Opinión
Rodrigo Colorado
26/10/2026 | El Salvador
En El Salvador solemos recordar a Roque Dalton como poeta, como guerrillero o como víctima. Pocas veces lo leemos como lo que también fue: un antropólogo de la cultura nacional, alguien que se preguntó de qué materia está hecho este país y quién tiene derecho a contarlo. Esa mirada, más que cualquier consigna, es lo que lo vuelve necesario hoy.
La pregunta no era menor. Los estudios sobre su obra recuerdan que la tradición historiográfica salvadoreña ha sido de las más pobres de Centroamérica y que, a falta de historiadores, fueron los literatos quienes fijaron los relatos de nación más duraderos. Francisco Gavidia levantó una historia de bronce, mitológica y patriótica, que el oficialismo repitió durante décadas. Dalton, su principal detractor, fue irónicamente quien más se le pareció: también escribió para decir qué somos. Pero lo hizo al revés, desde abajo y contra la solemnidad.
Esa mirada tiene escuela. Lo marcaron el escritor y antropólogo Pedro Geoffroy Rivas, que buscó en la cultura nahua-pipil una raíz propia, y el comunista Jorge Arias Gómez, empeñado en rescatar a los negados por el discurso oficial, como Anastasio Aquino y Farabundo Martí. Dalton incluso cursó materias de Antropología en la UNAM-México. De ahí viene su desconfianza hacia un nacionalismo de escudo y bandera, y su convicción de que la cultura salvadoreña es una disputa, no un museo.
El exilio afinó esa mirada. En Praga y en La Habana, lejos de un país que lo encarcelaba y lo amenazaba, Dalton pudo ver El Salvador como objeto de estudio y no solo como herida. Allí maduró su obra más audaz, la que mezcla géneros y voces, y allí aprendió que la identidad nacional no se decreta desde un ministerio: se construye discutiendo con la historia, con los vencedores y con uno mismo. Su célebre "país mío no existes" no es desprecio; es la sospecha de un antropólogo ante una patria inventada por otros.
Su respuesta fue también formal. Miguel Mármol, construido sobre el relato oral de un sobreviviente de la matanza de 1932, convierte a un obrero en fuente de conocimiento histórico y obliga a la academia a discutir si eso es testimonio, historia o ficción. Historias prohibidas del Pulgarcito mezcla documentos, humor y poesía para desmontar la historia de los próceres. Y en Taberna y otros lugares rompe con la poesía "pura" para convertir el poema en espacio de polémica. Para Dalton, la poesía era la voz de quien no tiene voz; la antropología, una forma de escuchar a esa gente.
Hay otra lección, menos cómoda. Dalton cuestionó la modernización autoritaria que en nuestro país dejó progreso para pocos y obediencia para muchos, y planteó una crítica cultural para que el 32 no se repita. Esa idea sigue vigente, y también sus riesgos: la desmemoria ha sido un rasgo de nuestra cultura, incluso en la izquierda, que en plena guerra apenas impulsó el estudio de la historia patria. Y el propio Dalton, con todo su genio, escribió como militante antes que como historiador.
Quizá ahí esté su mejor legado antropológico: no una verdad cerrada, sino un método de incomodidad. Preguntar quién habla, quién calla y a quién le conviene el mito. En un país que todavía discute su memoria, releer a Dalton no es nostalgia ni culto; es recordar, con sus palabras, que "toda piedad aquí es cruel si no incendia algo". La tarea pendiente es estudiarlo sin altar ni condena, con la curiosidad que él mismo reclamaba.
Rodrigo Colorado es Antropólogo de la educación. El Salvador, Centroamérica