia, un cambio de tono, algo difícil de nombrar. Esa percepción puede ser intuición, pero también puede convertirse rápidamente en celos: interpretamos una mirada, un mensaje, un silencio y empezamos a fabricar una explicación completa. Ya no observamos lo que ocurre; buscamos pruebas de lo que tememos.
Algo parecido sucede con un trabajo nuevo. Un sueldo extraordinariamente alto, una oferta demasiado atractiva o muchas promesas pueden despertar entusiasmo. Queremos creer. Y entonces confundimos deseo con intuición. No preguntamos lo suficiente porque la respuesta que deseamos ya está delante de nosotros.
El miedo y el deseo parecen opuestos, pero pueden llevarnos al mismo lugar: ambos deforman la mirada cuando necesitamos que la realidad confirme lo que sentimos.
Por eso quizá la intuición no deba entenderse como una certeza misteriosa, sino como una percepción que merece atención.
La intuición dice: mira esto.
No dice necesariamente: esto es verdad.
Ahí comienza la tarea de la razón. Observar. Esperar. Preguntar. No precipitarse.
La prudencia no destruye la intuición; la protege de nuestros propios fantasmas.
También ocurre cuando tomamos decisiones importantes desde lejos. Una casa, una ciudad, un empleo o una forma de vida pueden coincidir perfectamente con nuestros deseos. La publicidad completa lo que no podemos ver y las promesas llenan los huecos de nuestra imaginación. Entonces dejamos de comprobar porque queremos llegar.
Solo después descubrimos que desear algo y conocerlo son experiencias muy distintas.
Pero equivocarnos no significa que debamos dejar de confiar en nosotros mismos. Significa quizá que necesitamos aprender a escuchar mejor.
La intuición puede ser un regalo precisamente porque percibe antes de que sepamos explicar. A veces reconoce un peligro, una posibilidad o una afinidad antes de que nuestra razón encuentre palabras. Pero un regalo no es una orden.
Podemos escuchar una intuición sin someternos a ella.
Podemos acercarnos, mirar, probar, darnos tiempo. Algunas decisiones incluso permiten ser reversibles: aceptar algo por un tiempo, conocer antes de comprometernos, observar antes de concluir. No todo tiene que decidirse como si fuera definitivo.
La paranoia necesita cerrar rápidamente la incertidumbre. Quiere saber ya qué significa cada gesto y hacia dónde conduce cada acontecimiento. La intuición puede tolerar mejor el no saber.
Quizá esa sea una diferencia esencial.
La intuición abre una pregunta.
La paranoia fabrica una respuesta.
Pero hay algo más. La intuición no solo nos orienta ante el peligro o frente a una decisión: también está íntimamente ligada a la creatividad.
Muchas veces una obra, una idea, una solución inesperada o un camino nuevo aparecen antes de que podamos justificarlos. Primero sentimos una dirección. Después, la razón, la experiencia y la técnica le dan forma. Crear exige, en cierto sentido, confiar en algo que todavía no sabemos demostrar.
Por eso sería un error desechar la intuición por miedo a equivocarnos. Perderíamos con ella una parte de nuestra capacidad de imaginar, descubrir y crear.
Pero también sería un error obedecerla ciegamente.
La intuición necesita libertad para abrir caminos y prudencia para no confundirlos con certezas
Quizá su verdadero valor esté justamente ahí: en permitirnos percibir lo que todavía no comprendemos del todo, sin obligarnos a convertirlo inmediatamente en verdad.
Confiar en la intuición no significa renunciar a la razón.
Significa dejar que una abra la puerta y que la otra nos ayude a cruzarla.
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Edición: Estefanía Cardeña